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Borges y Argentina

El poema de la esquina rosada

por Ana Basualdo

En sus dos primeros libros —Fervor de Buenos Aires, 1923; Luna de enfrente, 1925—, Borges fundó su propio espacio literario. Un espacio que podría, luego, poblarse, expandirse y volverse laberíntico, pero que sería básicamente el mismo en toda su obra. Una zona de Buenos Aires que está entre el centro y la pampa; un paseo por barrios de calles largas y casas bajas que termina en zanjones, en ese borde donde ya no hay «vereda de enfrente».

Orilla. Borges se queda allí, en la orilla, y la puebla de personajes de ficción a los que trata como legendarios; y, desde la orilla, divisa el pasado de la pampa (y allí, a alguno de sus propios antepasados en el polvo de alguna batalla). El gesto de elegir ese lugar —construir ese espacio— es, en la historia de la literatura en castellano, una refundación. «Yo presentí la entraña de la voz las orillas». Y, desde ese mismo lugar, abarcaría el horizonte de la literatura argentina (lo rural y lo porteño) y universal (Argentina es tanto América como Europa). Beatriz Sarlo lo analiza profundamente en Borges, un escritor en las orillas.

Rosado. Según escribió Derrida en su ánalisis de la poesía de Mallarmé, el signo blanco constituye un «inmenso arsenal de sentido»: nieve, cisne, pureza, mármol, página, etc. Quizá el arsenal de asociaciones contenido en «rosado» no sea tan cuantioso, pero sí homérico: «aurora de dedos rosados». En Borges, rosados son el naipe, la esquina, la tapia, el almacén, una «calle dura y rosada», el crepúsculo. Es rosado lo que está a punto de desaparecer con el «último sol» de la tarde. Esquina, tapia y almacén reflejan la luz del «ocaso», y el ocaso es, como dijo Ana María Barrenechea, imagen de «la angustia obsesiva del fluir de las horas hacia la muerte». El reflejo del atardecer en la esquina o la tapia es benigno y rosado («y yo forjo los versos de mi vida y mi muerte con esa luz de calle»), pero lo que ocurre allá lejos, donde el cielo se junta con la pampa, es ciertamente trágico, y rojo sangre. El tiempo, en cada atardecer, se «desangra» («tajo», «espada», «herida», «incendio»), anunciando el final del paseo: la noche, la muerte. «Mejor lo dijo Goethe: Lo cercano se aleja. / Esas cuatro palabras cifran todo el crepúsculo».

Pero el paseo acoge huellas de «tiempo detenido», «del asombro ante el milagro / (...) de que a despecho de que somos / las gotas del río de Heráclito, / perdure algo en nosotros: / inmóvil».

Patio. Hay calles «con luz de patio», y, en el patio («cielo encauzado»), el tiempo es «caudaloso», «generoso». El centro de ese espacio —que es tránsito hacia la orilla— no está en el «centro» de la ciudad sino en una imagen doble: la luna y el patio. El patio guarda lo que el rosado y el rojo se llevan al poniente: tiempo. El patio es «colorado» como la «pampa colorada» y «cóncavo» como un «cántaro». «Colorado», «pampa» y «cántaro» quieren decir aquí "tierra". El centro de la tierra de este espacio poético es el patio, «declive / por el cual se derrama el cielo en la casa». Tanta fuerza tiene ese centro, que «Esta noche, la luna, el claro círculo / no domina su espacio». Quizá porque detrás de la luna de Borges está siempre la «sangrienta luna» de Quevedo.

Buenos Aires. «Las calles de Buenos Aires / ya son mi entraña», escribió en 1923. En La cifra (1981) el paseo es por la memoria: «He nacido en otra ciudad que también se llamaba Buenos Aires / (...) Recuerdo el tiempo generoso, la gente que llegaba sin anunciarse. / (...) En aquel Buenos Aires, que me dejó, yo sería un extraño / (...) Sé que los únicos paraísos no vedados al hombre son los paraísos perdidos». Paraíso: patio, tarde, tiempo cautivo, arquetipos de Plotino. «La tarde elemental ronda la casa / La de ayer, la de hoy, la que no pasa». En el Buenos Aires que Borges fundó, se representa el drama de la relación del hombre con el tiempo: el fluir y el ademán de detenerlo; el huir y la ilusión de recuperarlo. El poema es un patio «cóncavo» y porteño donde están la arcilla y el cielo, la calle y la pampa, y donde quedó, apresado por el deseo, una pizca de tiempo inmóvil.


 

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