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Desde el final de la Antigüedad hasta la Alta Edad
Media, a lo largo del primer milenio, grupos de religiosas y religiosos cristianos optaron
por marcharse a lugares apartados, primero en el Próximo Oriente y en el Norte de África
y posteriormente en Europa. Lo hicieron con el fin de llevar una vida retirada, tanto si
permanecían en completa soledad al modo de los ermitaños, como si
constituían pequeñas comunidades donde desarrollar con mayor intensidad su espíritu
religioso. Es, pues, a partir de esta voluntad de huir del mundanal ruido donde
se inicia el nacimiento de los monasterios.
El espíritu religioso afectaba a la vida en
comunidad, es decir, a la organización del día, del tiempo dedicado a la oración y al
trabajo, o de aspectos tan básicos como el dormir o el comer. Todo quedaba perfectamente
estipulado gracias a unas normas o estatutos preestablecidos, que configuran lo que
denominamos «las reglas monásticas».
Hubo, lógicamente, diversas reglas, aunque la
dada por San Benito de Nursia en el primer cuarto del siglo VI, conocida
como la Regula Sancti Benedicti, fue la que
más éxito alcanzó; su interpretación y desarrollo dio lugar a los movimientos
monásticos más importantes, tales como los formados por los cluniacenses y los cistercienses entre los siglos X y XIII
principalmente. También fueron muy relevantes otros movimientos monásticos que seguían
otras reglas como los de los cartujos, los premonstratenses, las
órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos), los jerónimos,
etc.
Esa vida en comunidad produjo, como era de
esperar, el nacimiento de edificios o monasterios perfectamente articulados, que, con el
tiempo, llegaron a un alto grado de complejidad y monumentalización. Así se evidencia en
el plano del monasterio suizo de San Gallen, del siglo IX.
El claustro se convierte en el corazón del
monasterio; toda la vida de la comunidad se articula y se organiza a su alrededor, ya que
entorno a él se ubican la iglesia, la sala capitular, el refectorio, la cocina, la cilla
o almacén de víveres, el dormitorio, la biblioteca, etc. Con el paso de los años,
algunos monasterios llegaron, incluso, a disponer de varios claustro, cada uno de ellos
con una función específica. Así, nacen el claustro reglar (siempre el más
importante), el de la hospedería, el de la enfermería o el de la portería,
etc.
Pero los claustros no sólo fueron las piezas
fundamentales de los monasterios: en el entorno de los claustros de las catedrales y
colegiatas organizaban su vida los canónigos, que seguían también unos estatutos o una
regla, generalmente la de San Agustín.
Las vicisitudes históricas vividas en España
han permitido que se conserven un gran número de claustros de épocas muy diversas y de
cualidades muy diferentes; todos ellos constituyen, sin duda alguna, uno de los conjuntos
artísticos más importantes del mundo.
Muchos de los monasterios, colegiatas y
catedrales españolas mantienen, aún hoy, junto a la iglesia y otras dependencias, sus
claustros en pie. Algunos despliegan grandes ciclos de escultura en sus arcadas; otros,
destacan por su austeridad o por su arquitectura; otros deslumbran por los elementos
decorativos desplegados en sus techumbres, tumbas o grandes puertas monumentales que aún
conservan en sus galerías, etc.
La especial historia cultural de la península
Ibérica ha permitido que muchos patios de palacios se hayan conservado como claustros
monásticos, tras ser estos edificios donados por sus dueños a comunidades religiosas
para que fundaran en ellos un convento o un monasterio. Patios de mezquitas, incluso,
pasaron a desempeñar una función claustral al reconvertirse al culto cristiano.
El claustro más antiguo que conservamos y
que podrá admirarse en la presente exposicion es el de la catedral de Córdoba, o
lo que es lo mismo, el de la mezquita más importante del califato omeya de Occidente,
cuyas piedras superan ya los mil años de historia.
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