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Del lenguaje popular, sabia y acertadamente empleado, engranaje de la única novela de Arreola, La feria, es un buen ejemplo el cuento «El corrido» (Confabulario): el brillante y riquísimo español de México queda perfectamente reflejado en los diminutivos y en expresiones y dichos característicos como «y ni un ai te va, ni un ai te viene, dizque, los dos se dieron en la madre, que nomás a uno le queda tantito resuello o se lo había llevado la tiznada». La lengua de Arreola se caracteriza por la sobriedad, la falta de aparatosidad, la sutileza de la palabra y la expresión y por un ritmo que fluye por debajo, que nos atrapa mientras vamos leyendo, que es «música callada», usando el famoso oxímoron de San Juan de la Cruz. A Arreola hay que leerlo en voz alta: y, entonces, en esos breves cuentos suyos, en esas composiciones de pocas líneas que parecen ligeros y simples apuntes pero que están perfectamente cuajadas, se pone a vivir la lengua, a bailar ante nuestros ojos y a cantarles a nuestros asombrados oídos. Una lengua seleccionada con amor, con mimo, con paciencia («pasión artesanal por el lenguaje» como él mismo reconocía), para, trascendiendo lo individual, los nombres propios, lo anecdótico, lo concreto, hacer abstracción, construir un universo abstracto, en el que se establecen situaciones y relaciones de pura geometría entre los elementos o los personajes, que, más que hombres, definidos y distinguidos por rasgos físicos y de carácter, son síntesis esquemáticas de ideas. Los hombres, los animales, los escenarios, las situaciones de los cuentos de Arreola son símbolos. Y todos ellos están ahí para tratar, para hurgar, para descubrir el universo humano, todo lo que desde siempre ha acompañado al hombre y que le sigue doliendo y dando vida: el miedo, el amor, la soledad, el compromiso, la lealtad, la fe... Por eso en los cuentos de Arreola se encuentran pocas descripciones detallistas o naturalistas, pocos adjetivos del campo semántico de los sentidos, y sí muchos sustantivos abstractos y un gran uso de los tropos de dicción y de pensamiento, en especial la metáfora, la metonimia y la alegoría. Con un rápido trazo de líneas invisibles le bastan unas pocas palabras clave sitúa y nos sitúa. Y todo lo dice parca y lacónicamente, rápido y conciso, preciso, atinado. Ejemplo de construcción de dos conjuntos en paralelo, el de hombre y el de toro, cuyos elementos o rasgos característicos van mutuamente pasando de uno a otro, atribuyéndose los del conjunto hombre al conjunto toro, y viceversa, confundiéndose y reuniéndose en la figura de don Fulgencio, es «Pueblerina» (Confabulario). Como en La metamorfosis de Kafka, don Fulgencio se despierta una mañana constatando el cambio producido en él: «Al volver la cabeza sobre el lado derecho [...], don Fulgencio tuvo que hacer un gran esfuerzo y empitonó la almohada. Abrió los ojos. Lo que hasta entonces fue una blanda sospecha, se volvió certeza puntiaguda». Adjetivos de significado concreto se unen a sustantivos abstractos (o al revés), juegos de palabras con brillantes símiles y metáforas, con conseguidas y novedosas metonimias, hacen resaltar la ironía y el humor negro. Valga como ejemplo el siguiente pasaje:
La conversión de don Fulgencio en toro va poco a poco afianzándose, haciéndose imparable. Y crece y crece la broma, y la risa se vuelve carcajada cruel y sin freno, y nada más cruel, falto de compasión, ciego y brutal que la masa humana, que se convierte, para don Fulgencio, ya por completo toro bravo, en «un coso gigantesco; algo así como un valle de Josafat lleno de prójimos con trajes de luces», que, finalmente, «acompañó a don Fulgencio en el arrastre». En el uso ya señalado que Arreola hace de la lengua, uno de los ejemplos más representativos es «La migala» (Confabulario). La araña se convierte en símbolo del terror y, a la vez, de la compañía; la araña es «el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres». Sobre ella no se hacen descripciones físicas; la migala es una «presencia invisible» y queda definida por sus acciones y caracterizada como un ser humano:
Pero nada mejor ni más elocuente para definir la lengua de Arreola que su composición «La lengua de Cervantes» (de la serie Cantos de mal dolor, de Bestiario). Un ritmo envolvente (distinto, claro está, por ser prosa, del de versos y metros, pero sin duda de no menos difícil arte), una lengua sabia subyugan al lector, deleitan al oyente, que se mece en el oleaje de la lengua de Arreola, que es la lengua de Cervantes. Ruego que lean esta breve prosa en voz alta: notarán como vive y emerge la lengua subterránea:
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