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odrigo de Borja comienza a vivir pronto acontecimientos que habrían de marcar de manera indeleble la historia y el sentir universales.

Es ya vicecanciller de la Iglesia cuando Pío II accede a la cátedra de San Pedro. Es testimonio, por tanto, del ardor cruzado de su tío y, asimismo, del de Pío II. El espíritu de Eneas Silvio Piccolomini (en tiempos, hombre galante, refinado poeta y amador de las brisas renacentistas) se había visto inflamado, a la vejez, por el rayo de la fe cruzada. Pío II murió, el año 1464, en Ancona mientras se preparaba para acometer a los turcos. Rodrigo de Borja se encontraba junto a él. El sobrino de Alfonso de Borja había sido también testigo muy próximo de las aficiones renacentistas de Piccolomini, cuando éste encarga al Pinturicchio los frescos de la biblioteca de la catedral de Siena y, en especial, cuando manda construir, de acuerdo con la nueva sensibilidad, los principales edificios de Pienza.




Retrato de César Borja atribuido a Giorgione.
Bérgamo, Accademia Carrara.


Espada de César Borja.
Roma, Fundación Caetani.

Entre 1471 y 1473, siendo ya papa Sixto IV, Rodrigo de Borja se traslada a España como legado pontificio. La sensibilidad nueva con la que se había familiarizado en Italia cruzará el Mediterráneo con él de la mano de los pintores italianos que lo acompañan (en particular, de Paolo de San Leocadio) y se inserirá en un quehacer artístico valenciano que todavía tiene una marcada impronta flamenca. Valencia, la principal ciudad flamígera y civil de las Españas, volcada hacia Italia y, a la vez, abierta a ella y al resto de Europa, se convierte, así, en la primera y principal puerta ibérica del Renacimiento italiano. Y, en las Españas, Rodrigo de Borja sancionará el matrimonio —que se había celebrado sin la debida dispensa papal— entre Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. De no haber sido legalizada la unión, probablemente Castilla se habría vinculado dinásticamente a Portugal, con lo cual la historia de Europa y del mundo habría sido, ciertamente, distinta. En 1476, Rodrigo de Borja está en Nápoles (como legado pontificio, de nuevo), con motivo del matrimonio entre el rey Ferrante y la infanta Juana, hermana de Fernando de Aragón.


Supuesto retrato de Lucrecia Borja en La disputa de Santa Catalina, de Bernardino di Betto Bardo il Pinturicchio. Sala de los Santos de los Apartamentos Borja del Vaticano.

En 1484, cuando Rodrigo de Borja es ya decano del Sacro Colegio Cardenalicio, muere Sixto IV y es elegido papa Inocencio VIII. El peligro turco se había hecho cada vez más grave. En 1480, los otomanos habían puesto pie en la tierra firme itálica, en Apulia, y habían tomado Otranto, si bien el ejército encabezado por Ferrante de Nápoles consiguió rechazarlos, al fin, con grandes esfuerzos y dificultades. Desde 1489, el pontífice mantiene, sin embargo, como rehén al príncipe Yem, hermano del sultán Bayaceto y pretendiente al trono de Estambul, lo cual da a la Santa Sede una cierta seguridad y abultadas rentas. El espíritu de cruzada que había animado a Calixto III y a Pío II queda muy lejos ya.


Retratos de Isabel I de Castilla y Fernando V de Aragón, los Reyes Católicos, de Antonio del Rincón.

