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La poética de Borges

por Julio Ortega

Quisiera proponer que la poética de Borges (su hipótesis sobre la naturaleza del acto literario) está no en uno de sus ensayos sino en el más importante de sus relatos, en El Aleph. Escrito en 1945, este cuento recuenta una experiencia mística (la contemplación o revelación de una totalidad asombrosa); y, tras ese informe de asombro fantástico, ofrece dos modos de referir ese milagro. Por un lado, Carlos Argentino Daneri (un Dante paródico y degradado) ha estado utilizando el Aleph (una pequeña esfera tornasolada que permite ver la totalidad del universo) para escribir un monstruoso poema, que titula «La Tierra». Por otro lado, el personaje llamado Borges (un melancólico poeta menor) al ver el Aleph declara que nada le asombró más que su existencia misma.

 

 

Así, en este cuento plantea una alegoría del acto literario. Carlos Argentino corresponde al modelo de un escritor realista o naturalista, que cándidamente cree que el lenguaje sirve para dar cuenta prolija del mundo. El cuento se burla de este tipo de escritor que duplica la realidad con el lenguaje, empobreciendo una y otro. En cambio, Borges declara el carácter milagroso del objeto mismo, de la literatura como acto de revelación. Para Carlos Argentino las palabras corresponden a las cosas, y no hay asombro entre ambas, sólo resignación y utilidad; para Borges, nombrar es siempre insuficiente, porque el todo es inabarcable y sólo nos quedan los informes parciales, las metáforas y las figuras de equivalencia. La poesía sería el breve nombre esquivo del mundo.

De este modo, la poética borgiana se caracterizaria por un doble movimiento. Primero, nos remite a la tradición, porque el mundo moderno aparece como un lugar de pérdida y deterioro, y debemos recuperar la promesa poética del nombre, su capacidad de restablecer la memoria y reconocer un espacio visionario. Segundo, nos remite a la noción de cambio literario, porque la literatura afirma el valor de lo nuevo, de los procesos, al ejercer la crítica de los usos convencionales del lenguaje. En efecto, en El Aleph Borges produce una sátira de la república de las letras, de sus valores comerciales, culto del éxito y vanidad. Su propuesta parece decirnos que la tradición más viva, aquella que nos convoca al asombro y la imaginación, no tiene lugar en la ciudad modernizadora, donde los valores mercantiles y banales prevalecen a costa de lo genuino.

 

 

No es casual, por lo tanto, que la ciudad aparezca en proceso de convertirse en urbe comercial, y que Beatriz, emblema de un saber tradicional, sea una mujer frívola y haya, además, muerto. Se trata, por eso, de un relato que desde la crítica reformula la ficción como un pensamiento que disputa los modelos dominantes. Lo hace a traves de la sátira pero también con una íntima nostalgia, con estoicismo pero también con humor.

Esta breve obra maestra borgeana sigue dándonos una lección clásica: la verdadera literatura construye una memoria recobrada y renovada, una casa habitable y compartible. La mayor promesa del arte, así, es reconocer la rara vecindad de lo genuino. Comunicar su certeza fugaz y su larga nostalgia. He ahí la íntima actualidad de la demanda de El Aleph.



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