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Borges y Argentina

La Argentina de Borges

por Blas Matamoro

A pesar de su juventud vanguardista, la visión que Borges tuvo siempre de su país, fue decimonónica. Nunca practicó la devoción de las vanguardias por la belleza industrial de la gran ciudad, las maquinarias recién inventadas, la velocidad y el deporte. Si tuvo interés por la guerra, se trató de las guerras antiguas, las epopeyas primitivas y, en el caso argentino, las luchas civiles y la persecución del indio en el siglo XIX.

Lo mismo puede decirse de Buenos Aires, su ciudad, su lugar imaginario, el espacio que habitó cuando estaba lejos de ella y también cuando vivía en la capital porteña, mentalmente alejado de su multitud ruidosa, sus actualidades y el lujo de sus barrios acomodados. Borges prefirió siempre el Sur de la urbe, la parte antigua de Buenos Aires, con sus tranquilas casas de patios espaciosos, aljibes y rejas. Sus paisajes favoritos eran los suburbanos, los lugares donde la ciudad se volvía campesina y se recogía al atardecer para despoblarse por la noche. Esa Buenos Aires de arrabal, con sus casas modestas y austeras, sus tapias, sus callejones de barro y sus malevos hábiles con el cuchillo, fueron siempre el escenario real o mental de sus caminatas. La otra Buenos Aires fue con igual constancia, para Borges, una biblioteca. La de su padre, con los libros ingleses leídos en la infancia, y la Biblioteca Nacional, que dirigió en sus años de madurez y ceguera. Una Argentina decimonónica es una Argentina en pie de guerra: luchas por la independencia, enfrentamientos civiles, la Triple Alianza y la guerra al malón. Lanzas, espadas y cuchillos se unen, en este vasto espectáculo sangriento, a la poesía gauchesca y a los primitivos y peleadores tangos del arrabal. En la tranquila sala de lectura, de pronto, una página de Homero o de José Hernández traen rumor de aceros enfrentados, chispas de combate, gritos de victoria y lamentos de derrota. Borges, como ha dicho alguna vez, cuenta las sílabas en la vana noche.

El Sur, en otro sentido, es un lugar metafórico donde el personaje insistente en los cuentos de Borges, un intelectual que ha buscado refugio en los libros para defenderse de las acechanzas de la historia, se encuentra con otros. En el cuento que lleva como título aquella referencia geográfica, un bibliotecario convalesciente de un accidente que pudo costarle la vida, marcha atraído por una indescifrable fascinación, hacia el Sur de la ciudad. Ha sentido la proximidad de la muerte y no sabe, pero acaba advirtiéndolo, que el Sur antiguo y primitivo es un mundo en que será desafiado a cuchillo y muerto en el duelo consiguiente, porque no sabe manejar el arma.

El otro, aquí como en otras ficciones y poemas de Borges, es un ser amenazante, portador de la muerte, que sobreviene en un encuentro singular y con arma blanca. En el Sur se conservan las prácticas rituales de aquella Argentina bélica, primitiva y bárbara, pero leal con su violencia valerosa, caballeresca y valiente. Frente a ella, el argentino moderno, hombre de libros y perplejidades, aparece como una criatura debilitada por el conocimiento y las prácticas civilizadas. Se puede decir que es un hombre del Norte, con las distintas connotaciones que este punto cardinal tiene: ser el Norte del mundo, la civilización nórdica; la parte superior del cuerpo, la cabeza; los barrios refinados y opulentos del Norte de la ciudad, donde vive la clase privilegiada y dirigente; lo superior, en definitiva, que no puede, a pesar de sus poderes, someter a la mitad austral, primordial y mortífera de la condición humana.


 

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