En 1492, la diócesis de Valencia es elevada a arzobispado en la persona de Rodrigo de Borja, el cual se convierte en papa al morir, al poco tiempo, Inocencio VIII. Ese mismo año había sido testigo de la toma de Granada por los Reyes Católicos, de la expulsión de los judíos de las Españas y del descubrimiento de América. Rodrigo de Borja, un vez papa, otorgará las bulas que sancionarán la división entre Castilla y Portugal del mundo que Colón acababa de descubrir y del que permanecía aún ignoto. Durante el tiempo que media entre el pontificado de Calixto III y el de su sobrino Rodrigo, navegantes portugueses alcanzan el Índico; abren una ruta hacia las Indias que hace menos necesarios los tratos con los puertos del Mediterráneo bajo control otomano, mameluco o berberisco y por donde habían llegado, durante siglos, las mercancías del lejano Oriente y del interior africano. Los hechos han corroborado las teorías sobre la rotundidad del Planeta (conocidas y aceptadas, desde hacía tiempo, por estudiosos, navegantes y cartógrafos) y el heliocentrismo copernicano. El propio Copérnico es invitado por Alejandro VI a la universidad romana de La Sapienza. Rodrigo de Borja, Alejandro VI, es, pues, el primer papa universal.


Retrato de Carlos VIII, rey de Francia, procedente
del castillo de Versalles.

Luis XII, rey de Francia, en una inicial miniada. Nantes, Museo Dobrée.

El Mediterráneo, el mar que había visto la fulgurante ascensión de Calixto III y de Alejandro VI, el mar que baña las costes del Lazio y del país de origen de los Borja, el mar que cruzaban de extremo a extremo las naves de la Corona de Aragón, cambiará profundamente con la universalización del mundo. Contribuiría de manera fundamental a ese cambio el elemento que, quizás, caracterice más que cualquier otro a la modernidad (al nuevo paradigma histórico que comenzaba a configurarse a fines del siglo XV, que se ha mantenido con plena vigencia durante medio milenio y que sólo ahora está mostrando síntomas de crisis): el estado moderno.


La Torre, naipe del Tarot Visconti. Siglo XV.

Alejandro VI intentará convertir los territorios pontificios en un estado unitario, regido por él desde Roma y de forma absoluta. Para conseguirlo, no sólo tendrá que hacer buen uso de su inteligencia, de su formación jurídica y de la experiencia política que ha adquirido como vicecanciller de la Iglesia y como legado pontificio en misiones muy delicadas, sino también de su sentido práctico, de la razón de estado que teorizaría Maquiavelo. No es joven y tiene, por tanto, poco tiempo para llevar a cabo sus planes. Tendrá que rodearse de colaboradores absolutamente fieles (como hacían casi todos los pontífices) y tendrá que conspirar en el seno del vidrioso Colegio Cardenalicio y que hacer frente, con habilidad y sin misericordia, a aquel nido de traiciones que era la Italia de fines del XV y de los inicios del XVI. Estamos, pues, ante un príncipe renacentista, si bien los gustos de éste, por más que se hayan hecho a una sensibilidad italiana que él quiere dejar patente en las residencias que se hace construir y decorar, permanecen, en muchos modos, anclados en el sentir estético de la Valencia que había dejado atrás. Valencia, la quinta o sexta ciudad de Europa en cuanto a población, la primera la Corona de Aragón) a causa de los conflictos sociales, de las dificultades económicas y del subsiguiente estancamiento cultural que afectan a Barcelona) y, de hecho, de todas las Españas; una urbe mercantil y floreciente en todos los aspectos de la vida social, como bien muestran todavía los excelentes edificios tardogóticos que han sobrevivido así como el legado literario, artístico, mercantil y científico que nos transmitió; casi un arquetipo de ciudad europea, tal como define a ésta Max Weber; un arquetipo, por tanto, de una de las más grandes creaciones del genio occidental en su momento más álgido.

Flora, atribuido a Bartolomeo Véneto (activo entre 1502 y 1531). Tradicionalmente se ha supuesto que es un retrato de Lucrecia Borja,  pero en realidad es una dama de la corte de Ferrara.

