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Borges y Argentina


Lugones, el fantasma de la biblioteca

por Edgardo Dobry

Cuando a principios de los noventa se reeditaron los tres primeros libros de ensayos de Borges —Inquisiciones, 1925; El tamaño de mi esperanza, 1926; El idioma de los argentinos, 1928— fue inevitable formularse la pregunta: ¿por qué, en vida, él se había negado a volver a editarlos? Hay respuestas evidentes: al Borges maduro tenían que molestarle la notoria cursilería de las metáforas, algunos rebuscados y cacofónicos neologismos, la ortografía criollista y, en general, el excesivo énfasis nacionalista. No es difícil componerse la imagen de un Borges que se lee a sí mismo, y se rechaza. Sin embargo, es probable que además le resultara particularmente molesta su irreverencia juvenil frente a algunos escritores argentinos a los que —después de muertos— erigiría en padres: Enrique Banchs (cuya obra reduce veladamente a «una pura tecniquería») y, sobre todo, Leopoldo Lugones. Los ataques a Lugones son crudos en El tamaño de mi esperanza, donde Borges empieza una reseña del Romancero lugoniano de esta manera: «Muy casi nadie, muy fangallón, muy ripioso, se nos evidencia don Leopoldo Lugones en este libro», para rematar una líneas más abajo: «El pecado de este libro está en el no ser: en el ser casi libro en blanco, molestamente espolvoreado de lirios, moños, sedas, rosas y fuentes y otras consecuencias vistosas de la jardinería y la sastrería (...) ¡Qué vergüenza para sus fieles, qué humillación!»

Como es obvio, Borges se ceba en Lugones como rezagado representante del modernismo («La tribu de Rubén aún está vivita y coleando (..) y este Romancero es la prueba de ello»), cuyo rechazo resulta, a la postre, el único contenido no vagaroso de esa poética ultraísta que con tanto fervor de Buenos Aires se había traído de las tertulias madrileñas de Cansinos Assens. De forma semejante, en «Carriego y el sentido del arrabal», incluido también en El tamaño de mi esperanza, se lee que «Rubén Darío (...) amuebló a mansalva sus versos en el Petit Larousse...» Este trabajo fue reformulado en 1930 bajo el título de Evaristo Carriego e incluido en la primera edición de las obras completas de Borges, de 1974. Lo curioso es que, en este libro, se mantiene el ataque a Darío, pero matizado con una nota al pie, fechada en 1954: «Conservo estas impertinencias para castigarme por haberlas escrito. En aquel tiempo creía que los poemas de Lugones eran superiores a los de Darío. Es verdad que también creía que los de Quevedo eran superiores a los de Góngora». Aun dejando de lado la astuta ambigüedad de esta nota, que nada decide, ¿por qué dice ahora preferir la jardinería y la sastrería de Lugones a los muebles afrancesados de Darío?

El punto de inflexión se había producido en 1938, año del suicidio de Lugones. Por obra y gracia de su muerte voluntaria, Lugones se convierte instantáneamente en su sí mismo preferido: el poeta mártir, el poeta nacional, el Whitman, el Hugo argentino. Ya en el mismo año del suicidio Borges escribía: «Decir que ha muerto el primer escritor de nuestra república, decir que ha muerto el primer escritor de nuestra lengua, es decir la verdad y es decir muy poco (...)». Más de veinte años después, uno de los libros fundamentales de Borges, El hacedor, está efusivamente dedicado a Lugones: «Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz (...)».

En el tránsito de abominable versificador a padre literario media el suicidio. En cierto aspecto, Borges es aquí portavoz del sentimiento de culpa hacia Lugones que parece haber invadido a toda la intelectualidad argentina a partir de 1938. O quizás es que, ya vaciado de contenido literario, Lugones es venerado como figura, como poeta nacional. Ahora Borges es el otro: el maduro hombre de letras, el director de la Biblioteca Nacional, el escritor argentino que se apropia de la tradición literaria universal y la convierte en su propia genealogía. Porque, al contrario que Kafka, Borges no crea a sus precursores (por lo menos, a los argentinos): los ordena, los reduce, les da un lugar prehistórico, en el sentido de ágrafo: Macedonio Fernández como conversador ingenioso, Lugones como fantasma bonachón en los despachos de la biblioteca.


 

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