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Juan José Arreola

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  Por Luis Miguel Madrid


«Gabriel García Márquez me llevó ante Fidel y le dijo: "Te presento a Juan José Arreola, que es el escritor que más me gusta, después de mí".»
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El brillante comienzo de la carrera que llevó a Juan José Arreola a obtener el título de «autodidacta cum laudem» se inició al aprender a caminar —incluso correr— al verse perseguido por un borrego negro2. A leer aprendió de oídas y el instinto se ocupó de ponerlo a escribir tanta página entrañable. Ayudado por una memoria portentosa, acumuló datos, nombres, textos y dibujos que con el tiempo adquirieron un sentido completo al ordenarlos con un criterio algo menos disperso, mientras trabajaba como corrector en el Fondo de Cultura Económica.

En 1937Cualquier faceta de la literatura, de la creación de formas y contenidos con las letras y todos sus colaterales fueron el fin y el fondo de los proyectos de Arreola. Libre, disperso y contradictorio en los márgenes y con ideas fijas en el centro del meollo. Por ello, su dispersión fue de fogueo y la vista rapaz lo más característico de ella. Las circunstancias se reunían a la puerta de su casa con un par de palmadas. Así tuvo por ejemplo en sus manos cuentos inéditos de García Márquez o Cortázar para publicar en Los presentes3 o la primera copia manuscrita de Pedro Páramo buscando su opinión. A cada golpe de timón se encontraba sin remedio con las personas que iban a ser los personajes de veinte años después: Octavio Paz, Carlos Fuentes, Augusto Monterroso, Rodolfo Usigli, Pablo Neruda... Tuvo Arreola la gracia de tratarlos sin atenerse a otra convención ajena a su albedrío.

Igual que rechazó la oportunidad de viajar junto a Neruda como secretario particular4, cercó a Louis Jouvet hasta interesarle en su vocación teatral o influyó decisivamente en la edición de la obra de Rulfo tal cual la había configurado originariamente su amigo Juan. Evidentemente, practicaba el antiguo arte de saber estar en el lugar propicio y actuar como si tal cosa. Así lo hizo por ejemplo —aunque fuera por pasiva— participando en el argumento original del cuento más famoso de Augusto Monterroso5.

El amor por la literatura siempre fue complementario por el que sentía en su relación con las mujeres, pasiones que le producían a su vez un hondo temor y ciertas posturas extremas y fama de intransigente o misógino.

«... de alguna manera, mi acercamiento a la mujer, y mi acercamiento a la creación literaria, están envueltos en el mismo temor. El acto de la creación, cuando ésta es auténtica, resulta devorador. Yo temo y amo el amor y la literatura, los temo a los dos.»6

En ninguna de las dos batallas consiguió una victoria fácil. La salud, la economía o la mera dispersión de voluntades o afectos jugaron casi siempre en contra. El gusto por aprender se tuvo que alternar con la búsqueda del sustento y el futuro maestro de las letras pasó por decenas de escuelas de labor que con el tiempo le proporcionarían valiosos créditos: vendedor de sandalias, empleado, cobrador, dependiente, pastor, peón, comediante o panadero. Transiciones que Arreola literaturizó con enorme acierto. Antes, el cine, la música y los libros fueron regando una formación dispersa donde los objetivos y los géneros bailaban en sus intenciones. Escuchó la designación de las letras para ejercer de uno de sus representantes, pero antes intentó ser actor con todas las consecuencias; dejó lo que tenía y se marchó a la capital de México, se inscribió en la escuela de teatro del Instituto Nacional de las Bellas Artes y se hizo para siempre, comediante. A sus futuras actuaciones añadió por esa época de finales de los años 30 algunos textos dramáticos.7

Foto de Ricardo SalazarEl fracaso de la gira teatral que realizó por el interior del país le hizo abandonar, aparentemente, su vocación y regresar al entorno familiar, dedicándose a buscar novia y vender «tepache» en Manzanillo mientras volvía a Zapotlán, conseguía un puesto de maestro de secundaria y comenzaba el oficio de escritor8. Se trasladó después a Guadalajara para que ocurrieran nuevas experiencias ajenas al desánimo con el que llegó del Distrito Federal. Con Arturo Rivas Sainz editó la revista Eos9, donde publicó su primer cuento importante: «Hizo el bien mientras vivió». También conoció por entonces a Juan Rulfo y Antonio Alatorre con quienes fundaría en 1944 la revista Pan.

El otro objetivo necesario para solventar la crisis fue encontrar un trabajo lo suficientemente estable para recuperar y casarse con Sara, la novia de la que había estado separado de marzo a noviembre del 1943. Tenía en contra, según el consejo de familia de la pretendida, el hecho de ser actor y escritor pero consiguió casarse con ella en 1944, en medio de una época que él mismo consideró gloriosa. La fuerza del teatro y ciertas casualidades lo pusieron en París para intentar de nuevo curar aquel arrebato por interpretar. Una de sus enfermedades lo devolvió antes de tiempo a su vieja cuna de Jalisco donde consiguió recuperar la dispersidad de siempre aunque ahora más centrada en el mundo de los libros. Sus trabajos editoriales en el Colegio de México y en el Fondo de Cultura Económica se completaban con la fundación de la editorial Los presentes y la adjudicación de dos becas10 para la preparación de los libros que le abrirían el camino del reconocimiento literario: Varía invención y Confabulario, los cuales iría publicando mientras continuaba su búsqueda del soneto imposible y sin olvidar el sueño sin remedio del teatro, para el que publicó en 1954 su texto dramático, La hora de todos11 .