Alejandro VI nunca dejará de ser Rodrigo de Borja. Se llamará siempre a sí mismo «papa valentinus», se rodeará, en Roma, de valencianos, hablará su lengua materna con su familia y recomendará a su hijo Juan, cuando éste se convierte en duque de Gandía, que ponga mucho cuidado en las plantaciones de azúcar que los Borja poseen en la comarca valenciana de La Safor. Será, sin embargo, un príncipe renacentista; el más encumbrado de todos a pesar de las dificultades con que se encuentra, de la oposición que ya había experimentado su tío y que le presentan las grandes y viejas familias aristocráticas italianas, las cuales nunca había dejado de ver a aquellos catalani como unos advenedizos, unos parvenues. No poco había luchado contra eso mismo también la dinastía aragonesa instaurada en Nápoles por Alfonso el Magnánimo.


Francisco de Goya: San Francisco de Borja despidiéndose de su familia antes de ingresar en la Compañía de Jesús. Catedral de Valencia.

Retrato de juventud de Carlos I, Rey de España, en una miniatura de la época.
Viena, Österreichische Nationalbibliothek.

A la muerte de su hijo Juan, Alejandro VI utilizará a César como brazo armado para unas campañas militares encaminadas a construir un estado sólido a partir de los fragmentarios dominios pontificios, controlados, hasta entonces, por señores levantiscos, semiindependientes y, con mucha frecuencia, crueles, voraces, ineptos y arbitrarios; un estado sólido que él habría querido convertir en hereditario para su familia. Utilizará a Juan, a Jofré y, sobre todo, a Lucrecia en una política matrimonial diseñada por él y encaminada a elevar el linaje de los Borja por encima de cualquier otro. Sin embargo, durante el pontificado de Alejandro VI, las dos grandes potencias de la Europa cristiana se enfrentan en la península itálica: Francia y las Españas de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, quien había añadido a la legitimidad dinástica aragonesa sobre el sur itálico, la fuerza económica y militar castellanas. Fernando el Católico, en un gesto de realismo político muy en sintonía con su carácter y con su época, llega a pactar temporalmente con Francia, en 1500, el reparto del Reino de Nápoles, y depone manu militare a sus parientes napolitanos. Se convierte, así, en depositario de la legitimidad de la Corona de Aragón sobre Nápoles y se hace, definitivamente, con el testigo de la expansión mediterránea catalano-aragonesa. Carlos VIII y Luis XII de Francia se reclaman, a su vez, depositarios, en Italia, de la herencia angevina. El contencioso que había comenzado en Sicilia a fines del siglo XIII, en época de Pedro el Grande, se convertirá, con el tiempo, en conflicto franco-español o franco-habsbúrguico y perdurará como pugna franco-alemana hasta 1945.


Llegada de Vasco de Gama a Calcuta. Tapiz de Tournai, siglo XVI. Colección del Banco Nacional Ultramarino de Lisboa.

El enfrentamiento hispano-francés cambia las reglas del juego de la guerra que habían regido entre los condottieri a sueldo de los pequeños estados itálicos. César Borja será una de las víctimas de esta mudanza, a pesar de su coraje y de sus indudables dotes de organizador militar y de estratega. Se afirma, a menudo, que el hábil hombre de estado que fue Alejandro VI acabó convirtiéndose en prisionero de la ambición de su hijo César, el cual casi estuvo a punto de hacer realidad el sueño de crear un estado en Italia para los Borja. César Borja apostó, sin embargo, por el bando equivocado. Acabó sus días combatiendo oscuramente en Navarra, mientras aquel general de excepcional genio que fue Gonzalo Fernández de Córdoba batía los franceses en todos los frentes y aseguraba a Fernando el Católico el trono de Nápoles y una hegemonía sobre Italia que acabaría haciendo efectiva el nieto del último rey Trastámara de Aragón, el emperador Carlos V.

