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Borges y España

Introducción al Mundo de Borges

por Luis Sainz de Medrano

Estamos demasiado próximos en el tiempo a Borges para valorar plenamente, por mucho que se haya escrito sobre ella, la importancia de su obra e incluso para sentir la relevancia de haber vivido, más o menos parcialmente, en su tiempo.

Convendría ante todo precisar que Borges fue autor de una literatura social, por encima de la estrecha consideración de ese concepto, como lo fue Kafka para Sábato. Como Montaigne, Borges pudo decir que nunca se propuso mejorar la suerte de sus lectores desde su escepticismo («no tengo la vanidad de creer que puedo resolver la suerte de sus contemporáneos» —afirmó—), pero cuantos hemos tenido y cuantos tendrán —en un prolongado futuro— la suerte de entrar en sus textos sabremos siempre valorar el extraordinario legado de este artífice de la lengua española formulado en esta sencilla y enriquecedora consigna: «Pensar, analizar, inventar [...] son la normal respiración de la inteligencia».

 

 

Eso fue el ininterrumpido ejercicio que Borges realizó a lo largo de su vida, para dar lugar a una obra excepcional cuyos ejes básicos aparecen desde sus primeros escritos: lo sustancial de su contenido ya está, por ejemplo, en los tres libros de poemas dentro de lo que él llamó, con ningún fundamento, por cierto, «la equivocación ultraísta». No sin verdad pudo resaltar en uno de ellos Luna de enfrente (1925) el orgullo de haber dicho «asombro donde otros dicen solamente costumbre», para añadir: «he paladeado numerosas palabras. / Creo que esto es todo y que no veré ni ejecutaré cosas nuevas», y pudo, en un ensayo de El tamaño de mi esperanza (1926), descartando equívocos sobre el indeseado nativismo a la usanza, hacer esta propuesta: «Criollismo, pues, pero un criollismo que sea conversador del mundo y del yo, de Dios y de la muerte».

A partir de ahí toda la obra de Borges es una indagación en los dones y una entrega a sus lectores de la genial valoración que de ellos hizo. Qué raro —diríamos utilizando una de sus queridas expresiones— que quien se definió muchas veces como un escéptico tuviera la capacidad de maravillarse una y otra vez ante las formidables sugerencias que el mundo visible y sus prolijos seres, abstractos o concretos, le ofrecían. En el «Otro poema de los dones» de su libro El otro, el mismo (1969), mostró la voluntad de enumerarlos en su infinitud, dando gracias —casi a la manera del de Asís— «al divino/ laberinto de los efectos y las causas/ por la diversidad de la criaturas/ que forman este singular universo».

 

 

Ciertamente la tarea de Borges ha consistido no ya en descifrar el misterio y la magia de esas criaturas sino en recrearse en las hipótesis que conciernen a su interpretación y, por último, en dejarnos saber que «no hay ejercicio intelectual que no sea finalmente útil». Los personajes de Borges pueden recibir súbitas iluminaciones —cómo recordar el prodigioso aleph, la vulgar moneda que contiene El zahir, las manchas del jaguar de La escritura de dios o a Funes el memorioso; pueden mostrarnos a seres humanos que buscan su rostro auténtico y eterno (Poema conjetural), especular con el tiempo cíclico y la pluralidad que dentro de su aparente unidad, se encierra en cada individuo (Poema de los dones), imaginarse sueños de un dios que es soñado por otro y así en una serie interminable, descubrir las ventajas de la ceguera y de la vejez, conjeturar las más curiosas utopías y contrautopías...

¿Cabría pensar en un Borges filósofo? La cuestión es ardua pero nos inclinamos por aceptar esta propuesta, aunque el definiera a la filosofía como una de las bellas artes, considerando también las relaciones que entre filosofía y poesía establece alguien como María Zambrano. El pensamiento de Borges puede ser asistemático y disperso, pero está poblado de los discursos de Heráclito, Platón, el hinduismo, Berkeley, Hume, Nietzsche..., y, lo que es más importante, por las supremas emociones del intelecto nacidas de lo que Fernando Savater ha llamado «convivencia perpetua con interrogación», en la que nos sentimos realmente humanos.

 

 

En la obra de este argentino anticasticista e imprevisible, España juega, sin duda, un papel rigurosamente importante. Lo declaró, por ejemplo, para empezar, en uno de sus poemas donde permite que emerjan de modo excepcional vibraciones cordiales, poema cuyo título recoge el nombre del país, en el que, tras marcar un sinfín de rasgos la define desde su dimensión de americano como «incesante y fatal». España fueron para él los años juveniles de la vanguardia, en Mallorca, en Sevilla, en Madrid, junto a la figura venerada de Cansinos Assens en las noches del café Colonial; el escenario de sus primeros poemas y manifiestos de adhesión a las revistas del ultra, el tiempo, en suma, de la aventura y de la iniciación. En otra composición de su último libro poético (Los conjurados, 1985) parece resumir todo el espíritu de aquella época en su vertiente andaluza, con un final de espléndida solidez: «Cuántas voces y cuánta bizarría / y una sola palabra: Andalucía».

Pero, con todo, cabe decir que en la España más profunda y duradera en su espíritu fue la inmarcesible de los clásicos, algunos ya conocidos antes, como Cervantes (aunque afirmara desde su gusto por la paradoja, que le había interesado más la versión inglesa del Quijote que la española con la que se enfrentó luego), y otros empezados a leer fervorosamente en los tempranos días españoles. Entre ellos destaca claramente Quevedo, de quien opinó, sin desdecirse nunca, que su obra valía por una literatura, y cuyo «bronce» asimiló a la sustancia fundamental de la lengua castellana, su irrenunciable destino. No es casual que se interesara muy sinceramente por Unamuno, con quien sostuvo correspondencia desde los tiempos de Fervor de Buenos Aires. Aquel vasco que supo convertir la plaza nueva de Bilbao en una metafísica, no podía dejar de atraer a quien otorgaría la misma condición a su ciudad de Buenos Aires. Alguna evocación unamuniana: Milton y el oxímoron de su ceguera y sus libros, fue hecha suya por el argentino. No es posible precisar tantas otras cosas que certificarían nuestra creencia de que la obra de este argentino, empedernido cosmopolita, sagaz en el manejo de plurales registros, no sería la misma sin las raíces de lo español.


 

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