Sin parada, otros proyectos ocuparon sus esfuerzos, había llegado el momento de montar una nueva editorial y lo hizo en 1958 con el nombre de Cuadernos del unicornio, con un interesante elenco de publicaciones de los autores sobresalientes de la época. El mismo año aparecía la primera versión de su Bestiario12 y poco más tarde se dedicarían al rescate y posterior dirección de La casa del lago. Junto a Héctor Mendoza, dirigió algunos programas teatrales de «Poesía en voz alta» y además descubrió que la enseñanza era otra manera de crear. Escritores ahora consagrados recuerdan su labor en los talleres literarios, a través de los cuales fue considerado como maestro de toda una generación de escritores, como Vicente Leñero, José de la Colina o José Emilio Pacheco.

Con J. García Ponce, V. Leñero y E. LizaldeJuan José Arreola no dejó escapar la ocasión de estar en Cuba, conocer a Fidel Castro, escritores, políticos y una situación única para anotar en su agenda de la dispersión. Volvió con fuerza para continuar con los talleres, con Los presentes, con la revista Mester y con sus dolencias. Lo tuvieron que operar de una grave enfermedad de estómago. Ordenando papeles tras la operación, Arreola encontró la base de lo que sería su única novela13 en unas notas biográficas de principios de los cincuenta donde el protagonista principal era su padre y el pueblo de Zapotlán girando alrededor. Cuando se vio recuperado volvió a sus actividades en el Centro Mexicano de Escritores14 y en la Escuela de Teatro del INBA. Arreola siguió cumpliendo un particular empeño de divulgación de la cultura a través de cualquier medio, desde las charlas en los talleres literarios, participando en revistas... Mester, Los Cuadernos del Unicornio o la célebre edición de Lecturas en voz alta, donde seleccionaba textos que publicaba la editorial Porrúa. Su colaboración al universo literario continuó siendo intensa, conferencias, clases, prólogos, ensayos o compilaciones lo seguían teniendo dispersamente ocupado aunque su producción literaria se fue reduciendo deliberadamente. El reparo que siempre demostró por el cuidado de los textos o el sentimiento de contaminación al convertirlos en producto comercial hizo que Arreola nos dejara una obra intensa aunque relativamente escasa. La marginalidad de su obra es consentida con tanto agrado como la fama de perfeccionista, por ello decidió no añadir más cantidad sin la firmeza de la originalidad.

Precisamente por salvaguardar estas premisas y por estar más atento a la dispersión que supone el arte, más que a las modas, movimientos o vertientes, sobre su imagen cayeron críticas y distanciamientos de todos los sectores: Desde afrancesado a comunista, aunque también se le criticó su falta de conciencia social y en general, no seguir ciertas directrices que marcan cierto tipo de éxito del que Arreola no quiso nunca oír hablar.

En los años 70, Arreola prestó su imagen honorable —excéntrica para otros— a la parcela cultural de un popular programa de televisión. Se trataba de «Sábados con Saldaña», del Canal 13 mexicano, y su intervención, como otras en televisión, resultó polémica aunque a esas alturas no le preocupaba demasiado. También hizo de comentarista de fútbol o colaborador en programas de radio. La dispersión le venía de lejos y ahora la vestía de capa y bastón, adornada ya por la blancura desparramada de los cabellos y largos aires de distancia. Juan José Arreola era ya un personaje que tendría que pasar inmensas horas recibiendo premios y reconocimientos, viendo múltiples ediciones de sus obras, traducciones, participando en mil y un eventos y, sobre todo, aprendiendo a olvidar su portentosa memoria.


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Notas
 
1. Orso Arreola, El último juglar. México D. F.: Ed. Diana, 1998, p. 358.

2. Memoria y Olvido, Vida de Juan José Arreola contada a Fernando del Paso, México D. F.: CNCA, Memorias mexicanas, 1994. 

3. Editorial fundada por Arreola en 1950 en la Ciudad de México con el apoyo de becarios y maestros de El Colegio de México.

4. El último juglar, op.cit., p. 160.

5. Según cuenta en sus memorias, José Durán, al que llamaban «Grande» se había quedado dormido junto a la cama de Arreola, que al despertar se lo comentó a Ernesto Mejía, que dijo: «Cuando despertó, todavía estaba Grande ahí», y escuchada la frase por Monterroso fue convertida en su conocido cuento El dinosaurio.

6. Op. cit. , p. 165.

7. La sombra de la sombra, Rojo y negro y Tierras de Dios. También comenzó a escribir su obra dramática: Tercera llamada, ¡tercera! O empezamos sin usted.

8. Publica su primer cuento,  Sueño de Navidad, en el periódico Vigía de Zapotlan, el 1 de enero de 1941.

9.  Sólo salieron cuatro números aunque en ella publicó su primer cuento importante: Hizo el bien mientras vivió, elogiado como uno de los mejores cuentos mexicanos.

10. En 1948 recibe una beca de El Colegio de México para preparar Varía invención y en 1950 otra del Instituto Rockefeller para preparar Confabulario.

11. Publicada en la colección Los presentes, México, 1954.

12. El nombre con el que apareció fue Punta de plata e incorporaba 24 ilustraciones de Héctor Xavier.

13. Se trata de La feria, editada en 1963 por Joaquín Díez Canedo en su serie El volador.

14. Junto a Juan Rulfo, Francisco Monterde y becarios de la talla de Fernando del Paso, Salvador Elizondo o Jaime Sabines.

 

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