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Juan José Arreola

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  Por Alfredo Cerda Muños


Fue en el año de 1992 cuando establecí una buena amistad con el maestro Juan José Arreola, una amistad que duró diez años.
Juan José Arreola, ilustración de Héctor Xavier

Cuando el Consejo General Universitario de la Universidad de Guadalajara aprobó la creación de la Maestría en Enseñanza de la Lengua y la Literatura, se incluía una asignatura que considerábamos fundamental para la formación de los futuros enseñantes de la lengua y la literatura en el bachillerato; era Talleres Literarios I. Al no tener de momento maestro para impartir el curso, me di a la tarea, como coordinador, de localizar a la persona idónea. Pensé inmediatamente en el maestro Arreola. En un principio me fue difícil hablar con él, ya que era el Director de la Biblioteca Pública del Estado y tenía, aparte de charlas, conferencias y programas de televisión, mucho trabajo. No niego que tuve cierto temor, porque lo que yo le iba a ofrecer no era gran cosa: ser profesor de una materia por la que no se le iba a pagar.

Una mañana del mes de junio de ese año logré entrevistarme con el maestro, le expliqué las razones que me tenían frente a él, y grande fue mi sorpresa cuando me dijo (trato de rememorar lo más literalmente posible): «Qué bueno que haya una maestría como la que tú coordinas; hace falta preparar a los profesores de literatura de esta Universidad, con mucho gusto te apoyo; yo soy universitario y por este hecho me siento pagado por la Universidad de Guadalajara».

Seguimos charlando de literatura, de poesía y de los problemas de la enseñanza. Le dije que en la asignatura no había un programa definido, que él podía hacer lo que quisiera en el curso. Le gustó la idea y, a partir de septiembre de 1992, el maestro Arreola fue profesor de 26 estudiantes que a la vez eran profesores de bachillerato. Sobre las clases de Arreola un ex alumno, Juan Manuel Sánchez, señala:

«Las sesiones comenzaban a las seis y el maestro llegaba puntual, casi nunca faltó. Lo esperábamos en el aula mientras él se despedía de un séquito de seguidores que siempre lo acompañaban hasta el umbral del recinto. También se hacía acompañar durante toda la clase de su chófer o alguna de sus nietas. Este acompañante presenciaba el desarrollo de la sesión en completo silencio. El maestro, siempre sonriente y vital, empezaba a hablar de algún escritor y su memoria se manifestaba en la forma en que intercalaba partes de la obra de dicho escritor.».

Cuidaba su dicción, evitaba las cacofonías y, cuando se le deslizaba alguna, hacía un chiste al respecto. También se acompañaba de dos botellitas de vino, una de rojo y la otra de blanco; se servía en un vaso y en una ocasión se manchó la camisa con algunas gotas de rojo; entonces nos dijo: «Ahora vamos a aprender algo diferente: ¿saben con qué se quitan las manchas de vino rojo?, ¿no? Pues con vino blanco»; y se apresuró a servirse un vaso del vino «desmanchador».

El tema de sus clases era la literatura íntegra, completa, toda. Nunca siguió sistemáticamente a un autor determinado, bastaba que alguien dijera un verso o mencionara un nombre para que el maestro recitara todo un poema o emitiera juicios sobre la obra del autor mencionado. En esos memorables días nos habló de Rubén Darío, de Miguel Hernández y, por supuesto, de López Velarde, en especial, de sus poemas de amor.

Noté que, aunque mis compañeros no eran particularmente sensibles a la poesía, en cuanto el maestro recitaba poemas de algún autor, aparecían en la clase siguiente con un libro del poeta citado.

Todos los miércoles de seis a ocho de la tarde impartía sus clases. Yo tenía la supuesta obligación de llamarlo por teléfono por la mañana, después de la once, para recordarle que ese día tenía que ir a la clase de la Maestría.

A partir de esa fecha nos veíamos frecuentemente, algunas veces en la biblioteca, y la mayoría, en su casa. Eran momentos que hoy recuerdo con nostalgia. Hablábamos de poesía, sobre todo de Rubén Darío; me recitaba de memoria versos y me explicaba el ritmo y la musicalidad. Pero lo más fascinante fue cuando hablamos de teatro por primera vez; me quedé sorprendido de la emoción que brilló en sus ojos al explicarme lo que era un buen actor; volví a ver al Juan José Arreola juvenil, lleno de energía, aquel que descubrí en la televisión en el programa La palabra canta, en los años setenta.

El maestro Arreola sólo impartió dos cursos —no tuvo tiempo para la enseñanza escolar—, pero el día que lo invité para participar en la modificación del plan de estudios asistió a la reunión. No modificamos el plan de estudios pero hablamos con él más de tres horas, en las que nos dio, a los profesores, lecciones de literatura universal.

Siempre tendrá un lugar en mi vida y en mi desarrollo profesional.
Muchas gracias, maestro Arreola.

 

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