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Rafael Alberti

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Por Guadalupe Grande


Alberti, el lectorEscribía Eugenio d’Ors que todo lo que no es tradición es plagio. Curioso exabrupto que contiene su parte de razón. Por otro lado, no deja tampoco de ser un lugar común considerar a Rafael Alberti como un poeta que se aproximó a la poesía desde el equilibrio entre tradición popular y vanguardia: no por parecer un lugar común es menos cierto. Pero más allá del plagio y de la tradición está el temperamento de cada artista. Y en esto Rafael Alberti era Rafael Alberti. A mí me gusta pensar en él como ese poeta que supo valorar en igual medida la raíz popular y el vuelo vanguardista; la hondura popular, y su permanente resurgimiento, y el vértigo elevado y repentino de aquella actualidad efervescente; y que lo valoró como un proceso especular, inagotable. Y me gusta pensar en ello porque la lírica española actual no debería hacer tantos distingos estériles, ni tantos compartimentos estancos, ni tanta discusión tan pasada de moda, habida cuenta de lo poco original que circula por estos lares. Y me gusta pensar en ese Rafael Alberti abierto y sin demasiado miedo a los errores: me gusta pensar en sus canciones populares y en sus largos poemas cinematográficos; en su pasión por Góngora, su gusto por la forma, su permanente vuelta al soneto y en sus ángeles surrealistas y su Buenos Aires chino y ultraísta; en su desbordante alegría y su sentido del juego y en la melancolía de la distancia; en su pasión por la felicidad y en su desazón por la injusticia.

Porque es en todo esto, en este todo junto y a la vez, en donde Rafael Alberti construyó su múltiple identidad. Proteico y lúdico, fervoroso creyente en el poder de la palabra y en la forma poética; entregado admirador y observador del hecho pictórico, nos ha legado una extensa obra que está atravesada por una suerte de Guadiana del entusiasmo y la celebración. Entre tanta discusión vana sobre lo que debe y no debe ser la poesía, Rafael Alberti apuntó en todas direcciones, recordándonos que, en estricto sentido, nadie inventa nada, pero que nada tiene sentido si no se encuentra en permanente reinvención. Tolerancia y admiración, respeto y osadía, y, por encima de todo, ese temperamento que celebró la vida, la incansable vida, y que pensó que esa celebración podía encontrar un fiel reflejo en un verso, en una sucesión permanente e incansable de versos.

 

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