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Rafael Alberti

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Cuando estamos ante la materia picassiana, el diccionario de Alberti recoge tantas voces que cuesta desentrañar los misterios de la relación entre ambos, basada en el encuentro personal reiterado y también utilizada como tema literario. Inclinándose a enfocar el fenómeno desde esta faceta fecundadora, señala Luis García Montero que «Picasso es la figura con la que el poeta gaditano se identifica más en su desbordamiento vitalista y en su vértigo literario. A él le dedica muchas páginas de prosa y un libro de poemas, Los ocho nombres de Picasso (1970), en el que se resume la ambición artística por transformar el mundo, deseo que significa al mismo tiempo la perpetua transformación del arte». (Rafael Alberti, Antología poética, Madrid, Espasa-Calpe, 1992, p. 26).

En cierto contraste con el virtuosismo, el ingenio y la frescura de Los ocho nombres de Picasso, Alberti insinúa en Lo que canté y dije de Picasso razones para entender la frondosa y complicada personalidad del pintor. «Picasso no es difícil ni fácil —declara—. Picasso vive acosado por miles de llamadas telefónicas del mundo entero; por centenares de gentes que llegan a las puertas de Notre-Dame de Vie, su casa en la colina de Mougins, ansiosas de verlo, de oír una palabra suya; inteligentes y estúpidos de todas partes, colgados de máquinas fotográficas, el ojo alerta para apresar al “monstruo” más original del gran zoológico del siglo XX». (Lo que canté y dije de Picasso, Barcelona, Bruguera, 1981, p. 160). Quizá por eso todo el libro es una declaración amistosa, y también el corolario de una intensa admiración artística y personal. El primer plano, el detalle, sustituyen aquí a ese enfoque borroso, remoto y seguramente distorsionado a través de la fama.

Razones para el homenaje no faltan. Alberti le debe a Picasso más de un favor. Por ejemplo, durante el exilio del poeta en París, la amistad del pintor malagueño con un funcionario del Ministerio de Comunicaciones propició que Rafael y María Teresa León trabajaran en los estudios de Radio Paris-Mondial. A partir de ahí, menudean los reencuentros. Por ejemplo, en 1961, cuando Picasso cumplió ochenta años, y en 1968, cuando la reunión quedó explicada, sin perder su tonalidad inicial, en estas páginas que incitan a explorar nuevos afectos.

He aquí por qué la pasión del escritor por el genial artista no asume las fronteras rígidas de la Academia. Alberti no es un crítico ni un profesor. Él mismo es un creador gráfico, un esteta y un relator de primerísimo nivel, carente del sentido restrictivo de las emociones que atañe a otros analistas de don Pablo. Y esa dinámica no se contiene: «Los ojos de Picasso seguirán aquí, tan insufribles y extraños como siempre. Ellos alcanzaron a ver el desembarco del hombre en la luna. Pero su aventura fue más grande entre nosotros en la tierra, pues fue tan sólo conducida por una sola mano, mucho más arriesgada, mucho más viva, siendo muy odiada y combatida desde los primeros momentos de su aparición, pensándose que lo que traía era un túnel sin salida posible, cuando en verdad lo que estaban abriendo aquí en este planeta, haciéndolo ascender de su costra, era otro mundo, un mundo de luz que nadie había explorado, una nueva visión que la propia tierra no había descubierto». (La arboleda perdida. Libros III y IV de memorias, Barcelona, Seix Barral, 1987, p. 196).

 

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