Cuando cierta vez María
Asunción Mateo le apuntó el carácter autobiográfico de su obra, Alberti dio a entender
que también esto fue premeditado. Tal es la razón la única razón de que el
poeta nos permita apelar a su trayectoria para interpretar sus escritos, quizá recordando
aquel método empleado por Sainte-Beuve y luego discutido por Proust: «Mi vida puede
seguirse a través de mis libros, desde Marinero en tierra, hasta Canciones
para Altair, pasando por La amante. Mi lucha política, mi
forzoso desarraigo de España, mi nostalgia, mis amores, mis temores, todo lo he volcado
en mi poesía de forma más o menos velada, pero ahí está. Pocas veces, tal vez nunca,
me he evadido totalmente de mi mundo» («La conversación más cercana», El Mundo,
28 de octubre de 1999).Acaso en El Puerto de Santa María, sintiendo en el rostro el aleteo de un ángel, pudo Alberti calibrar el balance de esa vida, la suya, compartida entre el vaivén cosmopolita y el registro de esa diaria ensoñación en la cuartilla. Una vida cuya riqueza las más de las veces asombra, aunque siga una coherencia absoluta incluso en las tribulaciones. Nunca sintió el poeta una concepción estática del mundo, y eso se advierte en las mudanzas de su literatura y en ese afán de cambiar la sociedad de revolucionarla de acuerdo con un programa político que movilizó, para lo bueno y para lo malo, gran parte de la historia de su tiempo. Sin duda, al expresar la poeticidad de esas ideas y emociones, el gaditano optó por la acción, convertido en un poeta de la calle, sensible a la expresión telúrica, popular, arraigada en lo más hondo de su cultura. Instalada en ese reino, la palabra de Alberti lleva la divisa del pueblo, coloreada con los azules de esa bahía que siempre añoró. |
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Como haciéndose eco de las principales resonancias poéticas de su amigo Rafael, el escritor José Bergamín definía la escritura albertiana en los términos siguientes: «Hay en la poesía de Rafael Alberti castidad limpieza, pureza segura, firme, dura, duradera: de cal y canto. Sus ángeles o su ángel andaluz (arcángel tutelar) le construyeron esta pared, tan andaluza. De cal y canto, la poesía de Alberti se alza y afirma, vertical, pisando tierra, mirando al mar, entre dos cielos. Parte y define la luz misma como el muro encalado de un compás, o de un patio en la casa andaluza de tradición romana. Sevilla del Renacimiento, en Santa Clara, San Lorenzo, no en la judería o morería. Sevilla becqueriana» (Cit. en Premios Cervantes. Una literatura en dos continentes, Ministerio de Cultura, 1994, p. 167). He aquí a ese Alberti jubiloso, autor de poemarios como Marinero en tierra (1925), La amante (1926) y El alba del alhelí (1927), cuya brújula siempre se orienta hacia el Sur. Es natural que en esta atmósfera sienta la atracción de los caminos menos pavimentados. Y esto no es retórica, sino anhelo genuino. Tomando la palabra a Ernesto Giménez Caballero, podemos creer en un poeta que tiene algo de juglar. No escasean para él los adjetivos: surreal, metafísico, cinéfilo, vanguardista, bullidor, cercano, riguroso, festivo, espiritual, náufrago en tierra firme. Dicho por Giménez Caballero, «el ultraísmo te aprovisionó. Alberti, de jersey blanco, de pantalones anchos, de máquina para el verso, de amor por Charlot, de poemas asonantes y polirrítmicos, de sentido de las piscinas y de entusiasmo por irregulares: vagabundos, golfantes, toreros, deportistas y hacendados que te portan en automóvil, de cuando en cuando, como portaban los caballos de los magnates medievales a los juglares y divos electos. De corte en corte, de dama en dama Alberti, eres todavía un poeta cortés, cortesano. Por tanto: pícaro. (...) De Andalucía sacaste el escandinavismo ese que dices, romántico de Bécquer, y el lunatismo de Juan Ramón (no olvides que te dolió el pecho y que te crecieron sobre el corazón violetas). Pero también sacaste un surismo espléndido y todavía no exaltado como merece de