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Rafael Alberti

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Publicado por José María de Cossío en una tirada no venal, El alba del alhelí (1925-1926) es el libro mediante el que Alberti refleja el Sur o, por mejor decirlo, la idiosincrasia de su estirpe social y cultural. Con ese fin, sus versos arañan la engañosa pátina de folclore bajo la cual resuenan dramas de amor, cantares y heroicas torerías; simulacros, al fin y al cabo, de un orgullo genuino, esta vez ajeno al tópico. Queda así de manifiesto la soberanía de un pueblo cuya facilidad desconcertante para la creación estética define su intransferible naturaleza. Congruente con la materia, el poeta proporciona a su obra una estructura que también tiene un significado personal. A este propósito, aclara José Corredor-Matheos cómo El alba del alhelí viene a ser una obra de tránsito entre distintas actitudes poéticas. La manera audaz en que Alberti organiza esa encrucijada es explicada de este modo por el crítico: «Escrito en un momento crítico para la vida y la obra del poeta, éste es consciente de que constituye claramente un nudo: nos lo indica la división en partes cuyos títulos califican cada una de ellas: “El blanco alhelí”, “El negro alhelí” y “El verde alhelí”. En la primera y en la última se sedimentan y fijan ciertos aires y maneras de los libros anteriores. Nos hallamos en la línea popularista andaluza, en la cual se concretan los temas, que cobran cuerpo e incluso anécdota». (Rafael Alberti, Canto de siempre, Madrid, Espasa-Calpe, 1980, p. 13).

Ni que decir tiene que este concepto de Andalucía queda expresado en una gama inolvidable —y precavidamente manejada— de personajes, a veces heroicos y otras con el rumbo tomado por la desdicha, gastados de forma prematura por esas convenciones familiares que realzó Lorca en sus tragedias. ¿Es dable imaginar semejante galería en otro espacio? Notemos que el estereotipo no llega a dominar la situación. Muy al contrario, las figuras son universales: dos mujeres que se aman, la muchacha encerrada o el joven y trágico torero Joselito —una de las mil caras del héroe—; todas ellas son personificaciones precisas, cuyo encuadre deja ver finalmente la trascendencia de sus pasiones. Puesto a interpretar el símbolo que vincula a todas ellas, Luis Felipe Vivanco ensayó la siguiente explicación: «En El alba del alhelí, su tercer libro de canciones, [Alberti] aumenta la galería de figuras humanas con otras medio inventadas, o imposibles, que pertenecen a situaciones y momentos marginales desde el punto de vista del orden social establecido. Esto quiere decir que el poeta sigue cantando la vida en libertad por los caminos sin rumbo fijo de cielo, mar y tierra». (Introducción a la poesía española contemporánea, tomo I, Madrid, Guadarrama, 1974, p. 225).

 

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