La diversa andadura de Alberti a través de la poesía, en teatro y
el memorialismo tiende a una textualidad cambiante, desplegada bajo estandartes tan
variados como intensamente coloridos. Desde el neogongorismo y el surrealismo hasta la
poesía social, los registros de la poética albertiana no permiten una definición
exclusiva. Sin duda, el oficio del escritor le permitió usar con genio el canon de la
versificación tradicional y las variaciones del verso libre, los metros de arte
mayor y los populares, enraizados en esa estirpe cultural con acento gaditano que nunca lo
abandonó. Y es que, ante todo, el poeta de El Puerto de Santa María fue un buscador,
buen conocedor de las tradiciones, pero comprometido con una vanguardia siempre afanosa de
novedades. Algo similar cabe decir de su dramaturgia, de matices alegórico-simbólicos,
fruto del compromiso con una de las ideologías de su tiempo. Ideología que Alberti
defendió, coherentemente, hasta el fin de sus días.Hasta tal extremo la figura del poeta se nos aparece como un símbolo de su época, que incluso quienes argumentan principios políticos opuestos reconocen las virtudes de su palabra, la gracia de su arte, el enigma de su creatividad. Sin caer en tópicas interpretaciones, es cierto que fue un poeta del pueblo, un creador que concibió la poesía como un instrumento dialógico, capaz de conmover y también de empujar a la acción. Sin embargo, toda la fortaleza del hombre público halla su contrafigura y su complemento en su vocación más alta de intimidad, en esa dolorida y universal certidumbre del destierro, ya sea del mar soñado en la infancia, ya de la patria que abandonó tras la guerra, a bordo de un avión con ruta hacia el exilio. Aun cuando sólo sea por su modo de verbalizar el extrañamiento, Alberti ha ganado una posteridad indiscutible. Pero es improcedente hablar de cualidades sin hacer referencia al designio personal. Acaso no haya para esto mejor preámbulo que el verso albertiano, entendido aquí como una proyección de sus inquietudes: «Cantan en mí, maestro mar, metiéndose / por los largos canales de mis huesos, / olas tuyas que son olas maestras / vueltas a ti otra vez en un unido, / mezclado y solo mar de mi garganta: / Gil Vicente, Machado, Garcilaso, / Baudelaire, Juan Ramón, Rubén Darío, / Pedro Espinosa, Góngora... y las fuentes / que dan voz a las plazas de mi pueblo». |
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