litoral. Y la sensibilidad por la norma, por la disciplina, por la señorialidad de la esencia poética, sensibilidad de la mejor Andalucía» (Retratos españoles (Bastante parecidos), prólogo de Pere Gimferrer, Barcelona, Planeta, 1985, p. 170). Y acá nos acercamos al estilista, buen conocedor de la tradición; al poeta genial que, al decir de Pedro Salinas, «representa un refinamiento y depuración de la escuela modernista con sus ambiciones de dar al verso castellano la flexibilidad, elegancia y gracia de que carece casi, casi desde nuestro Siglo de Oro» (Cit. en Premios Cervantes. Una literatura en dos continentes, p. 168). |
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Cuando se trata del ser humano, nadie mejor que los amigos para glosar su
memoria. Un escritor monumental, Octavio Paz, coincidió con Alberti en 1935, cuando éste
anduvo por México. Hubo un segundo encuentro en Madrid, en 1937, y un tercero en 1967, en
Spoletto, durante el Festival de Poesía que allá se celebra. Aún alcanzaron a verse de
nuevo, y Paz lo celebró poniendo por escrito el recuerdo de su primera coincidencia:
«Rafael y María Teresa llegaron a México a fines de 1934 o a principios de 1935. (...)
Los Alberti pasaron varios meses en México y durante esa temporada los visité con cierta
frecuencia. Vivían en un pequeño apartamento de un edificio moderno en Tacubaya, hoy en
ruinas. Rafael tenía 33 años y yo 21. Él era un poeta célebre y yo un desconocido; sin
embargo, nunca adoptó el tono del maestro sino el del amigo de mayor experiencia y saber.
Algo que nos unió casi inmediatamente fue nuestro origen: él es gaditano y yo, por mis
abuelos maternos, vengo de El Puerto de Santa María y de Medinasidonia. Acostumbrado al
trato un poco ceremonioso de los poetas mexicanos de entonces, Alberti me pareció la
negación de la solemnidad: chispeante, más satírico que irónico y más jovial que
satírico, a ratos un juego de artificios y otros un surtidor de ocurrencias.» («Rafael
Alberti, visto y entrevisto», México D.F., Vuelta, 1984). Por si no bastaran estas líneas para comprender las íntimas hechuras del maestro gaditano, cabe leer otro artículo de Paz, donde aspira a transmitir al lector la seducción poética que ofrece el repertorio poético de su admirable amigo: «Una de mis primeras lecturas fue la de Rafael Alberti. Al leer sus poemas penetré en un mundo en donde las viejas cosas y las gastadas realidades, sin dejar de ser las mismas, eran otras. Habían cambiado de piel y parecían acabadas de nacer, animadas por un entusiasmo contagioso. Leí aquellos poemas incluso los más tristes y misteriosos con júbilo, como si cabalgase una ola verde y rosa sobre la movible llanura del mar, poblada de toros, delfines, sirenitas, tritones y muchachas caídas del cielo, intrépidas nadadoras de todos los bósforos del amor para no hablar de las náyades de las estratosfera, como Miss X, enterrada en el viento del Oeste. Fue un ejercicio vital: aprender a beber la luz de cada día, pensar con la piel, ver con la yema de los dedos» («Saludo a Rafael Alberti», Vuelta, n.º 166, septiembre de 1990, p. 48). |
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Si bien menudean en estas páginas
palabras como andaluz, popular o telúrico, lo cierto es que Alberti
asimila el mundo, y proporciona encuadres cosmopolitas a cada una de sus fijaciones, que
además resuenan en el plano social y político. De este recorrido interpretativo deja
constancia Ernesto Sábato, quien interpela al poeta y agradece su proliferación de
mensajes universales: «Así, cuántas veces y qué hermosamente has cantado a tu tierra
gaditana, a tu mar, a tus cielos, a los imponentes toros destinados a ese sagrado
sacrificio que viene desde el fondo de la historia mediterránea. Y cómo hemos sentido
esas visiones tuyas; porque el arte es a la vez lo más individual que existe y lo más
universal, ya porque el corazón del hombre está hecho, en cualquier parte del mundo y en
todos los tiempos, con los mismos atributos. Y así, vos, tan esencialmente andaluz,
