Borges y España |
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El libro infinito por Gustavo Martín Garzo Borges tiene un relato que se titula El libro de arena. En él un hombre vende a otro un libro. Un libro cuyas páginas están hechas de arena, de forma que su contenido es infinito y caótico: «Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que inflamaba y corrompía la realidad». La búsqueda de la literatura es también la de ese libro infinito. Un libro cuya lectura, al contrario que en esta fábula, no corrompa la realidad sino que se añada a ella, ofreciéndonos desviaciones, puertas, salidas imprevistas. Es esto lo que justifica la atención sostenida que a lo largo de toda su vida Borges mostró por el mundo de los libros. Y esa actitud no es otra que la de los viejos buscadores de oro. Criban la arena de los sueños tratando de encontrar esa esquirla, esa piedrecita áurea que ilumine y dignifique la inacabable aventura humana. En el Otro poema de los dones Borges agradece al divino laberinto de los efectos y de las causas, por la diversidad de la criaturas que forman este singular universo. Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises; por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad; por las místicas monedas de Ángel Silesio; por el último día de Sócrates; por aquel sueño del Islam que abarcó mil y una noches; por Swedenborg, que conversaba con los ángeles en las calles de Londres; por las rayas del tigre; por el lenguaje que puede simular la sabiduría; por el sueño y la muerte... Borges sabe que todos esos dones componen un único libro inagotable, que se confunde con la suma de todas las criaturas y que varía según los hombres. La literatura es el último intento de reconstruir un universo total. Tiene que ver con ese continuo desplazamiento de los signos y de los significados en una dinámica de vasos comunicantes que tiende a la universal equivalencia de todo con todo. Pero también, y sobre todo, con la criba del buscador de oro. No puede haber relato verdadero sin ese rastro áureo. Cada metáfora, cada acierto verbal, es una salpicadura, de forma que al terminar la lectura nuestros dedos, como los de la muchacha protagonista de un viejo relato portugués estarán teñidos de oro, y nos veremos llamados a sustituir, en lo más escondido del bosque, al guardián de ese Libro de arena que es el mundo del hombre. Lo que es lo mismo que afirmar que en toda historia que tenga un sentido se puede reconocer la primera historia nunca contada y la última, tras la cual el mundo no se dejaría contar ya en una historia. Jorge Luis Borges escribió cada uno de sus libros contra la idea de que ese momento pudiera haber llegado. |
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