Centro Virtual Cervantes Actos culturales
Los Borja Inicio



espaciador.gif (43 bytes)

Página anterior



 

l Magnánimo jugó magistralmente las cartas de la desestabilización itálica con su constante acoso a Génova y con las incursiones, que él mismo favorecía, en los

Estados Pontificios. Lo hizo sin, por ello, romper del todo la paz suscrita por los estados itálicos en Lodi, el año 1454, y sin enfrentarse abiertamente con la Liga Itálica, concebida para salvaguardar esa paz. La primera de esas dos líneas de actuación del monarca perpetuaba el histórico conflicto marítimo y mercantil de la Corona de Aragón con la república ligur, mientras la segunda (llevada a cabo, hasta el año 1456, por el mercenario Jaime Piccinino) reforzaba la presión sobre Calixto III para que éste garantizara al rey la investidura de Nápoles y el derecho de sucesión de Ferrante. Los humanistas que trabajaban en la biblioteca del Castel Nuovo de Nápoles añadían, a su vez, argumentos intelectuales a la acción militar y diplomática del monarca. Ya en 1440, Lorenzo Valla había redactado para el Magnánimo la obra De falso credita et emendita Constantini donatione declamatio, en la cual el humanista presenta la donación de Constantino como una falsificación, hecho que, de ser cierto, anularía la vinculación feudal del reino de Nápoles con la Santa Sede y que, en realidad, cuestionaba a los papas cualquier tipo de autoridad temporal. Por las mismas fechas, el monarca había encargado al taller valenciano de Leonardo Crespí el precioso códice (conservado en la Biblioteca Universitaria de Valencia) en el cual se presenta él mismo como legítimo heredero de Sicilia y también de Nápoles, en tanto que descendiente del linaje normando de Matide de Altavilla y de la dinastía suaba instaurada por el emperador Federico II. Textos, códices, esculturas y pinturas (como, por ejemplo, la tabla de Colantonio San Francisco otorgando la regla) insisten, de manera más o menos velada, en que la corona de Nápoles correspondía al Magnánimo no sólo por haber sido él ahijado por la reina Juana II de Anjou-Durazzo y por haber validado ese acto por las armas sino también en razón de su legitimidad de sangre.

Colantonio: San Francisco otorgando la regla. Capodimonte, Nápoles.
Obsérvese que los azulejos de Manises del suelo donde se desarrolla la escena reproducen las ramas dinásticas de la Corona de Aragón y también las águilas Hohenstauffen en vez del blasón napolitano, el cual cuartela Aragón con Nápoles (Hungría, Anjou, Jerusalén), que adopta Alfonso el Magnánimo en tanto que ahijado por Juana II de Anjou-Durazzo. Una reivindicación sutil, de nuevo —sugerida, probablemente, por el propio rey Alfonso— de la legitimidad de sangre de la dinastía aragonesa con respecto al reino de Nápoles o, más bien, de un reino de Sicilia que reúne, de nuevo, la parte insular con la continental, el sur itálico.

El conflicto que sostienen el Magnánimo y Calixto III en torno a la investidura del reino napolitano no sólo cuestiona intelectualmente y de manera muy física la pretendida primacía temporal de los papas; impidió, asimismo, que se materializara de forma plena el gran anhelo del primer papa setabense: conseguir la unión de armas entre todos los príncipes cristianos con el propósito de lanzar una definitiva cruzada que detuviera el avance turco hacia el corazón de Europa, por Serbia y por Hungría, y que reconquistara Constantinopla e, incluso, Jerusalén.

Los esfuerzos de Calixto III por promulgar la cruzada, por enviar legados a toda la Cristiandad para reunir subsidios y por escribir cartas a los príncipes europeos y a hipotéticos aliados asiáticos y africanos, a fin de que todos ellos unieran sus armas contra el turco, dieron frutos bastante magros. Se redujeron, éstos, a pequeñas expediciones de poco alcance en el mar Egeo, a la ayuda prestada al líder albanés Skanderbeg y a la derrota infringida a los otomanos en Belgrado, el 6 de agosto de 1456, por el príncipe húngaro Juan Hunyadi, con el cual coadyuvaron, a la hora de reclutar tropas, el legado pontificio Juan de Carvajal y el santo predicador Juan de Capistrano.


Bernardino di Betto Bardo il Pinturicchio:
Pío II a la espera de emprender la cruzada
en Ancona (ca. 1507).
En su séquito viajaba Rodrigo de Borja.
Biblioteca Piccolomini de la Catedral de Siena.

