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Rafael Alberti

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Dibujo de Rafael Alberti (pulse sobre la imagen para verla en detalle)La hora de los sentimientos, cuando son tristes, construye frases que no alcanzan la magnitud de un poema, pero que tampoco cabe encasillar en el recurso fácil. El 28 de octubre de 1999, día de la muerte del poeta, eran varios los amigos que como consuelo exclamaban: «Rafael ya está sobre los ángeles». Era un modo de situar en algún lugar al amigo perdido homenajeando además su obra recurriendo a uno de los títulos que más prestigio le dieron. Y es que en la madrugada de ese fatal día, en la casa en cuya entrada figuraba la frase «Ora marítima», también en memoria de un poema albertiano, moría un hombre que, además, era un genio de las Letras, del Arte.

Cuando el recuerdo se alía con la nostalgia de un tiempo pasado cabe rememorar, por ejemplo, un día del ayer cuando el poeta que comenzó su andadura por el mundo artístico como pintor, fue nombrado miembro honorario de la Real Academia de Bellas Artes. Con un pasado glorioso y un presente a cuya creatividad no le ponían trabas sus ochenta y cinco años, sacaba a flor de piel su gracia gaditana para hacerle un quite a su clasificación entre los genios. «Pero, ¿qué es un genio?», se preguntaba. Y sin cavilaciones respondía: «Un pobre hombre al que se da la lata todos los días».

Lo reclamaban tanto y para tantas cosas que acabó poniendo en la puerta de su domicilio romano y grabando en algún contestador automático unas palabras que ahuyentaran a algunos moscones: «No se hacen prólogos». Pero cuántas cosas atendió, a pesar de la aparente barrera que levantó para que no lo atosigaran en exceso.

El día de su muerte, en El Puerto de Santa María, el lugar en el que se abrió y se cerró el ciclo de una vida absolutamente colmada en hechos y emociones —más de una vez oyó decir que su existencia era tan rica que equivalía a la que quizá ni mil personas juntas conseguían protagonizar—, era el lugar de destino de pésames procedentes de los más diversos rincones. Alberti era universal. Su ciudad natal decretó tres días de luto. El busto del poeta en la plaza del Polvorista se adornó con una corona de flores.


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En la sede de la Fundación Alberti, que preside su viuda, María Asunción Mateo, se colocó una réplica de la citada escultura para recibir a cuantos quisieran rendir homenaje al poeta. Los visitantes pudieron ver, también, el salón que, huérfano ya de la presencia física del poeta, lo recuerda con múltiples fotografías y flores. Rafael Alberti, que en vida mereció la gloria, pidió para su despedida definitiva sencillez e intimidad y que sus cenizas fueran esparcidas por las aguas de su querida bahía gaditana. Su deseo se cumplió.

En un documento facilitado por el Ayuntamiento de El Puerto se dio noticia de un documento suscrito el 15 de enero de l997 por el matrimonio Alberti y el alcalde de la ciudad, Hernán Díaz. En sus páginas se establecía que los actos posteriores al fallecimiento del autor de Venus y Príapo se desarrollarían «con la mayor sencillez, dentro de la más estricta intimidad». Los actos deberían transcurrir en coherencia con lo que ha sido la trayectoria e ideario del escritor. «Cuando se produjere el luctuoso suceso, quedará su cuerpo en el depósito de cadáveres hasta el momento de su traslado al crematorio para su incineración». Se escribía, también, que las cenizas serían esparcidas en la Bahía de Cádiz. María Asunción Mateo, la viuda, manifestaba en el documento que no estaría presente en los actos oficiales de condolencia. En efecto, pasó el día en «Ora marítima», donde recibió algunas visitas. No sería ella, sino el alcalde de El Puerto, el encargado de recoger las cenizas del artista, tras la incineración de sus restos mortales. El alcalde las llevó hasta el Monasterio de la Victoria, lugar en el que se celebraría un acto solemne. Dos escolares recitaron poemas.

Al terminar este acto de adiós público, Hernán Díaz llevaría las cenizas del poeta a «Ora marítima». Descansará para siempre en el mar que rompe en unas playas en las que jugaba «con la movida nieve de sus olas, huyendo de las aburridas clases de Preceptiva Literaria o de Aritmética». Nunca se arrepintió de aquellas escapadas hacia unas playas —«bosques marinos», escribió él—, porque los consideraba auténticos inspiradores de su creación literaria. La viuda del poeta pidió al ministro de Cultura, que se desplazó a El Puerto de Santa María para dar el pésame a la familia, que uno de los cuadros de Alberti pasara al menos una noche en el Museo del Prado. Éste fue uno de sus últimos deseos...

 

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