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Juan José Arreola

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  Por Luis Miguel Madrid

   
Quien pretenda entrar en La feria1 siguiendo el curso que marcaba la estructura tradicional se encontrará perdido bajo el púlpito de una iglesia parecida a la de Zapotlán el Grande o en medio de una disquisición tremenda en una calle sin salida que la salve. En 1963 las novelas en México se seguían haciendo como siempre: presentando, enredando y resolviendo, sin llegar a superar lo que Fuentes llamó «pintoresquismo»2 o el historicismo predominante en Rómulo Gallegos o Fernando Alegría. Pero había excepciones, desde unos años antes la modernidad estaba apareciendo con Al filo del agua, de Agustín Yáñez o Pedro Páramo, de Juan Rulfo.

Arreola revuelve con ingenio e inteligencia los cánones de la escritura y presenta una novela no apta para el lector acomodado. El aislamiento o imprecisión de hechos y situaciones sin orden aparente, proporcionaba una incomodidad no acostumbrada y la falta de composición se antojaba como documento caprichoso o puzzle de difícil explicación. No obstante, La feria mantiene en cierta manera los argumentos de la novela indigenista aportando una técnica original y diferentes fórmulas de distanciamiento de la realidad y acercamiento al lector. El narrador ahora ocupará un mínimo lugar. La voz que se lee es la del pueblo, en solitario o coro de voces, como sucedía en las tragedias griegas. El contrapunto narrativo se va superponiendo a modo de variaciones hasta configurar un todo.

Foto de Juan José Arreola por Ricardo SalazarAunque en realidad los viejos asuntos, los retratos de la miseria, de las clases y privilegios sociales, las reivindicaciones, la justicia o la universalidad están presentes, es difícil encontrar en la novela de Arreola una identificación armoniosa. Como comentábamos, con la disgregación de los focos se debilita el objetivo, o se vuelve menos recurrente y más conciso y la enseñanza moral pasa del modelo general al sistema de fábula moderna revestida de elementos folclóricos o tradicionales. Son precisamente estos elementos los que engarzan La feria con su tiempo, demostrando a veces un alarde costumbrista que no parece corresponderse con la estructura, aunque sólo aparentemente. La dureza de la sociedad rural se dibuja del modo más realista posible, documentadamente. La manera cambia, entre otras cosas para que se produzca una aportación creativa y no un simple epígono dentro de un género ya saturado. Podríamos añadir la eficacia al valorar la concreción y sobre todo, la aportación estética de la poesía disfrazada con el traje de la prosa. Arreola no pudo renunciar nunca a su primera inclinación al incorporarse al veneno de las letras. La poesía está siempre presente sin importar el apodo que la nombre.

La diferencia se apoya también, y de manera fundamental en el humor, que se manifiesta casi siempre por medio de la ironía, el sarcasmo incluso o el mero chiste, enmarcado en adivinanzas, acertijos o sutiles paralelismos, dobles sentidos, comparaciones o paradojas.

«Como no podíamos quedar conformes, luego nos pusimos a reclamar, y para qué es más que la verdad, nos dieron la razón, pero no la tierra.»3.

La temática humorística es tan variada como los recursos utilizados, aunque sobresalen como contrapunto a la seriedad de otros asuntos, los regodeos y picardías de carácter sexual, alternando ingenuidad y descaro, el tono coloquial, la oralidad y la variedad de registros que usa Arreola para reproducir el lenguaje de los paisanos, imprimen en el discurso un aire de naturalidad que el escritor rompe continuadamente con pasajes o referencias de intelectualidad ajena al entorno rural reflejado. La literatura y la propia biografía se cuelan con aparente indecisión pero logran desbaratar cualquier clímax esperado, haciendo de lo habitual un imposible.

 

Notas
 
 


1. La feria, México D.F.: Editorial Joaquín Mortiz, 1963 (1981).

2. Mario Benedetti, «Carlos Fuentes», en Homenaje a Carlos Fuentes, ed. Giacoman York, 1971, p. 95.

3. La feria, op. cit., p. 25.

 

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