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El brillante comienzo de la carrera que llevó a Juan José Arreola a obtener el título de «autodidacta cum laudem» se inició al aprender a caminar incluso correr al verse perseguido por un borrego negro2. A leer aprendió de oídas y el instinto se ocupó de ponerlo a escribir tanta página entrañable. Ayudado por una memoria portentosa, acumuló datos, nombres, textos y dibujos que con el tiempo adquirieron un sentido completo al ordenarlos con un criterio algo menos disperso, mientras trabajaba como corrector en el Fondo de Cultura Económica.
Igual que rechazó la oportunidad de viajar junto a Neruda como secretario particular4, cercó a Louis Jouvet hasta interesarle en su vocación teatral o influyó decisivamente en la edición de la obra de Rulfo tal cual la había configurado originariamente su amigo Juan. Evidentemente, practicaba el antiguo arte de saber estar en el lugar propicio y actuar como si tal cosa. Así lo hizo por ejemplo aunque fuera por pasiva participando en el argumento original del cuento más famoso de Augusto Monterroso5. El amor por la literatura siempre fue complementario por el que sentía en su relación con las mujeres, pasiones que le producían a su vez un hondo temor y ciertas posturas extremas y fama de intransigente o misógino. «... de alguna manera, mi acercamiento a la mujer, y mi acercamiento a la creación literaria, están envueltos en el mismo temor. El acto de la creación, cuando ésta es auténtica, resulta devorador. Yo temo y amo el amor y la literatura, los temo a los dos.»6 En ninguna de las dos batallas consiguió una victoria fácil. La salud, la economía o la mera dispersión de voluntades o afectos jugaron casi siempre en contra. El gusto por aprender se tuvo que alternar con la búsqueda del sustento y el futuro maestro de las letras pasó por decenas de escuelas de labor que con el tiempo le proporcionarían valiosos créditos: vendedor de sandalias, empleado, cobrador, dependiente, pastor, peón, comediante o panadero. Transiciones que Arreola literaturizó con enorme acierto. Antes, el cine, la música y los libros fueron regando una formación dispersa donde los objetivos y los géneros bailaban en sus intenciones. Escuchó la designación de las letras para ejercer de uno de sus representantes, pero antes intentó ser actor con todas las consecuencias; dejó lo que tenía y se marchó a la capital de México, se inscribió en la escuela de teatro del Instituto Nacional de las Bellas Artes y se hizo para siempre, comediante. A sus futuras actuaciones añadió por esa época de finales de los años 30 algunos textos dramáticos.7
El otro objetivo necesario para solventar la crisis fue encontrar un trabajo lo suficientemente estable para recuperar y casarse con Sara, la novia de la que había estado separado de marzo a noviembre del 1943. Tenía en contra, según el consejo de familia de la pretendida, el hecho de ser actor y escritor pero consiguió casarse con ella en 1944, en medio de una época que él mismo consideró gloriosa. La fuerza del teatro y ciertas casualidades lo pusieron en París para intentar de nuevo curar aquel arrebato por interpretar. Una de sus enfermedades lo devolvió antes de tiempo a su vieja cuna de Jalisco donde consiguió recuperar la dispersidad de siempre aunque ahora más centrada en el mundo de los libros. Sus trabajos editoriales en el Colegio de México y en el Fondo de Cultura Económica se completaban con la fundación de la editorial Los presentes y la adjudicación de dos becas10 para la preparación de los libros que le abrirían el camino del reconocimiento literario: Varía invención y Confabulario, los cuales iría publicando mientras continuaba su búsqueda del soneto imposible y sin olvidar el sueño sin remedio del teatro, para el que publicó en 1954 su texto dramático, La hora de todos11 . Sin parada, otros proyectos ocuparon sus esfuerzos, había llegado el momento de montar una nueva editorial y lo hizo en 1958 con el nombre de Cuadernos del unicornio, con un interesante elenco de publicaciones de los autores sobresalientes de la época. El mismo año aparecía la primera versión de su Bestiario12 y poco más tarde se dedicarían al rescate y posterior dirección de La casa del lago. Junto a Héctor Mendoza, dirigió algunos programas teatrales de «Poesía en voz alta» y además descubrió que la enseñanza era otra manera de crear. Escritores ahora consagrados recuerdan su labor en los talleres literarios, a través de los cuales fue considerado como maestro de toda una generación de escritores, como Vicente Leñero, José de la Colina o José Emilio Pacheco.
Precisamente por salvaguardar estas premisas y por estar más atento a la dispersión que supone el arte, más que a las modas, movimientos o vertientes, sobre su imagen cayeron críticas y distanciamientos de todos los sectores: Desde afrancesado a comunista, aunque también se le criticó su falta de conciencia social y en general, no seguir ciertas directrices que marcan cierto tipo de éxito del que Arreola no quiso nunca oír hablar. En los años 70, Arreola prestó su imagen honorable excéntrica para otros a la parcela cultural de un popular programa de televisión. Se trataba de «Sábados con Saldaña», del Canal 13 mexicano, y su intervención, como otras en televisión, resultó polémica aunque a esas alturas no le preocupaba demasiado. También hizo de comentarista de fútbol o colaborador en programas de radio. La dispersión le venía de lejos y ahora la vestía de capa y bastón, adornada ya por la blancura desparramada de los cabellos y largos aires de distancia. Juan José Arreola era ya un personaje que tendría que pasar inmensas horas recibiendo premios y reconocimientos, viendo múltiples ediciones de sus obras, traducciones, participando en mil y un eventos y, sobre todo, aprendiendo a olvidar su portentosa memoria. |
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