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Hay un término inglés, propio más bien del mundo deportivo,
que me parece muy a propósito a la hora de elucidar el temperamento poético de Rafael
Alberti. Hes a natural, dicen, y con ello evocan la presencia de algo
indefinible, de una gracia o don misterioso para el juego que no depende de los vaivenes
de la práctica. No es el talento, pues abundan los jugadores talentosos que alcanzan la
fama y cuyas gestas se graban en el asombro de los espectadores. Es algo más sutil y
escurridizo, una suerte de afinidad suprema con el juego, una comprensión total de su
espíritu que preludia con mucho las mañas del aprendizaje y del tiempo.Siempre que pienso en Alberti o leo alguno de sus poemas se me aparece esta expresión inglesa, natural, como santo y seña de su naturaleza de creador. El autor de Marinero en tierra, de Sobre los ángeles, de Retornos de lo vivo lejano, es sin duda uno de los poetas más naturalmente dotados de nuestra literatura contemporánea: sólo García Lorca, en sus mejores momentos, es capaz de igualar su frescura, su ligereza, el paso limpio con que los versos doblan sus tendones. No hay rastro del esfuerzo que los creó, ni una gota de sudor estorba la lectura. Todo fluye como el agua crujiente de un arroyo, con alegría brincadora, con ágil inocencia. En cierto modo, Alberti no dejó nunca de ser el muchacho entusiasta y algo pleurítico de Marinero en tierra, el que más tarde, en esa hermosa declaración de principios que es Carta abierta, se presentó con su famoso «Yo nací ¡respetadme! con el cine». |
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En sus poemas no caben otros colores que los primarios, los de la escuela y la niñez, los que rigen el descubrimiento del mundo: el azul del mar, el amarillo del sol y de la luz, el verde y rojo de los bosques, de las flores, de la tierra. Esto puede sonar a exageración, pero es cierto incluso en lo que toca a su etapa surrealista y a la que, con pie en la Elegía cívica de 1930, comprende sus poemas de corte político. La principal aportación de Alberti a la vanguardia, y también a nuestra poesía social, fue la insolencia, el atrevimiento con que denigraba esto y aquello, y ya sabemos que la insolencia es en el fondo un rasgo juvenil, un síntoma, no sé si de inmadurez, pero desde luego de sana iconoclasia. Lástima que Alberti, como el muchacho que fue, se quedara siempre ahí, en el arrebato, y no profundizara en la naturaleza del fervor comunista que cultivó en detrimento del viejo orden. Libre del ácido crítico con que las obras de nuestra modernidad (de cualquier modernidad) queman la hierba bajo sus pies, la obra de Alberti, toda superficie de siluetas y colores, se nos aparece como un monumento de gracia poética, de creación en estado puro que apenas tiene igual en nuestra lengua. Es también, pese a sus ropajes vanguardistas, un candoroso anacronismo, el fruto de una mente que no desconfía de sí, que no percibe con Freud la ambigüedad ni la sospecha, que no conoce el peligro de algunas buenas intenciones ni el doble fondo de muchos buenos sentimientos. Los poemas de Alberti se mueven entre la tristeza, la ira y la alegría con la misma inconsciencia con que combinan los colores primarios. Como estrellas de pólvora, nos devuelven el asombro de la infancia, cuando, «globo libre, el primer balón flotaba / sobre el grito espiral de los vapores». |
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