Borges y España |
||
Borges y la paradoja de la centralidad por Domingo-Luis Hernández En una sutil nota del «Prólogo» a Elogio de la sombra (del año 1969), Jorge Luis Borges escribe lo siguiente: «Deliberadamente escribo psalmos. Los individuos de la Real Academia Española quieren imponer a este continente sus incapacidades fonéticas; nos aconsejan el empleo de formas rústicas: neuma, sicología, síquico. Últimamente se les ha ocurrido escribir vikingo por viking. Sospecho que muy pronto oiremos hablar de la obra de Kiplingo». Nosotros sospechamos que los conocimientos de lingüística de Borges no son tan rudos ni que piense de verdad que los conocimientos de lingüística de los miembros de la Academia Española de la Lengua son tan parciales como para reducir al capricho o a la ignorancia la castellanización de palabras de otros idiomas, aportados por la tradición o por la actualidad. En todo caso, capricho es no concederle rango de distinción canónica antes de la imposición por el uso; e ignorancia de los hablantes que (en todas las fronteras del idioma) se resisten a consultar diccionarios de otras lenguas para fijar el uso de los vocablos que hereda o incorpora. |
||
| Creo, sin embargo, que esta pequeña maldad de Borges es interesante para recuperar el hilo de una discordia, que es también otra de las contradicciones del genial escritor argentino. Sobre todo porque la encontramos en la cima de su obra, y en el momento en que discute abiertamente los principios de nacionalidad que fueron sustanciales a su credo en las, al menos, dos etapas anteriores de su escritura. Jorge Luis Borges es y será un referente de la escritura de la lengua. Desde luego, su reflexión sobre las posibilidades del castellano como lengua literaria merecen un detallado y experto análisis. Borges confesó, casi al final de su vida, que transmitir la música del idioma (como plantó Dante en el mundo la música del italiano, Goethe la música poética del alemán, Garcilaso la música del renacimiento italiano en castellano, o Darío la música del simbolismo francés) sería un verdadero motivo de permanencia en la historia de una literatura. Dijo que lo intentó, pero que destruyó los tres o cuatro ejemplos que su ingenio le permitió componer. Tarea dura de la praxis poética, que sin embargo es apreciable. Borges lo repite: confiamos en el material sonoro de una lengua y en la posibilidad de su combinación exclusiva, sustancial, íntima, propia... Digamos que las palabras tienen alma; en la unión poética, música. |
||
| ¿Por qué Borges no persitió en el intento de ser epifánico (otro valor de permanencia) en semejante distinción? Podemos jugar con una hipótesis: Entre la clásica oposición Quevedo/Góngora, Borges opta por Quevedo (y es evidentísimo, no sólo por sus afirmaciones). El artificio del Barroco es imagen y es música, como Borges soñó para el Ultraísmo; pero también es acumulación. En la sentencia de don Emilio Orozco, Barroco es una paradoja que Jorge Luis Borges no quiso o no supo compartir: horizontal y vertical; superficial y profundo. Digamos: Si Darío no es un poeta total, sólo puede jugar por el subterfugio de un ritmo (de un modo) que adapta al idioma; es decir, hace idioma con elementos extraños a las posibilidades del castellano. El credo de Borges se antepuso al credo de Darío de manera vehemente en el principio. En la reflexión presente, Borges se pliega a una evidencia: Darío es insustituible en la poesía española, por lo que aportó. Y diligentemente, Jorge Luis Borges separa lo que Darío es de lo espurio que su escuela tergiversó y detalló en la poesía subsiguiente. Ricardo Piglia escribe que, cuando Borges resuelve el conflicto de su formación, de su bilingüismos, inglés-castellano, se convirtió en uno de los mejores prosistas (y subrayo prosista) de la lengua. ¿Es ese el ritmo del castellano? Sabemos que no; es la música insustituible e irrepetible de Jorge Luis Borges. |
||
| La hipótesis por resolver sería la hipótesis de la singularidad borgesiana, probada en su excepcionalidad. Pero es imprescindible convencernos de otra cosa: la excepcionalidad de Jorge Luis Borges está fundada en la reflexión predicha: escritor en un idioma que compartimos muchos millones de hablantes, y no sólo los hablantes de número de la Real Academia Española de la Lengua. Luego, la hipótesis (y eso es lo que señala Borges) no puede estar fundada en la exclusividad periférica. Jorge Luis Borges discute esa rémora en toda su trayectoria personal y ensayística. Indudablemente, hablamos de la esencia de la criollidad, que es la paradoja que define nuestro ser idiomático y el ser periférico (o por ser más exactos, el principio de fronteridad que forja lo americano después de los movimientos de España a finales del siglo XV). En la polémica de mediados de los año de 1940 de Jorge Luis Borges con don Amado Alonso (fundador de un instituto extraordinario de estudios lingüísticos en Buenos Aires y que continuó doña Ana María Barrenechea) está ese principio. Lo que don Amado Alonso interpretaba como norma culta del idioma (en la ecuación general del español), a Borges le interesaba leer como insulto. El asunto, sin embargo, no puede interpretarse como separación (en el sentido en el que lo interpretó Sarmiento frente a Bello), más bien habría de atribuírsele el valor que tan bien supo captar don Miguel de Unamuno: la heterogeneidad nos define, y no recurramos al tópico (político) de la Madre Patria. Es decir (como Unamuno también subrayó), a pesar de las excentricidades, Sarmiento es una pieza esencial del debate; Borges apura, incluso: de pensar la patria argentina. |
