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l título de la muestra Los Borja: del mundo gótico al universo renacentista no es, en absoluto, arbitrario. Intenta resumir los rasgos fundamentales que,

respectivamente, caracterizan, a Alfonso de Borja, Calixto III, el papa gótico, y a Rodrigo de Borja, Alejandro VI, el papa renacentista. Alfonso de Borja y su sobrino Rodrigo son personajes arquetípicos de la época que, a cada uno de ellos, tocó vivir y, en tanto que papas, son metáfora privilegiada y testimonio de excepción de esas épocas.


Retablo de Santa Ana de la Colegiata de Xàtiva: tabla de San Ildefonso con el cardenal Alfonso de Borja orante, retrato considerado como una vera efigies del que sería papa Calixto III, obra de Pere Reixach (ca. 1452). Xàtiva, Museo de la Colegiata.

Retrato de Alejandro VI, Rodrigo de Borja, por Bernardino di Betto Bardo Il Pinturicchio. Detalle de La Resurrección en la Sala de los Misterios de la Fe en los Apartamentos Borja, del Vaticano.

Calixto III, Alfonso de Borja, nace en 1378 y muere en 1458. Su vida comienza a palpitar, por tanto, más de veinte años antes de que acabe el siglo XIV y se extiende hasta ocho años después de que el siglo XV llegue a su mitad. Alejandro VI, Rodrigo de Borja, nace en Xàtiva el año 1432. Vive en Italia, sin embargo, desde 1449 como familiar de su tío Alfonso, el cual, en 1456 —poco después de ser elevado al solio pontificio—, lo nombra cardenal y, en 1458, obispo de Valencia. En 1457 lo había hecho ya vicecanciller de la Iglesia, cargo que Rodrigo de Borja ocupará hasta que él mismo sea elegido papa. La vida de Rodrigo de Borja en la cúspide de la cancillería papal, primeramente, y, desde 1492, como pontífice supera, por tanto, toda la segunda mitad del siglo XV, ya que el segundo papa valenciano muere en 1503. Rodrigo de Borja es, en consecuencia, un personaje de primera magnitud universal durante un largo período que es clave para la historia de las penínsulas ibérica e itálica, para Europa y para el mundo. Si consideramos el período en que vive su tío Alfonso y las funciones de gran relieve que Rodrigo ocupó antes de ser elegido papa, bien podemos afirmar que observar e intentar comprender a estos dos setabenses es, ciertamente, un buen medio para observar y para intentar comprender ese período clave de la historia.


Retrato de Alfonso el Magnánimo, óleo sobre tabla de Joan de Joanes. Madrid, colección particular.

Retrato de Ferrante de Aragón. Inicial miniada por el ilustrador Cola Rapicano en el folio 3 de Reprehensio sive objurgatio in calumniatorem divini Platonis, de Andrea Contrario.
París, Biblioteca Nacional, Ms. Latino 12.947.

Tanto Alfonso como Rodrigo de Borja reciben una formación jurídica. A ella debe, sin duda, Alfonso de Borja los inicios del ascenso social a partir de su condición originaria de miembro de la pequeña nobleza rural valenciana. A ella debe que el rey Alfonso el Magnánimo lo hiciera consejero suyo, como debe a sus conocimientos de derecho canónico y civil y a su probable capacidad de negociación el haber llevado a cabo con éxito los acuerdos que pusieron fin al Cisma de Occidente, hecho que le valió el capelo cardenalicio. Alfonso de Borja es, pues, un hombre de aquel fin de la Edad Media en el que tanto la burguesía económica como los profesionales de las leyes y de la burocracia eclesiástica y real comienzan a desempeñar un papel de primer orden en el seno de unos estados cada vez más fortalecidos y, en consecuencia, a ascender en la escala social. Es, asimismo, un hombre de los viejos tiempos. Desde el momento mismo en que ocupa la cátedra de San Pedro, cuando tenía ya 77 años, su preocupación primera es detener el avance de los turcos, los cuales, tres años antes, habían ocupado ya Constantinopla. Este papa cruzado es un hombre todavía gótico en una Europa que, casi toda ella, también es gótica y que no conoce otro mundo que el suyo propio y una parte de los otros dos continentes que se asoman a las riberas mediterráneas.


Andrea dell’Aquila: entrada triunfal del Magnánimo
en los relieves de la portada de acceso al Castel Nuovo, en Nápoles.


