| |
|
El prestigio literario de Juan José Arreola dio comienzo a la edad de 10
años, en la escuela Renacimiento de Zapotlán y continuó dos años más tarde
al sustituir a su tía en el cargo de declamador oficial. El primer impulso
literario fue poético y aunque no le terminó de cuadrar la fórmula del verso,
nunca dejó de intentarla. Los primeros poemas se perdieron en los papeles
de envolver cuando trabajaba de empleado de mostrador: «Produje unos poemas
lamentables, pero muy armoniosos»2.
Y los pastores
por la muerte de sus ovejas enojados
buscan al lobo y mueren por él destrozados...3
Su aprecio a la forma se traducía esencialmente
en décimas y sonetos, que normalmente gustaban aunque él terminó por considerarlos
sólo como posibles cuando soñaba hacerlos imposibles, como los hacía Francisco
de Quevedo y como debería ser el resultado de cualquier obra literaria.
Pasajera
fugaz de un claro día.
Como la nube que deshace el viento;
vuelta hacia mí, me pareció un momento
que la vida en tus labios sonreía.
¡Amor, amor! El corazón decía
inflamando los aires de su acento.
De tan grande y hermoso sentimiento
quedó poco después mi alma vacía.
¡Qué juego cruel de especie lisonjera
hiciste del amor, novia de juego!
Hiere la voz tu nombre si lo nombra.
Detuviste ante mí, planta viajera;
señalaste el amor... Me diste luego
en barreras de luz reino de sombra.4
Era difícil aceptar que el sueño de los
versos no estaba en su habitación. Buscó en premios, en consejos, en revistas
y volvió siempre a retomar caminos que le acercaran al poema imaginado.
Aunque no fue el viaje deseado por Arreola, los versos de aquellos viajes
se reunieron para publicar más de cincuenta años de poemas con el título
de Antiguas primicias5,
que sin haber logrado la medida ni el reconocimiento esperado tuvieron
siempre la difícil estima del autor. No obstante, la opinión más extendida
entre los lectores y estudios actuales reconocen la verdadera poesía de
Arreola en los renglones de su prosa.
Otra
gran pasión descarrilada fue el teatro. Quiso ser actor y llegó a malvender
lo que tenía para trasladarse a la capital, donde se matriculó en el Instituto
Nacional de las Bellas Artes para iniciar su carrera de la mano de importantes
maestros tan distinguidos como Fernando Wagner, Rodolfo Usigli o Xavier
Villaurrutia. Como complemento a su vocación interpretativa, dedicó también
al texto parte de su esfuerzo y entre el 39 y el 40 escribe sus primeras
farsas: La sombra de la sombra, Rojo y negro y Tierra de dios
y comenzó su obra dramática: Tercera llamada, ¡tercera! O empezamos
sin usted. Arreola trataba de hacer prácticas con el lenguaje y el
ritmo teatral y en ello se quedaron aquellas farsas. Una gira por el interior,
junto a Xavier Villaurrutia le hizo ser protagonista de las miserias de
los cómicos. El pozo negro de aquel fracaso le llenó de tristeza hasta
el punto de renunciar a su carrera de actor, volver al refugio familiar
y reorganizar su vida. Lo hizo, pero no lo suficiente como para olvidar
el teatro. Una vez ubicado en Guadalajara conoció a uno de los personajes
más importantes de la escena internacional: Louis Jouvet6,
quien lo ayudaría a conseguir una beca en París para estudiar actuación
y declamación con un lujo de maestros de la talla de Jean Louis Barrault,
Pierre Renoir o el mismo Jouvet, llegando a representar algunos papeles
de comparsa en la Comedie Française. Volvió antes de tiempo, claro,
y con las ideas más acomodadas a lo que sería el plato fuerte de su manera
de crear: «Si no hubiera dejado el teatro no hubiera escrito cuentos»,
dijo más tarde. Para alimentar el sueño sin remedio del teatro publicó
en 1954 su texto dramático, La hora de todos7,
que obtuvo premio aunque no trascendencia.
Otras pasiones completaban sus pasiones,
había sido el cine y después la tauromaquia8.
Y el ciclismo y sobre todo, el ajedrez9.
Sabía partidas de memoria y podía enumerar a cientos de jugadores de ajedrez
o de ciclistas de cualquier época. Buscaba días en las horas para satisfacer
estos amores instalados en sus recuerdos portentosos.
La variada participación en el mundo editorial
lo llenó de amigos y experiencias grandes que comenzaron cuando aún
le llamaban «Juanito» y le ofrecieron ser director de circulación en El
Occidental. El entusiasmo era el requisito principal para entrar en
el entramado editorial que por lo general, andaba bastante alejado del
éxito:
PROPÓSITO:
Hacer
una revista literaria en Guadalajara es una tarea que ofrece a sus
emprendedores más de un triste presagio.
El ejemplo de las publicaciones que nos han precedido no es ciertamente
halagador. Todas ellas, sin contar con una sola excepción, tuvieron
vida episódica y señaladamente difícil10.
Aún a sabiendas de este fatum editorial, Arreola participó activamente en la edición de Eos, Pan, Los Cuadernos
del Unicornio o Mester, revistas que en menor o mayor medida
dijeron mucho del panorama literario de México. Fundó la editorial Los
presentes, dando a luz 60 títulos en dos años y promovió con exquisito
criterio ciertas publicaciones capitales como El llano en llamas
y Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Apoyó con sus talleres, charlas
y conferencias a las generaciones que iban llegando, tratando con su distancia
de hacer hueco en esa lejanía que algunos llamaron pretenciosa y que para
él era sólo un hecho consecuente:
«¿Para qué
escribir algo inferior a lo que se escribió la semana pasada, el año
pasado?»11.
Añadir ciertas actividades variopintas,
como el ser comentarista de fútbol o la participación en programas de
televisión o radio no fue más que una forma de ponerse al día con los
recursos estilísticos más modernos con los que adornar una vida con la
obra escrita ya acabada. Ni sus memorias quiso redactar. Contó sus recuerdos
a Fernando del Paso y a su hijo Orso para que las escribieran. Se sabía
maestro y dedicarse a la obra de otros también fue su vocación:
«Si una cualidad
tengo yo y la conozco muy bien, es la de saber orientar y ayudar al
escritor que tiene dudas sobre su trabajo, me he dado, entregado totalmente
a esa tarea durante muchos años de mi vida, porque de manera natural
se me dio el don de ser maestro...»12.
|
|
|
|
Notas |
|
| |
1.
En este artículo trataremos someramente de algunas
de las pasiones de J. J. Arreola ajenas a su condición de prosista, autor de
cuentos o novela, temas de los que versarán otros artículos del monográfico.

