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Quien pretenda entrar en La feria1 siguiendo el curso que marcaba la estructura tradicional se encontrará perdido bajo el púlpito de una iglesia parecida a la de Zapotlán el Grande o en medio de una disquisición tremenda en una calle sin salida que la salve. En 1963 las novelas en México se seguían haciendo como siempre: presentando, enredando y resolviendo, sin llegar a superar lo que Fuentes llamó «pintoresquismo»2 o el historicismo predominante en Rómulo Gallegos o Fernando Alegría. Pero había excepciones, desde unos años antes la modernidad estaba apareciendo con Al filo del agua, de Agustín Yáñez o Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Arreola revuelve con ingenio e inteligencia los cánones de la escritura y presenta una novela no apta para el lector acomodado. El aislamiento o imprecisión de hechos y situaciones sin orden aparente, proporcionaba una incomodidad no acostumbrada y la falta de composición se antojaba como documento caprichoso o puzzle de difícil explicación. No obstante, La feria mantiene en cierta manera los argumentos de la novela indigenista aportando una técnica original y diferentes fórmulas de distanciamiento de la realidad y acercamiento al lector. El narrador ahora ocupará un mínimo lugar. La voz que se lee es la del pueblo, en solitario o coro de voces, como sucedía en las tragedias griegas. El contrapunto narrativo se va superponiendo a modo de variaciones hasta configurar un todo.
La diferencia se apoya también, y de manera fundamental en el humor, que se manifiesta casi siempre por medio de la ironía, el sarcasmo incluso o el mero chiste, enmarcado en adivinanzas, acertijos o sutiles paralelismos, dobles sentidos, comparaciones o paradojas.
La temática humorística es tan variada como los recursos utilizados, aunque sobresalen como contrapunto a la seriedad de otros asuntos, los regodeos y picardías de carácter sexual, alternando ingenuidad y descaro, el tono coloquial, la oralidad y la variedad de registros que usa Arreola para reproducir el lenguaje de los paisanos, imprimen en el discurso un aire de naturalidad que el escritor rompe continuadamente con pasajes o referencias de intelectualidad ajena al entorno rural reflejado. La literatura y la propia biografía se cuelan con aparente indecisión pero logran desbaratar cualquier clímax esperado, haciendo de lo habitual un imposible. |
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