Palacio Arzobispal de Pienza. Construido por Bernardo Rossellino a expensas de Rodrigo de Borja, según los cánones renacentistas, como parte de la remodelación llevada a cabo por Pío II en Carignano (su pueblo natal, a cincuenta kilómetros de Siena), que el papa humanista quería que fuera el germen de una nueva ciudad a la cual bautizó como «Pienza», como homenaje a su propio nombre pontificio.

De acuerdo con Alan Ryder (1990), el interés de Alfonso V de Aragón por la gran cruzada que pretendía promover Calixto III era, más bien, débil. Como rey titular de Jerusalén, único rey itálico y cabeza visible de una gran potencia mediterránea, habría correspondido al rey Alfonso comandar las tropas que habían de suministrar los príncipes cristianos, los cuales reconocían unánimemente el liderazgo del Magnánimo. Sin embargo, a un monarca de indudable fe y devoción pero muy preocupado por los propios intereses económicos y por los de sus súbditos y con una visión global y muy real de la geopolítica, interesaba más asegurar sus bases mercantiles en el Mediterráneo suroriental que atacar frontalmente a los turcos de Constantinopla, los cuales estaban, además, aniquilando la potencia comercial de venecianos y genoveses al conquistar las bases que las repúblicas marítimas italianas habían mantenido en el mar Negro y el Egeo. Sí le interesaba, en cambio, apoyar a Skanderbeg, ya que las costas albanesas apenas distan 50 millas de la Apulia; el control napolitano de los dos lados de la puerta del Adriático le permitía, aparte de ello, encerrar a Venecia en el fondo de ese mar. El señuelo de la cruzada le proporcionaba, asimismo, jugosos subsidios eclesiásticos que el monarca utilizaba para atacar Génova con la excusa de que los genoveses eran «los turcos de Europa» y de que ponían en peligro una paz itálica que él presentaba como condición necesaria para emprender la cruzada, por más que fuera él mismo también quien más turbaba la paz. Realpolitik, por tanto, frente a celo cruzado; geopolítica práctica frente espíritu de lucha a toda ultranza contra el Islam; Renacimiento contra Edad Media, en suma.


Retrato de Alfonso de Borja, papa Calixto III, de Joan de Joanes. Serie de prelados valentinos del Museo de la Catedral de Valencia.


Natividad, de Francesco Pagano.
Valencia, Museo Catedralicio.

El mundo de los dos antagonistas, Calixto III y Alfonso el Magnánimo, se reduce al que entonces se conocía: al Mediterráneo, a Europa, al Oriente Próximo y al África cercana, cuyas costas occidentales comenzaban a explorar los navegantes portugueses. Cabe decir, con todo, que el Magnánimo tenia una idea global y muy clara de la fisonomía y del funcionamiento de este gran espacio, como bien prueba el complejo sistema de alianzas y de relaciones de todo tipo que él inicia o refuerza y que se extiende desde el mar del Norte a Alejandría. La sólida formación de jurista con que contaba el papa, la presencia demasiado próxima de Italia y su fe cruzada (que le incitaba a detener a los turcos antes de que éstos alcanzaran el valle del Danubio y a reconquistar Constantinopla y Tierra Santa) confieren al papa una visión de mundo más restringida y menos sistémica que la del Magnánimo, a pesar de haber sido, durante años, consejero regio, a pesar de haberse rodeado, una vez llegó a ser papa, de colaboradores tan válidos como el cardenal, intelectual y científico Nicolás de Cusa, el humanista Eneas Silvio Piccolomini (el futuro Pío II) o el gran luchador que fue Juan de Carvajal y a pesar de haber intentado atraer a su causa a príncipes de territorios tan exóticos y lejanos como Georgia, Trebisonda, Persia o Etiopía. Hay que esperar a Alejandro VI para encontrar al primer pontífice universal.


Djem, hermano del sultán turco Bayaceto I, prisionero a bordo de una galera de los caballeros de San Juan.
Miniatura de fines del siglo xv procedente de Gestorum Rodiae obsidionis comentari de G. Caorsin.
París, Biblioteca Nacional.


La Alhambra de Granada.