Calixto III reclamará con ardor los derechos temporales de la Iglesia sobre los príncipes que, según él, tenían que rendirle homenaje. Se enfrentó, de manera muy particular, con quien había sido su señor, con Alfonso V de Aragón, el Magnánimo, por la investidura de reino de Nápoles el cual reivindica el papa como feudo pontificio. Nada más morir el Magnánimo, Calixto III negará la investidura napolitana al hijo bastardo de aquel, al príncipe Ferrante, y dará por extinguida la cesión del reino a la dinastía aragonesa. La muerte del papa, la cual acaeció poco después de la de Alfonso, salvó el trono de Ferrante, no sin que tanto él como su descendencia tuvieran que defenderlo contra los pretendientes angevinos, contra los nobles napolitanos que hacían causa con éstos y, finalmente, contra el propio rey de Francia e, incluso, contra Fernando el Católico, a causa, precisamente, de la escurridiza legitimidad de una corona que, al fin y al cabo, era legalmente feudataria de la Santa Sede.

Taller de Leonardo Crespí, Valencia, 1437:
frontispicio de la Descendentia dominorum Regum Siciliae, redactada por P. Rossellus. Biblioteca Universitaria, Valencia. Alfonso el Magnánimo aparece aquí entrando en un árbol genealógico, representado a modo de castillo formado por los nombres de sus antepasados reales y ducales sicilianos. Un instrumento, por tanto, para la reivindicación de la legitimidad dinástica del Magnánimo sobre Sicilia-Nápoles; buen complemento del trabajo lingüístico llevado a cabo por Lorenzo Valla para desmontar las bases del poder temporal de los papas sobre el reino napolitano.

Es probable que los obstáculos que Calixto III puso a la legitimación plena de Alfonso el Magnánimo como rey de Nápoles —y con capacidad para transmitir sus derechos sucesorios a Ferrante— se debieran al deseo del papa de instalar en el trono napolitano a su propio sobrino Pedro Luis. La designación del sobrino papal como rey de Nápoles concordaría con un nepotismo pontificio bastante frecuente entre los papas de la época. En cualquier caso, la postura que mantiene Calixto III frente a Alfonso el Magnánimo y Ferrante de Nápoles está en perfecta sintonía con la larga pugna sostenida por los papas con emperadores y reyes, con reformadores radicales y concilios, en defensa de una supremacía pontificia que, a entender de esos papas, no se circunscribe al ámbito espiritual sino que abarca también el temporal. Los monarcas de la Corona de Aragón no habían sido ajenos al litigio. No lo había sido, especialmente, Pedro el Grande, el cual se convirtió en campeón de la causa gibelina, cuando, en su condición de consorte de Constanza de Hohenstauffen, fue coronado, en 1283, como rey por los sicilianos que se habían alzado en armas contra Carlos de Anjou.


Vista de una Constantinopla idealizada en el momento en que los turcos acampan en sus proximidades para lanzarse sobre ella. El ataque final que acabaría rindiéndola sucedió el 23 de mayo de 1453. Miniatura del Voyage d’outremer de Bertrandon de la Broquière.

Retrato del caudillo albanés Jorge Kastriota (1405-1468), llamado Skanderbeg, en un grabado de los Opuscula del cardenal Bessarion.
Venecia, Biblioteca Marciana.

El largo camino que llevó a Alfonso el Magnánimo al trono napolitano estuvo jalonado por los obstáculos que le interpusieron los papas Martín V y Eugenio IV. Sin embargo, la proverbial habilidad del Magnánimo a la hora de presionar al pontífice romano quedó patente en diversas ocasiones. Se tradujo en amenazas de apoyar antipapapas (Clemente VIII y Félix V) o de favorecer el conciliarismo en contra de la autoridad papal. Al fin, la victoria militar del monarca sobre Renato de Anjou, en 1442, indujo a Eugenio IV a investirlo como rey de Nápoles y convirtió a Nicolás V, el sucesor de Eugenio IV, en dócil instrumento de la política italiana del Magnánimo.


Bernardino di Betto Bardo Il Pinturicchio: Calixto III nombra cardenal al poeta y humanista Eneas Silvio Piccolomini, quien, con el nombre de Pío II, sería sucesor suyo en el pontificado, protector del vicecanciller de la Iglesia Rodrigo de Borja y heredero de la fe cruzada del primer papa setabense.
Ca. 1507.
Biblioteca Piccolomini de la Catedral de Siena.

Tabla de Sano di Pietro en la cual se representa al papa Calixto III y a Santa María del Popolo protegiendo a Siena.
Siena, Pinacoteca Nacional.

Fue precisamente en la persona de su ex vasallo Alfonso de Borja (convertido ya en Calixto III) donde Alfonso el Magnánimo encontró más obstáculos para llevar a término, en connivencia con Milán, su proyecto de política hegemónica sobre Italia, así como para consolidar de manera incontestable su trono de Nápoles y para asegurarse también de que Ferrante y los descendientes de éste ceñirían la corona napolitana.


Ángel utilizado como tenante heráldico de las armas de Alfonso de Borja. Detalle escultórico procedente de la desaparecida capilla Borja de la antigua colegiata. Xàtiva, Museu de l’Almodí.


Nápoles, Castel Nuovo.

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