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Lectores de Borges

Un sueño llamado Borges

por Juan Gustavo Cobo Borda

Su rostro irradiaba la luminosa intensidad que sus ojos ciegos parecían negarle. Pero al final de sus años había adquirido la libertad inquietante de quien era capaz de dirigir sus sueños y lograr que encarnasen creando otros seres. Ya no se trataba sólo de El Golem ni de remotos sacerdotes mayas o magos de Babilonia.

Borges se soñaba a sí mismo y de allí emanaba el niño nacido en Buenos Aires que descubría en la biblioteca de libros ingleses de su padre el mundo y caminaba los arrabales de la ciudad, donde las calles se volvían campo y el coraje marginal de los orilleros daba razón de ser a los cuchillos que llevaban bajo el brazo. Allí escuchó también, por primera vez, el laborioso rasgueo de una guitarra.

De su sueño surgía también el adolescente al que en Ginebra lo marcaban los versos de Walt Witmann, la metafísica de Arturo Schopenhauer y la revelación fulgurante del sexo.

El joven vanguardista que en España jugaba con las metáforas y disfrutaba hasta el amanecer, los fuegos artificiales de las tertulias literarias. El taciturno enamorado que al regresar a su patria intentaba decir con pudor criollo lo vasto de su pasión y el asombro ante un tiempo que se eternizaba en almacenes y tapias, patios y zaguanes.

El amigo que traducía con Adolfo Bioy Casares esotéricos textos fantásticos y anotaba, minucioso y puntual, a Cervantes y a Quevedo, a Chesterton y a rigurosas novelas policiales.

El paradójico director ciego de la Biblioteca Nacional cuyo edificio, como en un cuento suyo, había sido edificado como sede de la Lotería Nacional. El hombre, tan valiente en ocasiones, como arbitrario en otras, que se opuso al comunismo, al nazismo y al peronismo y que declaró también que las opiniones políticas eran lo más insustancial de cualquier obra literaria. El viajero incansable que de Texas a Creta y de Japón a Irlanda, desconcertaba con su inteligencia y otorgaba a sus auditorios la irrefutable sensación física de haber vislumbrado a un bello heraldo insomne de las lunares comarcas de la poesía.

Finalmente Borges soñaba al cansado anciano de bastón tanteante que volvía a recobrar su juventud y su memoria infatigable en una Ginebra calvinista donde moriría dictando un último texto sobre Venecia. Allí está enterrado bajo una runa vikinga colocada por su último amor, una mujer japonesa también nacida en Buenos Aires y llamada María Kodama.

Por este sueño llamado Borges, sin lugar a dudas el mayor escritor en lengua española del siglo XX, y por el amor que su obra de poeta, ensayista y cuentista, ha suscitado en todo el mundo, en infinidad de traducciones y en influjo directo sobre tantos otros autores, es que volvemos a mirar sus páginas, sabiendo de antemano que son inagotables.



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