El ser en su devenir puebla las páginas de este ciclo cuyo largo aliento no contradice la longevidad de su autor. Acoplados por la afinidad de su enfoque, los volúmenes de La arboleda perdida contribuyen a esbozar los perfiles de un siglo XX fragmentario, asombroso y trágico. Las lecciones de Alberti sobre ese trayecto adquieren no pocas veces la dignidad del testigo, familiarizado en su trato con los grandes protagonistas del drama: desde los políticos hasta los intelectuales, pasando por el gentío anónimo que fue agitando los grandes movimientos sociales de la época. Al tiempo, aquí agrupa, a fuerza de intimidad y confesión un género regido por leyes propias, como nos recuerda María Zambrano, los materiales de una biografía obligada, acaso por la fuerza de la historia, a cambiar de paisaje cada cierto tiempo. Como esa arboleda perdida que antecedía a la playa de su niñez, estas páginas acogen una concepción poética de la existencia. Encierra también su importancia el proceso de la escritura. Dejó dicho su autor que el primer tomo de la serie, dividido en dos libros, fue terminado en Buenos Aires, durante el mes de julio de 1959. En esa primera revisión, consignaba sus memorias hasta 1931, fecha bien significativa para él, pues señala el comienzo de la Segunda República. Años después, cuando retoma esas cuartillas para darles continuación, su situación personal ha cambiado tanto como la circunstancia política y social de España. Mucho ha variado el contexto desde 1959. «Desde entonces a hoy escribe, en que me propongo continuarlas, han pasado veinticinco años. Y me encuentro viviendo en España, digo en Madrid, desde 1977, después de mi regreso de la República Argentina y de Italia, es decir, de un destierro que duró casi treinta y nueve años». (La arboleda perdida. Libros III y IV de memorias, Barcelona, Seix Barral, 1987, p.7). ¿Cabe hallar una sugestión más fecunda para un memorialista? En cuanto a la forma y el método, conviene destacar que Rafael Alberti acumula los recuerdos de según el fluir natural de éstos, sin una cronología impositiva y curricular. A efectos hemerográficos, cabe mencionar que el primer capítulo de esta segunda serie llegó a los lectores el 11 de noviembre de 1984, gracias a una iniciativa del diario El País. Documento emocionado, principio explicativo de toda una vida sentimental y artística, sus aportaciones más destacadas brillan en un panorama literario donde no abundan exponentes de este género. Ciertamente, hubo revuelo a la hora de fijar los últimos registros del ciclo vital. Pero dejando las polémicas al margen, cabe imaginar a los lectores más fieles ilusionados ante la promesa que el escritor anotaba en una de sus páginas: «Las hojas de esta Arboleda perdida han ido cayendo a veces desordenadas. El viento ha soplado más fuerte y con más prisa. Pero aún quedan muchas hojas por caer, esperando que la última sea aquella que casi ya no pueda retener en la mano de mi memoria». (La arboleda perdida. Libros III y IV de memorias, Barcelona, Seix Barral, 1987, p. 344). |
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