2.
Memoria y olvido, Vida de Juan José Arreola (1920-1947) contada por
Fernando del Paso, México D.F.: C.N.C.A., 1994,
pág. 74

3.
Son los primeros versos que escribió Arreola y los únicos conservados
de un ciclo sobre las cuatro estaciones.
4.
Se trata de uno de los primeros sonetos de J.J. Arreola, dedicado a
Cora, su primer gran amor.

5.
Antiguas primicias, con un proemio de Artemio González García y
presentación del autor. Guadalajara, Secretaría de Cultura de Jalisco, 1996
(Hojas Literarias, Serie Poesía, 16). En sus breves páginas, el libro abarca
51 años de escritura versual, de 1935 a 1986.

6.
Actor y director francés de excelente caracterización y renovador de
la escena. Magnífico intérprete de Molière. Director del teatro de la
Comedie Française.

7.
Publicada en la colección Los presentes, México, 1954.

8.
Abandonó la pasión taurina con la muerte de Manolete, en 1947.

9.
Llegó a ser nombrado presidente de la Federación Mexicana de Ajedrez.

10.
Texto de presentación aparecido en la revista Pan, publicado
en primer número, el 1 de junio de 1945.
11.
Orso Arreola, El último juglar.
México, D.F.: Ed. Diana, 1998, p. 216

12.
El último juglar, Op.cit., p. 294.
 |
|
|