fuiste admirado en los más remotos lugares de la tierra, permitiendo esa hermandad entre
los hombres que únicamente el arte puede ofrecer» (Cit. en Premios Cervantes. Una
literatura en dos continentes, p. 169).Iniciar una concisa exploración biográfica de un personaje como Alberti exige anteponer un perfil literario que evite digresiones. Dice Vicente Gaos que a Rafael suele comparárselo a Lorca, razonando ese andalucismo que no escapa al entendimiento popular. Pero más bien debiéramos aproximarlo a Gerardo Diego. ¿Razones para ello? Gaos recuerda el dominio técnico, la variedad de facetas y una fecundidad que actúa como válvula de escape de su tensión creativa. El mismo exégeta distingue varias etapas varios niveles en ese trayecto poético: «La neopopularista Marinero en tierra, La amante, El alba del alhelí, inspirada en nuestro cancionero tradicional y en el folclore andaluz. (...) La neogongorina y vanguardista Cal y canto, propia del entusiasmo de su generación por el autor de las Soledades, de quien hace una paráfrasis. (...) La surrealista: Sobre los ángeles. (...) A partir de este momento y a través de Elegía cívica «crisis anarquista y tránsito de mi pensamiento poético», en palabras del autor, Alberti desemboca en la poesía política, que cultivará hasta la fecha, aunque con frecuentes retornos a la «poesía burguesa», que repudió en 1931» (Antología del grupo poético de 1927, Madrid, Cátedra, 1981, pp. 37-38). A no dudarlo, este mapa de Gaos, asumido por buena parte de los críticos y estudiosos, es el que implicará nuestro breve recorrido a través de la vida del poeta. |
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Nace Rafael
Alberti en 1902, durante una noche de tormenta, en la localidad gaditana de El Puerto de
Santa María. Allá gozará del mar y de la infancia, construyendo en la memoria el
paraíso perdido que luego ha de plasmar en sus versos y en sus volúmenes de memorias. A
juicio de Solita Solanas de Marichal, esa plasmación explicita una constante búsqueda de
esa patria paradisiaca e infantil (vid. El mundo poético de Rafael Alberti,
Madrid, Gredos, 1975). Curiosamente, no todo fue gozo en aquellos años. Por ejemplo, no
disfrutó de su ingreso en el Colegio de San Luis Gonzaga, dirigido por la orden de los
jesuitas. Poco estudioso, Alberti prefería escaparse del aula, unas veces para pintar y
otras las más para escarbar en la arena de la playa, buscando caracoles,
almejas y cangrejos, o acaso erizos de mar, de ésos que ocultan los brillos del litoral.En 1917 llegan los Alberti a Madrid, capital de su primer destierro. Añoranzas aparte, la visita al Museo del Prado confirmará a Rafael su atracción por la pintura. Muy pronto, se lo podrá ver con el carboncillo entre los dedos, copiando los tesoros del Casón del Buen Retiro y del Prado. Tres años después, guardando luto por su padre, comienza a alternar las artes gráficas con la poesía. En 1922 publica sus primeros poemas en las páginas de la revista Horizonte, dirigida por Pedro Garfias. Pero su mala salud le juega una mala pasada y en 1923 ha de trasladarse a la sierra de Guadarrama, donde diseña los versos de Mar y tierra, su primer poemario: el mismo que luego ha de titular Marinero en tierra. A la hora de poner por escrito esta obra, el poeta asume influencias de Gil Vicente y del romancero. Nostálgico, el libro resume la transparente intuición del joven y su recuerdo de una niñez marítima. Por esta época, olvida el padecimiento físico leyendo a los clásicos del Siglo de Oro y a los grandes maestros rusos, como Tolstoi, Dostoievski y Chejov. |
