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Como el solitario habitante de Babel, Borges vivió
rodeado de libros. Y es que el universo para él es una biblioteca compuesta de un número
indefinido e infinito de libros, de galerías hexagonales. El universo no es más que
libros que remiten a otros libros, letra sobre letra, discursos que se tejen y constituyen
la materia del ser. Prisionero entre los anaqueles, el lector se pierde dentro de ese
laberinto, preguntándose si en verdad el mundo existe más allá de esos muros o es
apenas una extensión dudosa de la que sólo se tiene una cifra, el número de libros de
cada anaquel. Obra del azar o de demiurgos malévolos, el hombre es un bibliotecario
imperfecto. En cambio, ese universo de anaqueles con sus enigmáticos tomos y sus
infatigables escalones, sólo puede ser obra de un Dios.
La biblioteca de Babel
Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba
todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres
se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o
mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún exágono. El universo estaba
justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza.
En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía,
que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos
prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y
se lanzaron escalera arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación.
Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones se
estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los
túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas.
«La biblioteca de Babel», Obras
Completas,
Buenos Aires, Emecé, 1989, vol. I, pág. 468. |