A los Borja itálicos, originarios de la comarca valenciana de La Costera, se los llevaría el viento de la historia. Apenas permanecería el recuerdo de unas sombras huidizas a las cuales la leyenda iba a cubrir con unas tintas mucho más negras que aquellas que ciertamente compartían con otros príncipes renacentistas que ni fueron testigos o actores de excepción de un siglo crucial ni tuvieron la altura histórica de la familia que encabezan los dos papas setabenses. La «leyenda negra» de los Borja se vería realzada por una leyenda europea hacia lo hispánico todavía más negra, por los estereotipos románticos —que presentaron al Mediterráneo y, en especial, a España como un mundo oscuro y pasional— y también por la historiografía del Risorgimento, la cual escribió la historia de Italia desde el prisma del estado nacional que propugnaba para ella, convirtió la presencia extranjera en causa de todos los males de una nación presentado a manera de virgen pura y constantemente secuestrada por ajenos y tuvo una decidida influencia en la historiografía cultural y política alemana y, en general, en la europea. Tan sólo César, expuesto como precursor de la unidad italiana, fue absuelto, a veces, de la general condena a su familia, por más que tal vez sea él mismo quien mejor refleje la pragmática amoralidad de la época y del lugar en que vivió. En el país de origen de los Borja, la leyenda negra ha tendido, con frecuencia, a convertirse en leyenda rosa, al tiempo que las loas a la grandeza espiritual del santo duque oscurecían y procuraban ocultar la muy humana grandeza de dos antepasados de San Francisco que habían llegado a ser papas y grandes hombres de estado y que dieron origen al linaje de los duques Borja de Gandía. Fortuna es, en verdad, voluble.


Leyenda negra. Grabado.

El estado moderno, el principal actor de la modernidad, iba también a cambiar la estructura política, la administración y hasta la fisonomía el de las ciudades libres italianas y, de hecho, de las ciudades más o menos libres de toda Europa, como Francisco de Borja procuró transformar, en el siglo XVI, la imagen de Gandía. De quererse fijar una fecha para situar el fin de la Edad Media tardogótica y urbana (y sin perder de vista la arbitrariedad que implica el amojonar entre fechas precisas los grandes períodos históricos, los siglos o los milenios), ésta bien podría ser la guerra civil de las Germanías de Valencia (1519-1521), la cual concluye con la derrota de la burguesía urbana y de los gremios por las fuerzas coaligadas de Carlos V y de una aristocracia convertida ya en señoril y palatina. Le seguirían la represión imperial de la revuelta de Gante, la conversión de la Toscana o de Génova en estados principescos… La razón de estado y la lógica y el poder del príncipe se impusieron a la ciudad medieval y la hicieron a imagen suya. Así había sucedido en la Roma de Eugenio IV, de Nicolás V y de Alejandro VI, en la Ferrara de Hércules de Este, en el Urbino de Federico de Montefeltro, en el Milán de los Sforza, y así sucedería, más tarde, en la Florencia convertida en capital de la Toscana granducal. Las defensas urbanas, que fortifican a la ciudad medieval frente al enemigo exterior y que están abiertas hacia el interior de esa ciudad para que nadie pueda hacerse fuerte contra ella (y que tan bien ejemplifican las torres de Serranos o de Quart de Valencia, las puertas Soprana y Sotana de Génova o la Holstentor de Lübeck), darán paso a los fuertes artilleros que no sólo protegen ciudades, convertidas ya en meras piezas de la estrategia defensiva del estado, sino que dirigen sus cañones contra esas mismas ciudades, como iba a suceder con los fuertes mediceos de Florencia o de Siena, en el Castel S. Telmo de Nápoles, en el castillo de Montjuich y en la Ciudadela de Barcelona, en el fuerte edificado por Vauban en Besançon… Esas transformaciones son el preludio y el modelo a escala reducida de las que iban a experimentar las grandes capitales estatales de Europa, capitales destinadas a convertirse en microcosmos, en escaparate, núcleo y caja de resonancia de un estado con vocación de construir una nación unitaria a partir de todos los territorios y de todas las gentes que ese estado alberga dentro de sus bien definidas fronteras. El triunfo final de la expresión renacentista, ya en el siglo XVI, de un arte pensado deductivamente, desde la regla, desde la abstracción, al caso (a diferencia de la lógica inductiva o abductiva que es propia de la expresión gótica que había florecido en la ciudad tardomedieval) es un buen indicador primerizo de los derroteros que iba a seguir la Europa moderna, la Europa de los nacientes estados modernos.