Calixto III, Alfonso de Borja, nace en 1378 y muere en 1458. Su vida comienza a palpitar, por tanto, más de veinte años antes de que acabe el siglo XIV y se extiende hasta ocho años después de que el siglo XV llegue a su mitad. Alejandro VI, Rodrigo de Borja, nace en Xàtiva el año 1432. Vive en Italia, sin embargo, desde 1449 como familiar de su tío Alfonso, el cual, en 1456 —poco después de ser elevado al solio pontificio—, lo nombra cardenal y, en 1458, obispo de Valencia. En 1457 lo había hecho ya vicecanciller de la Iglesia, cargo que Rodrigo de Borja ocupará hasta que él mismo sea elegido papa. La vida de Rodrigo de Borja en la cúspide de la cancillería papal, primeramente, y, desde 1492, como pontífice supera, por tanto, toda la segunda mitad del siglo XV, ya que el segundo papa valenciano muere en 1503. Rodrigo de Borja es, en consecuencia, un personaje de primera magnitud universal durante un largo período que es clave para la historia de las penínsulas ibérica e itálica, para Europa y para el mundo. Si consideramos el período en que vive su tío Alfonso y las funciones de gran relieve que Rodrigo ocupó antes de ser elegido papa, bien podemos afirmar que observar e intentar comprender a estos dos setabenses es, ciertamente, un buen medio para observar y para intentar comprender ese período clave de la historia.


Retrato de Rodrigo de Borja, papa Alejandro VI, de Joan de Joanes. Serie de prelados valentinos del Museo de la Catedral de Valencia.

Detalle del retrato de Cristóbal Colón atribuido a Sebastiano del Piombo.
Metropolitan, Nueva York.

La biblioteca real napolitana es metáfora muy ajustada de los cambios de sensibilidad que experimenta el Magnánimo. La biblioteca principesca y políglota (formada a base de códices caligrafiados en letra gótica y miniados, preferiblemente, en Valencia según un depurado gótico tardío) va convirtiéndose en biblioteca de estado: grecolatina, humanística y escrita y miniada, también, de acuerdo con los modelos humanísticos. El Magnánimo estimaba, protegía y remuneraba muy bien a los humanistas que lo servían y, sobre todo, a aquellos que le eran útiles como secretarios, exégetas y diplomáticos. Leía y se hacía leer y comentar a los clásicos —principalmente, a los traducidos al vulgar— y apreciaba las antigüedades romanas. Todo ello contribuía a conferirle la majestad con que lo vemos —esculpido sobre el gran arco de acceso al Castel Nuovo napolitano— entrar en la ciudad que había tomado tras una larga lucha. Contribuía también a hacer de él un monarca itálico, casi un emperador, de lo cual tenía gran necesidad a causa del su reciente ascenso al trono de Nápoles.


Retrato de Maquiavelo, 
de Santi di Tito.
Florencia, Palazzo della Signoria.


Alfonso el Magnánimo mantiene un difícil y fructífero equilibrio entre, por un lado, la potencia territorial y el poder regio que le confiere el reino de Nápoles y, por otro, el dinamismo de las grandes ciudades mercantiles y portuarias de sus dominios ibéricos (Barcelona, Palma de Mallorca y, en especial, Valencia). De manera parecida actúa su aliado Felipe el Bueno, cuyos estados basculan entre el ducado de Borgoña y las ricas y activas ciudades flamencas. Alfonso el Magnánimo pugna por construirse en Nápoles un estado burocrático, racional y moderno, a pesar del poder que allí tiene una aristocracia feudal anárquica y veleidosa con la cual tiene, necesariamente, que pactar. Calixto III quiere hacer también de los territorios pontificios un estado organizado y quiere recuperar, asimismo, el patrimonio de San Pedro. Para ello, ha de pactar con unas facciones nobiliarias —en concreto, con los Colonna— y oponerse a otras —en especial, a los Orsini—, al tiempo que aplicaba a la administración de la Iglesia su sólida formación de jurista y que se enfrentaba al Magnánimo. Una tarea demasiado grande para tres años escasos de pontificado, con enemigos tan hábiles y escurridizos y con una firme obsesión en la mente: la cruzada. Tendremos que esperar a Alejandro VI para encontrarnos con el hombre nuevo, con el hombre de estado, con el príncipe verdaderamente renacentista.


Portada principal de la Lonja de Mercaderes de Valencia.
Anejo se encuentra el Consulado del Mar, símbolos ambos de la potencia económica y artística de la Valencia de la segunda mitad del siglo xv, expresada, aquí, en su natural clave tardogótica.

Frontispicio del Regiment de la cosa publica de Francesc Eiximenis. Impresión realizada por Cristòfol Cofman, Valencia, 1499.
Los jurados valencianos y el ángel custodio del Reino jalonan la entrada de la ciudad a través de las torres de Serranos. Una muestra, de fines del siglo xv, del orgullo cívico de la Valencia tardomedieval.
espaciador.gif (43 bytes)espaciador.gif (43 bytes)



 

Página siguiente

espaciador.gif (43 bytes)  

© Instituto Cervantes (España), 2003-. Reservados todos los derechos.


Subir