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Buñuel, 100 años Introducción



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escubrí a Luis Buñuel en aquellos años de fuego, durante los cuales nos preguntábamos aún sobre su naturaleza exacta. ¿Santo venerado o eterno mártir?  ¿Diablo o buen dios?   Para todo un sector de la crítica,  nostálgica  de

las lejanas cruzadas, La edad de oro olía aún a azufre. Y este olor a infierno se extendió por todo lo que continuó.

Había otros, por el contrario, que, con la flor en el fusil, combatían en las filas de este cineasta a quien le gustaba expresar en la pantalla sus obsesiones y sus aversiones. En el país de los derviches desapasionados, él era el que impedía el estancamiento.

Ahora bien, resulta que para mezclar un poco más las cartas, Nazarín y, después, Viridiana recibieron la bendición de los inquisidores del día anterior. ¿Se había convertido el diablo en ermitaño? Esto no impidió a Luis Buñuel que continuara su camino. ¿Calvario, atajo o eterno camino de los escolares? Su vitalidad parecía siempre tan arrolladora, pero ¿el autor de La vía láctea podía añadir vinagre a la ensalada de la mentalidad de los embobados nostálgicos de los años setenta?

Desde hace mucho tiempo, Luis Buñuel no acaba de morir mediante los homenajes demasiado piadosos que le han rendido. Con un pie en el panteón de los cineastas y el otro en el limbo, donde no se juzga a nadie, ¿cómo no desear que hoy, sin flores ni coronas, su obra sea presentada tal como era? En su desnudo integral. Con sus rubores y cicatrices. Y esto no para darle la extremaunción que la obra no merece, sino más bien para desalojar al diablo que, esperémoslo, se esconde aún en su muralla.

 

Pierre Cardars
Delegado general de La Cinémathèque de Toulouse

 

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