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Otra vez la sincera intimidad con los objetos. La
fascinación que produce en Borges su ausencia de vida, que es por otra parte la medida de
su grandeza, la condición de su inmortalidad. Pero el puñal es algo más también: es el
mensajero de la muerte, el ariete incansable de la historia humana, tanto en sus grandezas
como en sus traiciones. Un puñal son todos los puñales, desde aquellos que abatieron a
César hasta estos otros que empuñan, temerosos, los rufianes en los arrabales de las
grandes ciudades. Mas !qué inutilidad, qué sinsentido el del puñal abandonado en el
cajón del escritorio sin una mano que le transfunda su sangre criminal!
El puñal
En un cajón hay un puñal.
Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado;
Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que
lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo
tuvo alguna vez en la mano.
Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se
advierte que hace mucho que lo buscaban;
la mano se apresura a apretar la empuñadura
que la espera; la hoja obediente y poderosa
juega con precisión en la vaina.
Otra cosa quiere el puñal.
Es más que una estructura hecha de metales; los
hombres lo pensaron y lo formaron para un
fin muy preciso; es de algún modo eterno,
el puñal que anochece mató a un hombre en
Tacuarembó y los puñales que mataron a
César. Quiere matar, quiere derramar brusca
sangre.
En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas,
interminablemente sueña el puñal su sencillo
sueño del tigre, y la mano se anima cuando
lo rige porque el metal se anima, el metal
que presiente en cada contacto al homicida
para quien lo crearon los hombres.
A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan
impasible o inocente soberbia, y los años pasan inútiles
Obra Poética, 1923-1970,
Madrid, Alianza Tres Emecé, 1977, págs. 81-82. |