Las fechas de escritura de Cal y canto, 1926 y 1927, acotan un periodo de vibración íntima para Rafael Alberti. Lo guían por esta época el neogongorismo asumido y divulgado por los de su generación, y también una sensibilidad vanguardista propia de una mente cultivada como la suya. Podría creerse que, a través de estos poemas, Alberti fuerza un cambio de orientación con un golpe de remo poco natural. Sin embargo, José Corredor-Matheos contradice esa creencia: «A pesar de lo que pueda haber en esta poesía de voluntaria y de intencionadamente artificiosa, todo responde a una necesidad. La evolución del poeta se abre a esta nueva etapa siguiendo cierta dialéctica. Es la respuesta al agotamiento de una temática y una actitud que tiene tanto de personal como de poética» (Rafael Alberti, Canto de siempre, Madrid, Espasa-Calpe, 1980, p. 16). ¿Y cómo refleja el poeta esa respuesta? En cierta medida, explorando el medio urbano, su cromatismo e imaginería Inolvidable ese Madrigal al billete de tranvía, y ligando sus fisuras de cemento con pasajes mitológicos y esbozos de esa naturaleza que ya ha protagonizado anteriores poemarios del gaditano. Con todo, aclara Manuel Ramos Ortega que, por encima de esta urdimbre temática, «prevalecen la voluntad, por parte del poeta, de elevar su dimensión humana a categoría divina, y en cualquier caso, de embellecer al máximo el mundo urbano y cotidiano, aunque también de establecer un distanciamiento irónico entre el autor y la mitología clásica». («Cal y canto», Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 485-486, nov.-dic. 1990, p. 293). Otro estudioso albertiano, Luis García Montero, describe este libro aludiendo a la inquietud del escritor, que deja atrás el neopopularismo y convoca tres impulsos: «esteticismo modernista, deshumanización de arte puro y referencias vanguardistas». A su juicio, a Cal y canto le viene pequeña la etiqueta gongorina. Más bien, «es el inicio de una desgarradura poética, que se apoya en las tres vías anteriormente mencionadas para extremar las diferencias entre la palabra poética y el lenguaje normalizado de la sociedad». (Rafael Alberti, Antología poética, Madrid, Espasa-Calpe, 1992, p. 15). La eficacia del estilo se debe a la elevación del esquema poético que propone el escritor, ambicioso en la técnica, espeso de tonalidades en su esbozo de un lenguaje transicional. Resumiendo como quedó dicho legado y vanguardia, el propio Rafael Alberti advertirá el significado profundo que connotan las dos palabras del título: «Un libro mío juvenil se llama Cal y canto: obra que juega con la luz y el canto de la cal unido también al de su fortaleza arquitectónica. Divinos albañiles populares y maestros de obras andaluces, mediterráneos, que construisteis pueblos inmortales, no sólo para el recreo de los ojos sino para la vida sencilla de la gente. También los primeros pueblos de la América hispana fueron de cal, cuyo mayor y bello acierto es La Habana, llena de ecos gaditanos». (La arboleda perdida. Libros III y IV de memorias, Barcelona, Seix Barral, 1987, p. 239). |
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