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Con su libro de poemas A la pintura, Rafael
Alberti nos legó un Museo y una Escuela de Bellas Artes en verso. En el poeta revive el
pintor que lleva dentro y que fue su primera vocación: «Mil novecientos diecisiete. / Mi
adolescencia: la locura / por una caja de pintura, / un lienzo en blanco, un caballete».
Ricardo Senabre ha dicho que, con esta obra, Alberti vuelve a la pintura como regresa, una
y otra vez, al mar, es decir, en busca de la adolescencia irremediablemente perdida.
Nosotros podemos añadir que si la juventud biológica ya no retornará, el poeta de El
Puerto de Santa María demuestra tanto en este libro como en los que le siguen esa fuerza
creadora y ese amor a la vida que algunos artistas logran mantener hasta la vejez. (Y
tanto se sobrevivió el poeta a sí mismo con ese envidiable impulso juvenil, que a punto
estuvo de llegar al centenario de su nacimiento).El libro está escrito en el exilio, en unos años en los que Alberti nunca deja de rendir culto a la belleza, sea su voz airada o no, sean sus versos «políticos» o «no políticos». A quienes la poesía de contenido político de Alberti les sirve de pretexto para descalificar o minusvalorar la obra del gaditano, les recomendamos muy especialmente la lectura de libros como A la pintura. En la obra se distinguen tres tipos de poemas, que alternan y se entrelazan unos con otros. Un grupo de composiciones está dedicado a pintores de dimensión universal, desde los prerrenacentistas hasta los contemporáneos: ése es el «Museo» al que antes me refería. Para estos poemas escoge diversas formas métricas, que adapta hábilmente según las características de cada pintor. Pero estas composiciones alternan con otras que toman como argumento objetos y conceptos que tienen que ver con los medios y recursos de la propia técnica pictórica, como los que dedica a la retina, a la mano, a la paleta, al pincel, al lienzo, a la perspectiva, a la composición... Para este grupo elige la fórmula métrica del soneto y siempre está precedido de una invocación: «A ti...». Y existe, además, un tercer grupo o colección, que alterna con los otros dos: el que dedica a los colores, a los que el poeta deja hablar en primera persona, y en los que utiliza el verso libre. Estos dos últimos grupos de poemas constituyen lo que al principio he definido como «Escuela de Bellas Artes». Gracias a la combinación de esas tres dimensiones, Alberti ha sabido recoger, como muy pocas veces en la historia de la literatura, la historia y la esencia de la pintura a lo largo de un libro de poemas denso, variado, arrebatador, y enriquecido con imágenes y hallazgos literarios de todo signo. Así, con otro lenguaje distinto al de las artes figurativas, el artista pinta con el verso. Ese mismo artista que años antes, en su libro más universal, Marinero en tierra, había dicho en un poema dedicado a Tagore: «¡Dejadme pintar de azul / el mar de todos los atlas!». |
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A la pintura es un canto al arte, pero un arte concebido sin barreras, en el que se funden la escritura y las artes plásticas, como reflejo de aquella revolución estética y expresiva que trajeron las primeras vanguardias del siglo XX y en la que se forjaron Alberti y otros escritores y artistas de su generación. Lo prodigioso es que, siempre a través del verso y solo gracias al verso es decir, a la palabra, y no estamos hablando de caligramas, el lector reproduce en su cerebro los cuadros de cada pintor retratado y se le llenan los ojos de líneas y colores. No en vano, la obra lleva el subtítulo, desde su edición de 1948, de Poema del color y la línea. Alberti escribe este y otros libros durante la primera época de su exilio, desde Buenos Aires. En obras como Retornos de lo vivo lejano, de 1952, rebusca en su memoria y evoca los días de su infancia y juventud, sus amores, sus lecturas. Como otro exiliado, Luis Cernuda, cuyo centenario también conmemoramos estos días, Alberti vuelve los ojos a la otra orilla del Atlántico y construye se construye paraísos a su medida. Esos paraísos que sólo quien ha saboreado o sinsaboreado la amarga hiel del exilio sabe evocar. A la pintura entra en esa reconstrucción. Fijémonos, por ejemplo, en estos versos del poema «Blanco», tan lleno de imágenes de España: «Yo vi Rafael Alberti / la luz entre los blancos populares. // Mi infancia fue un rectángulo / de cal fresca, de viva / cal con mi alegre solitaria sombra. // Blanco Cádiz de plata en el recuerdo. // Yo soy el hijo de la cal más pura».
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Tengo ahora delante de mí dos ediciones de A la pintura. Una de 1967, modesta, de bolsillo, sin ilustraciones, pero muy digna: es la de Biblioteca Clásica y Contemporánea, de la editorial Losada. La lectura de esta edición es la apropiada para recrear en nuestra percepción de lector, sin condicionamientos puesto que no hay ilustraciones toda esa sinfonía de cuadros famosos, de colores, de luces y líneas. Y es el libro idóneo para escribir anotaciones al margen. La otra edición es un libro fastuoso, una obra de arte en sí misma, todo un libro-objeto y, al mismo tiempo, un Museo y una Academia: me refiero a la edición de A la pintura que hizo la editorial Aguilar y que se imprimió en 1968. Lleva una una introducción de Vicente Aleixandre. Sigue un poema inédito de Alberti dedicado «Al poeta Pablo Picasso» y, a continuación, hay un dibujo, también inédito, de Picasso «Para el pintor Rafael Alberti». Como antes dijimos, no hay barreras: el arte es uno, el genio creador es uno, los papeles se intercambian. Y después, tras ese introito, se desarrolla la explosión de luz y color, la sinfonía, la sucesión de poemas y de reproducciones de cuadros, una verdadera antología de los museos del mundo, todo ello en un exquisito y lujoso casi me atrevería a decir lujurioso ensamblaje. En este caso la capacidad imaginativa del lector se somete a los límites del cuadro escogido cuando el poema habla de Giotto, de Zurbarán, de Velázquez, de Goya, de Van Gogh, de Gutiérrez Solana, de Picasso... y de todos los demás que aparecen en la serie de pintores. Es otra forma de lectura, quizá el poeta ha perdido ya parte de su primacía, pero el libro entero, con la palabra y con la imagen, no deja de ser una fiesta para los sentidos y todo un monumento erigido al arte. Y es también una forma virtual de recorrer las salas de un Museo. Y cuando hablamos de Museo, cuando Alberti, desde el exilio, habla de Museo, ese no es otro sino el del Prado, el Museo por antonomasia, el de su noche de guerra. En el poema «Velázquez», el más extenso de los dedicados a los pintores, el pintor y poeta Rafael Alberti recuerda desde la otra ribera del océano, con la nostalgia del trasterrado, los famosos cuadros de Velázquez con su fondo de paisajes madrileños: «Te veo en mis mañanas madrileñas, / cuando decía: Voy al Prado, voy / a la Casa de Campo, al Manzanares... / Y entraba en el Museo». |
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