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El vigor de la narrativa mexicana de estas últimas décadas se halla en muchos modos literarios que conviven a la vez, así lo afirma Carlos Fuentes (1928) en La nueva novela hispanoamericana, donde propone la necesidad de «contaminación» para asegurarnos una amplitud cultural y en su discurso del II Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Valladolid en octubre del 2002, en el que conecta el habla popular de la Ciudad de México, con el latín de Cicerón y el español hablado, profundizando en lo que sería un «mestizaje» lingüístico y literario.
El Grupo Contemporáneos trabaja en torno a la poesía, aunque Torres Bodet o Bernardo Ortiz de Montellano ofrecen intentos renovadores en narrativa ajenos al desaliño del realismo y a los narradores de la Revolución mexicana. No obstante, según el especialista Luis Leal, serán otros escritores coligados al grupo los que rompan definitivamente con la tradición narrativa mexicana: José Martínez Sotomayor, Efrén Hernández y Agustín Yáñez. La publicación, en 1941 de los cuentos de Efrén Hernández, será una fecha categórica, Luis Leal afirma que «el libro rompe definitivamente con la tradición narrativa mexicana. [...] El material de los cuentos de Hernández es insubstancial, lo que lo distingue de aquellos escritos por los narradores de la Revolución, que giran en torno al realismo trágico»3. Hacia 1946, el escritor Xavier Villaurrutia, ante el avance de las obras de ficción poco realistas de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, se lamenta de que se le niegue a la literatura mexicana esa posibilidad inventiva, pero es en este momento cuando aparece la genialidad de un maestro como Juan José Arreola, que comienza a editar sus primeros cuentos en las revistas Eos y Pan de Guadalajara, las mismas en las que aparecería Juan Rulfo. En palabras de Emmanuel Carballo, Arreola ya comenzaría a ser para las letras mexicanas «la alusión que se convierte en elusión, el plano vertical que se trueca oblicuo». El ingreso de Arreola en la literatura mexicana abre perspectivas en la narrativa de los años 50, ya que gracias a su trabajo editorial empiezan a despuntar nombres tan importantes como el de Elena Poniatowska, José Agustín, José Emilio Pacheco o Fernando del Paso. Por otra parte, el Fondo de Cultura Económica funda por entonces la colección Letras mexicanas e invita a Arreola para que se ocupe del número 2 en el que se publicará su libro Confabulario, que se intercala con el de otros grandes de la literatura como Alfonso Reyes o Enrique González Martínez. En 1955, Arreola forma parte de un programa universitario, Poesía en voz alta, que reúne entre otros a Octavio Paz, Héctor Mendoza, José Luis Ibáñez y Leonora Carrington, grupo que, según Carlos Monsivais, realiza un estudio exhaustivo de los clásicos españoles, «modernizándolos», utiliza elementos populares en el juego literario y el espectáculo: elementos que caracterizan la obra del grupo, pero sobre todo la de Arreola. Para examinar los prosistas más relevantes de la década de los años 50, se hace imprescindible conocer una excelente antología coordinada por Christopher Domínguez, Antología de la narrativa mexicana del siglo XX, que los reúne en su libro tercero como a los «padres fundadores de la nueva literatura», citando escritores de la talla de Octavio Paz, Juan José Arreola, Agustín Yánez, Fernando Benítez, José Revueltas y Juan Rulfo:
Efectivamente, a mitad de siglo XX ya habían fallecido Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, Mariano Azuela o el poeta Enrique González Martínez, Torres Bodet y Martín Luis Guzmán «... se perdían para la literatura en los salones y las oficinas del Estado...»5, tomando el relevo estos autores, que heredando una angustia existencial en busca de la «mexicanidad», conformarán el futuro de un panorama de madurez hasta su consolidación en esta década. Pero serán Arreola, Juan Rulfo y posteriormente Carlos Fuentes, los que creen el nuevo cuento mexicano.
La presencia de Arreola es clave no solo por su aportación creativa, sino por su labor de promoción de nuevos escritores. En 1954 funda y dirige la colección Los presentes, donde se dan a conocer tanto autores consagrados Alfonso Reyes o Artemio del Valle como noveles Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, y donde se publica poesía, narrativa, teatro y ensayo. A finales de la década de los 50, Arreola funda Cuadernos y libros del unicornio, que se apoya en figuras conocidas y promueve a un grupo de escritores jóvenes. En 1958 publicaron sus obras los escritores Beatriz Espejo, Eduardo Lizalde, Rubén Bonifaz Nuño, Elías Nandino, Sergio Pitol, entre otros y al año siguiente lo harían Manuel Mejía Valera, José Emilio Pacheco, Olivia Zúñiga y Enrique González Rojo. Como se observa, es una época de gran fuerza creativa donde los autores se apoyan y leen mutuamente en continuos talleres creativos, instituyéndose una nueva generación de escritores, todos ellos, de alguna manera, relacionados directamente con el maestro Arreola, que con la instauración de estos talleres de los primeros creados en el país se convierte en promotor literario de no pocos escritores. Entre estos talleres destaca Mester, que según palabras del propio Arreola «fue el último grupo con una voluntad literaria verdadera», de donde salen escritores que comienzan a perfilarse en la década de los años 70. Debemos destacar a José Agustín, José Carlos Becerra, Alex Ollhovich, Alejandro Aura, Leopoldo Ayala, René Avilés Fabila, Gerardo de la Torre, Elva Macías, Guillermo Fernández, entre otros. Ya en las últimas generaciones de cuentistas mexicanos no se observa claramente la influencia de estos autores pilares, pero ciertos críticos hablan de la aparición de corrientes «arreolistas» o «rulfistas», y Carlos Montemayor, René Avilés Fabila, Gerardo de la Torre o Jorge Arturo Ojeda entre otros, han sido asignados a la influencia de Arreola. |
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