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se remonta su primer encuentro con Luis Buñuel? Conocí a Buñuel cuando me lo
presentaron en el Festival de Cannes, en 1954, donde participé con mi película Cómicos.
Él era miembro del jurado. Luis se la tuvo que tragar, porque estoy seguro de que no le
gustó nada. Tardé mucho tiempo en ver sus trabajos, aunque sabía que era el autor de Las
Hurdes, con la que se había provocado un escándalo. Por entonces, en la España
franquista, Buñuel era el demonio con cuernos y rabo. Conocía su nombre y que era el
único cineasta español de renombre internacional.

LB. MADRID, 1932.
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Ulteriormente se frecuentaron con cierta
asiduidad. El 1 de enero de 1959 viajaba con Ricardo Muñoz Suay de Madrid a México
D.F. en un vuelo de Iberia que hacía escala en La Habana. ¿A qué íbamos allí? Resulta
que ya estaba firmado y aceptado mi guion de Sonatas. Cuando estábamos llegando a
Cuba, nos anunciaron que nos desviaban a Nueva York porque los barbudos de la Revolución
estaban entrando en La Habana. A los dos o tres días de nuestra llegada a México hubo
una especie de cóctel en casa del productor Manuel Barbachano Ponce. Y allí apareció
Luis Buñuel. Por vez primera tuvimos la oportunidad de hablar juntos de muchas cosas. Él
estuvo muy amable y muy simpático.
El 22 de febrero nos invitó a su casa,
pensaba hacernos una paella. Vivía en Cerrada de Félix Cuevas, número 27, aún conservo
las señas. Invitó a todos los que estábamos allí, a los españoles de UNINCI (Fernando Rey, Paco Rabal,
Ricardo Muñoz Suay y yo). Sabíamos que Luis era un hombre muy puntual y nos citamos a
las dos en punto. Esa misma mañana, antes de dejar el hotel, sonó el teléfono. ¿Quién
era? Pues, David Alfaro Siqueiros, que me dijo: «¡Qué ganas tenía de verte! Quisiera
enseñarte las pinturas...». Es fácil imaginar la mañana que pasamos Ricardo y yo yendo
con Alfaro por todos los lugares donde había hecho murales, escuchando todas sus
explicaciones y mirando el reloj continuamente porque veíamos que aquello se alargaba.
Total, que llegamos tarde a la cita con Buñuel, sobre las dos y veinte. Nadie me ha
regañado tanto como Buñuel aquel día, ni siquiera mi padre: «No he tirado la paella
porque Paco y Fernando me lo han impedido». Entonces le dimos un regalito que le
habíamos comprado. Aquel día permitió que Juan Luis comiese con nosotros. Rafael ya
había comido antes y Jeanne, su mujer, no apareció... Buñuel era el tío más machista
del mundo; si ha habido un hombre machista, ése ha sido Luis Buñuel.
En fin, el caso es que comimos aquella
paella. Y en todo aquel tiempo que estuvimos en México tratamos de convencerle de dos
cosas: primero, de que tenía que venir a España a hacer películas, aunque estuviese
Franco; y segundo, de que las tenía que hacer porque nosotros éramos de confianza. Al
cabo de unos meses recibimos en UNINCI un guion firmado por él y Julio Alejandro, cuyo título era Viridiana.
Lo leí. Aunque no he sido nunca muy buñuelista, pero como era de Buñuel...
¿Fue el mismo Buñuel quien envió el
guion de Viridiana? Quería tener todas las garantías. Nosotros llevamos el
guion a la censura y allí le pusieron todos los sellos. De todos modos, cuando él vino a
Madrid quiso hablar con el director general de Cine, Muñoz Fontán, que se portó muy
bien porque hizo lo que tenía que hacer. No obstante, puso ciertos reparos al final.
Pero pudo rodarse la película.
Parece ser que Muñoz Fontán le dijo: «Hombre, es que eso de que al final se queden
solos el actor y su prima...», a lo que respondió Buñuel: «Pues si quiere usted que se
quede la criada, se pueden quedar los tres». Al Director de Cinematografía esto le
pareció mejor idea, sin saber dónde se metía. Cuando él vino ya tenía el contrato
firmado con Alatriste.

