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Los
centenarios, cuando de verdad se celebran, dejan un reguero de publicaciones que, apagados
los ruidos efímeros, demuestran ser lo único que valió la pena. El próximo de
Rafael Alberti viene precedido por una gavilla de publicaciones, entre las que destacan la
edición a cargo de Eladio Mateo en cuyo haber procede anotar valiosos estudios y
notables recuperaciones de la etapa teatral vanguardista del autor de la versión
libre de Historia de un soldado de C. F. Ramuz, más un par de monografías de
distinto carácter, la primera dedicada a repasar la relación de Alberti con Lorca,
mientras la segunda afronta el análisis de su teatro poético del exilio.El trabajo de Hilario Jiménez no presenta, en lo sustancial, novedades, pero tiene el mérito de describir objetivamente la relación entre ambos. Relación, como Jiménez subraya, «profesional», amistosa, sí, pero también cruzada por diferencias, unas literarias, de rivalidad no ya deseable sino hasta muy positiva, y otras políticas, porque la militancia comunista de Alberti se daba de bruces con el sentido de la independencia de Lorca, tan alejado de la torre de marfil como de cualquier enclaustramiento doctrinal. Al respecto, Jiménez subraya el contenido de las declaraciones en agosto de 1933 a un olvidado periódico de León, La Mañana: «...el poeta es siempre anarquista» y en la encrucijada de no importa qué requerimiento, el poeta siempre se afirma en tres voces: «La voz de la muerte, con todos sus presagios; la voz del amor y la voz del arte...». Dos poetas en la calle, y además en la misma calle, pero con pasos distintos. He aquí un estudio definitivo. |
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Martínez Galán incide en un aspecto de la obra del poeta de Cádiz bastante desatendido, el de su faceta teatral y, en concreto, su trilogía del exilio, integrada por El trébol florido, iniciada en Ibiza durante el verano de 1936, bajo el título de Costa sur de la muerte, pero terminada en Argentina (1940), El adefesio, escrita para Margarita Xirgu (1943, al año siguiente la publicó Losada), y La Gallarda, con elocuencia subtitulada «tragedia de vaqueros y toros bravos», que data de 1944-45 (Losada, 1950), trilogía marcada por el rasgo de un tratamiento poético del lenguaje, aunados desde la madurez los tres ejes fundamentales de la estética de un autor al tiempo popular, clásico y de vanguardia. Fiel a sus primeros designios renovadores, Alberti insistió en la superación de las estéticas precedentes, tremendamente original a partir de su experiencia en El trébol florido, coincidente desde El adefesio con las propuestas del Lorca de La casa de Bernarda Alba (obra que sólo conocería en 1945) y empapado de romances y leyendas populares en La Gallarda. No se trata de un teatro fácil de representar, mas se muestra sobrado de valores literarios y resulta lamentable que determinada concepción escénica mantenga este tipo de obras al margen de las carteleras, escenificadas, si acaso, con motivos de fastos tan despampanantes como efímeros, que así sucedió, por ejemplo, con La Gallarda gracias a la proverbial tenacidad de Olga Moliterno con motivo de la Expo de Sevilla, en sí misma puro teatro. En fin, la recuperación de Mateos Miera abunda en rasgos de interés, porque Historia de un soldado depara una magnífica muestra de la relación del teatro con la música. Escrita en Sevilla, en octubre de 1932, para un concierto de la Orquesta Bética organizado por el grupo literario de la revista Mediodía, refleja la intensidad de la batalla que debieron librar los partidarios de la renovación de los ambientes musicales españoles de aquellos años, abonando la certeza de que el movimiento del 27 tuvo un alcance global, en absoluto limitado, como a veces se sigue dando a entender, a la parcela de lo poético. Los estudiosos de Alberti encaran con decisión la gran circunstancia de su próximo centenario. |
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