||
| Don Amado Alonso no leyó correctamente las disposiciones de Borges, y no recomendó a principios de los años 50 la contratación del escritor argentino por una Universidad Norteamericana (Wellesley) por considerarlo «un enemigo profesional de la literatura española». Y ése es el corazón de la torpeza central. Jorge Luis Borges (como criollo) es un doble. Y la conciencia de la criollidad merece un dictamen sustantivo: El lugar que se ocupa en el espacio y en la historia de una cultura no puede ser juzgado apriorísticamente. En ese fallo reside la mala lectura (incluso argentina) de un texto fudamental: «El escritor argentino y la tradición», de Jorge Luis Borges. A diferencia de lo que algunos críticos subrayan (también en fechas muy recientes) Borges no excluye elementos de tensión patrióticos (v.gr., en relación a Martín Fierro) ni elementos del idioma. Borges, como pensador y como escritor, sitúa. Por ejemplo, sitúa la verdadera faz del Martín Fierro, en su paradoja de la primera y de la segunda parte. Borges piensa esa pieza excepcional de Hernández y discute la epopeya (de parte de su admirado Lugones) para afirmar que es un artificio culto y ciudadano, como toda la poesía gauchesca. Por lo tanto, lo ideológico es tan básico en su cuerpo textual como la proyección decidida, en el uso de la lengua en la literatura, por los poetas verdaderamente populares, aun la medida de sus imposibilidades. |
||
| El resultado es dos cosas que conviene situar convenientemente: Una, ser escritor es mucho más que ser ciudadano de un país castellanoparlante de América. Dos, ser un ciudadano convencido de ser y actuar en un país castellanoparlante de América es afirmar una condición, que es la marca trágica del destino: un criollo, un doble en proyección. Lo primero es un útil de Jorge Luis Borges; esto es, el «ser buenos o tolerables escritores». Lo segundo es una condición de la existencia a la que (por letras de su admirado Schopenhauer) Borges debe mirar de frente. La Voluntad implica tomar el estilete para actuar en las letras a pesar (o por) la situación que le ha tocado vivir: Como el personaje de El Sur toma el cuchillo para salir a la llanura a resolver el destino en la pelea desigual (o inconvenientemente trazada como desigual), Borges toma el estilete para armar sus caligrafías. Lo que está en El escritor argentino y la tradición (y en otros muchos, evidentemente) es un valor que (por desgracia) pasa desapercibido: lo central interpretado como crisis. En un ensayo de Criticar al crítico, T. S. Eliot enuncia uno de los efectos: el peso de la tradición hace pesado y poco móvil el cuerpo textual del centro. Lo contrario (en las literaturas de frontera) da resultados no sólo considerables sino también excepcionales. Por referir ejemplos evidentes: El Modernismo, las Vanguardias... son excepcionalidades recurrentes e hijos imprescindibles de las fronteras del idioma. Y Borges es excepcional, por esa carga reflexiva y por su convicción (eficaz) de pensar la literatura como fenómeno universal (y en todos los sentidos: Borges lector, Borges ensayista, Borges narrador, Borges poeta). |
||
| En definitiva: Borges se piensa como hombre de letras y como criollo. Como escritor aspira a ser el mejor escritor del mundo, con el inconveniente de que este oficio es un oficio del tiempo y de la competencia, y como tal tiene que situarse en el paralelo de los grandes escritores que en el mundo han sido. Como criollo es consciente de su doble. Y ser doble significa que su reflexión vive en el paralelo de la dicción y del silencio. Quiero decir que la independencia de los países americanos significa, fundamentalmente, la capacidad de pensarse a sí mismos en relación al otro del origen, y que esa reflexión es crítica, para sí mismos y para su otro. Si a ese asunto añadimos el componente de singularidad borgesiana, tenemos la baraja bien dispuesta. Cuando Borges dice que al leer por primera vez en castellano el Quijote dedujo que era una mala traducción del inglés, podemos interpretar su frase desde dos posiciones: desde la airada centralidad o desde su situada parcialidad. Los valores canónicos que Borges manifiesta (como los que manifestó en relación a los hermanos Machado, o a Lorca) no tienen que ser compartidos en todos sus términos. Pero veamos: El Quijote es uno de los centros de la reflexión escritural de Borges, y ése es el sentido que el idioma puede compartir en su heterogeneidad. Cuando Borges descree de la importancia de Federico García Lorca por su indiscriminación popular, podemos comparar ese discurso con sus reflexiones sobre lo popular argentino, y de ahí obtener consecuencias complementarias e interesantes. Y así un largo etcétera que nos hace más recurrentes sus denuestos y apreciaciones. En fin: El procedimiento de Borges es paradójico, como no puede ser de otro modo: Paternal hacia adentro; hijo airado y parricida hacia el centro de la tradición. |
||
|
|
|
| Borges, Argentina y España | | Portada del CVC | Centro
Virtual Cervantes |
||