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Entonces
estaba prohibido en España, pero lo que hacía UNINCI con Gustavo Alatriste
que pagaba los contratos de Silvia y de Buñuel era lo que en términos
actuales se llama un service. O sea, usted me da todo el dinero, cuando nos
pongamos de acuerdo en lo que cuesta la película, usted paga eso más un quince por
ciento de beneficio industrial que nos llevamos nosotros.
¿Recuerda la historia de la producción
de Viridiana y los problemas con la censura que acaba de evocar? Uno de
nuestros errores al hacer Viridiana fue que nos sentimos muy patriotas y quisimos
que fuera una película completamente producida en España. Conseguir una coproducción
con Francia hubiese sido muy sencillo, pero no sé por qué pensamos lo contrario. Cuando
estuvo terminada, hicimos dos proyecciones: la primera, para la Junta de Censura con el
fin de obtener el permiso y poder enviar el material a París y sonorizarlo en los
estudios de Billancourt, tecnológicamente más adelantados en las mezclas, algo
que entonces era muy común al menos yo lo hacía con muchas de mis
películas; la otra proyección estaba destinada a la Junta de los Productores
Españoles, UNIESPAÑA.
Ahora bien, ¿cómo pude sortear los
problemas con la censura? Pues cortamos dos planos de la película: el del crucifijo a
modo de cuchillo y el plano en que Lola Gaos hace la fotografía. También mentí cuando
me preguntaron qué música íbamos a poner en la orgía. Respondí sin dudar: «La verdad
es que Luis odia la música en las películas, así que quizá serán los tambores de
Calanda». Aunque yo ya sabía que íbamos a poner El Mesías de Haendel. En fin,
pudimos llevarla a París y una copia llegó a Cannes cuando el Festival estaba
terminando. Pero todo esto era absolutamente legal.
¿Y la proyección en la Junta de
Productores? La Junta de Productores se reunía porque presentábamos la película
para optar a una de las representaciones oficiales españolas en el Festival de Cannes.
Ante nuestro asombro, estimó que la película Viridiana no reunía las suficientes
calidades técnicas y artísticas para representar a España. De manera que llamamos a
Favre Le Bret, que nos dijo: «La película viene invitada oficialmente al concurso por el
Festival». No fue porque representara a España con el beneplácito de los productores
españoles. Años después yo quise recuperar el acta de esa reunión, pero obviamente
había desaparecido. Incluso nos acusaron de tráfico de divisas, de contrabando. Luego
fue más complicado. La Administración española fue inteligente porque no prohibió
nunca la película; anuló con efectos retroactivos el permiso para producirla arguyendo
que habíamos mentido en la financiación. Así la película no existía, era una
indocumentada. Nosotros hicimos un contencioso, que es el recurso del ciudadano frente a
los desmanes de la Administración y, naturalmente, como sabemos que la justicia es
independiente de la política...
¿Qué ocurrió posteriormente? El
Tribunal Supremo dio la razón a la Administración aduciendo que el acto administrativo
era correcto. En definitiva, desde 1961 hasta que el Tribunal Supremo por fin atiende
nuestra reclamación pasan veintiún años. Curiosamente, el 9 de abril de 1977, día del
estreno de Viridiana en España como película mexicana, se legalizó el Partido
Comunista. Y comenzamos el contencioso: ¿Cómo podía darse esa nacionalidad a una
película producida por nosotros? La única mexicana que había en ella era Silvia Pinal.
Fuimos hábiles porque no reclamábamos nada, tan sólo el fuero. Y poco a poco cobró
más sentido nuestra protesta, hasta que la Audiencia Nacional resolvió que en los
créditos de la película, y no en el cartel anunciador, tenía que aparecer el rótulo
original: «Una producción española de UNINCI, S.A.».

BENJAMÍN JARNÉS, HUMBERTO PÉREZ DE LA OSSA,
LB, RAFAEL BARRADAS, FEDERICO GARCÍA LORCA.
MADRID, 1927.
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