La unidad religiosa iniciada con la introducción de la nueva Inquisición a través de una bula pontificia de 1478, con la expulsión de los judíos de las Españas y con la conquista cristiana de Granada, el mismo año en que Colón llega a las Américas, y la progresiva decadencia de las lenguas y culturas privativas en el seno de estados con vocación cultural unitaria son los jalones iniciales de una Europa y de un mundo que iban a culminar con los grandes autoritarismos de que ha sido testigo el siglo XX. Esta última tendencia iba a ser contestada, en muchos modos, desde el Romanticismo a esta parte y —al menos, en la Europa occidental— parece estar invirtiendo, hoy en día, su trayectoria evolutiva. La liberalidad de Alejandro VI hacia los judíos, la tolerancia, incluso, para con visionarios del jaez de Savonarola, la manera en que el último papa Borja conjuga la universalidad con su identidad originaria, y una humanidad suya, tal vez, demasiado humana, son contrapuntos muy saludables a sus ínfulas de aprendiz de brujo regido por la razón práctica, por la razón de estado.

Castilla (potencia hegemónica de las Españas) y Francia, dos países de tierra adentro, telúricos, se enfrentaron en Italia y se enfrentarían en el continente europeo. Con esta pugna y con las guerras políticas y de religión que resultaron de ella o que coincidieron con ella, Europa deja de ser el bien urdido sistema de flujos e intercambios de base urbana que había sido durante el otoño de la Edad Media. También el Mediterráneo ha dejado de ser el sistema de base urbana que tenía sus núcleos en Génova, en Venecia, en Barcelona, en Valencia, en Palma de Mallorca, en Ragusa, en Alejandría o en Túnez y que estaba íntimamente ligado al sistema urbano que atravesaba el continente europeo y al que hacía de los mares del norte una bien urdida red de flujos e intercambios enriquecedores. Castilla y la Turquía otomana, dos países de tierra adentro, telúricos también, iban a ocupar los dos extremos del Mediterráneo y a convertir nuestro mar en un gran lago interior, en un espacio de retaguardia armada. El descubrimiento de América, el traslado del eje mercantil, político y cultural desde el Mediterráneo a la Europa interior y al Atlántico y la llegada de navegantes portugueses y, más tarde, de holandeses y de ingleses a las verdaderas Indias harían el resto. El universo contemporáneo comenzaba a adquirir, a la muerte del último papa Borja, una fisonomía destinada a perdurar por mucho tiempo.



Escudo de armas de Alejandro VI.
Sala de las Artes Liberales de los Apartamentos Borja en el Vaticano.

Ahora, cuando menudean las reivindicaciones en pro de la libertad personal y también de la identidad privativa de todos los pueblos, cuando las ciudades y las regiones culturales de Europa se convierten en actores políticos, culturales y económicos de primer orden, cuando Europa y el Mediterráneo se empiezan a perfilar, junto a los estados, como sistemas integrados de base regional y urbana, cuando ciudades, regiones y naciones relegadas por la gran historia levantan la cerviz y reclaman un puesto en el proceso de convergencia europea, cuando tanto se habla de conjugar universalidad y localismo, cuando la Iglesia católica se esfuerza por asumir todas las luces y las sombras de su pasado, cuando algunos pensadores sociales teorizan sobre la crisis y hasta sobre el fin del paradigma de la modernidad, tal como éste comienza a adquirir plena forma durante aquel siglo XV que tan bien jalonan Alfonso y Rodrigo de Borja… ahora es, sin duda, el momento para meditar sobre los dos papas setabenses, sobre sus orígenes, sobre su descendencia y su entorno, sobre su intimidad más íntima y sobre su faz pública, sobre sus proyectos, sobre sus logros y sus fracasos, sobre sus mundos, sobre el universo que atisbaron y que contribuyeron a construir.

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