«Será en ese momento cuando los caballos sin ojos se desgarren las tibias contra los hierros en punta de una valla de sillas indignadas junto a los adoquines de cualquier calle recién absorta en la locura. / Vuelvo a cagarme por última vez en todos vuestros muertos en este mismo instante en que las armaduras se desploman en la casa del rey». Así reza el comienzo de una de las composiciones más insolentes, más agudas y anticonvencionales del repertorio albertiano, elaborada durante ese periodo en que el el poeta obliga a todos sus campos íntimos a colocarse frente a las certidumbres burguesas, hijas de la comodidad y la rutina. Esto es, allí donde se agota cualquier posibilidad de rebeldía o de provocación. Ya vemos acá a ese poeta en la calle, cuya conciencia social irradia a través de un flujo íntimo. Hacer perceptibles dichos matices parece la intención de esta entrega, Con los zapatos puestos tengo que morir, que lleva por subtítulo «Elegía cívica. 1 de enero de 1930», fechando así la repulsa, trasladada al plano de lo metafísico. Si dentro de estos versos es la denuncia lo que impulsa y abarca a la vez las sensaciones, no parece aventurado creer que ese carácter moral, cívico, es a la par la reducción de una perturbación anímica, de un testimonio vital que guarda relación con todo el contenido espiritual del poeta. Por otro lado, el poema puede ser comprendido dentro de ese margen surreal que frecuentó Alberti por esos años. Él mismo relata el proceso que condujo a su elaboración: «Intenté componer versos de trescientas o cuatrocientas sílabas para pegarlos por los muros, adquiriendo conciencia de lo grande y hermoso de caer entre las piedras levantadas, con los zapatos puestos, como desea el héroe de la copla andaluza: Con los zapatos puestos / tengo que morir, / que si muriera como los valientes, / hablarían de mí. Con los zapatos puestos tengo que morir se tituló el primer poema que me saltó al papel, hecho ya con la ira y el hervor de aquellas horas españolas». Habla el escritor en estas líneas de poesía subversiva, cuya mecánica íntima detalla el acaecer futuro. En lo anecdótico, señala el autor una coincidencia feliz con un escritor que pocos podrían relacionar con los versos feroces aquí propuestos: «Esta extensa elegía no sé cómo fue a dar a manos de Azorín, quien cosa fantástica una buena mañana se descolgó en ABC el diario más monárquico de todos con un desmesurado elogio de ella». (Cit. en El poeta en la calle, Obra civil. Edición al cuidado de Aitana Alberti, Madrid, Aguilar, 1978, Barcelona, Seix Barral, 1987, pp. 20-21). |
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