| LOS
LANZALLAMAS
Por Luis Miguel Madrid
En la continuación de Los siete
locos (1931), Roberto Arlt intensifica la crítica contra la realidad social de la
Argentina e Hispanoamérica de los años veinte, desde la colonización económica a la
opresión del proletariado.
Todo el entramado social es un puro caos donde no existe nada que tenga algún
valor, aunque si algún lejano punto pudiera salvarse, sin duda estaría más cerca de la
condición humana que de la realidad social. Esta angustia metafísica recorre de punta a
punta, el sentido de la novela. A Erdosain le queda apenas un soplo de esperanza, algún
rincón remoto de un sueño antiguo que según pasan las páginas se va difuminando, al
ritmo con el que pierde los afectos: «[Erdosain] representa la humanidad que sufre,
soñando, con el cuerpo hundido hasta los sobacos en el barro. Trató de recibir dolor
pensando en su esposa. Fue inútil».
Como la insatisfacción es tanta, la
respuesta sólo puede ser extrema: el uso de la violencia hasta sus últimas
consecuencias, y no como simple táctica de victoria. Arlt propone el enfrentamiento total
aunque no ideológico ni solidario; en Erdosain prima la imaginación y lo personal es
esencialmente cínico.
El desprecio del mundo en los
personajes tiene una gran variedad de tintes: nihilista, expresionista, grotesco,
irónico, masoquista o egocéntrico: «A momentos se me ocurre que el sentido religioso de
la vida consistiría en adorarse infinitamente a sí mismo, respetarse como algo
sagrado». |