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En 1924 llega a la Residencia de Estudiantes, centro de la educación más progresista que pueda imaginarse en la España de aquellas fechas. En dicha institución conoce a quienes serán grandes amigos suyos: Federico García Lorca, Pedro Salinas, Jorge Guillén, José Moreno Villa, Pepín Bello, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Dámaso Alonso y José Bergamín. Animado por esa compañía, disfruta cuando su Marinero en tierra obtiene el premio Nacional de Literatura. Claro que el poeta no vive en una torre oscura. Muy al contrario. Son éstos meses de intensidad intelectual, y también de melomanía y cinefilia compartidas con esa cofradía de residentes. En 1926 Alberti pasa a formar parte del círculo amistoso que confraterniza en torno al torero y escritor Ignacio Sánchez Mejías, inesperado promotor de lo que más adelante se denomina Generación del 27. Mecenas del grupo en el homenaje a Góngora que un año más tarde se celebra en Sevilla, Sánchez Mejías sirve de inspiración a Rafael, quien por esta época colabora con asiduidad en la Revista de Occidente y escribe los versos de El alba del alhelí, una obra de tránsito, en cuya mitología caben los contraluces, difuminados entre el gozo y la voz trágica. |
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La poética albertiana ya tiene
personalidad propia. En palabras de José Hierro, «lo que hace Alberti no es, a la manera
de Manuel Machado, imitar lo popular vivo, sino apoyarse en lo popular que fue y que ya no
es; con sus palabras, en Gil Vicente, los anónimos del cancionero... Coincide,
probablemente, con el punto de vista de Juan Ramón Jiménez, y viaja al pasado para
empaparse del encanto de lo refinado que se ha perdido. Sus breves poemas de los libros
primeros, de Marinero en tierra a El alba del alhelí están
directísimamente emparentadas con las de los cancioneros renacentistas: giros, acentos,
libertades métricas, a veces ese quiebro final en que la rima queda burlada, en ocasiones
porque reaparece un verso cuando no se lo esperaba, un verso cuyo sonido final habíamos
olvidado y que cierra la cancioncilla a manera de estribillo. Como en este ejemplo del Cancionero
de Barbieri que muy bien podría pertenecer a La amante de nuestro Rafael
Alberti: «No pueden dormir mis ojos, / no pueden dormir. / Y soñaba yo, mi madre, / dos
horas antes del día / que me florecía la rosa: / el vino so el agua fría: / no pueden
dormir». («Primeros pasos de Alberti», El Mundo, 28 de octubre de
1999).A efectos prácticos, el homenaje a Góngora es el acto fundacional de la Generación del 27. La intención del encuentro era devolver a Góngora el prestigio debido, reconociendo una influencia que recorre todo el linaje poético de Alberti por estas fechas. Ese neogongorismo a veces irónico es una de las líneas que confluyen en los poemas que escribe durante la crisis existencial que sufre en 1928. Un año más tarde, llegan hasta los lectores las primeras ediciones de Cal y canto y Sobre los ángeles. El primero es un libro vanguardista, donde se abre paso un lenguaje que ya consolida el segundo título: complejo, ambicioso, quizá surreal, pictórico, denso, quebrantado, y aún más anhelante de ese paraíso perdido que más arriba mencionábamos. |
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El año 1930 es el de su boda con la escritora María Teresa León, y también pone fecha a su adhesión política, expresada en la elegía cívica Con los zapatos puestos tengo que morir, un hondo poema que abre un nuevo periodo en la andadura del escritor. Ahora es el poeta en la calle, provocador, testimonial, urgente. Al poco tiempo, cuando estrena sus primeras y anticonvencionales obras dramáticas, El hombre deshabitado y Fermín Galán, Alberti comprueba los alcances de esa postura vital e ideológica, rupturista con las convenciones teatrales del momento. En esa circunstancia, decide afiliarse al Partido Comunista y realiza un viaje a París, donde confirma sus ansias de cambio. Cuando en 1932 la Junta para Ampliación de Estudios otorga a Rafael y a María Teresa León una beca con el fin de que analicen el movimiento teatral europeo, el poeta inicia un viaje por la Unión Soviética, Alemania, Holanda, Dinamarca, Noruega y Bélgica. Un viaje decisivo, pues le permite entrar en contacto con personalidades fundamentales en la cultura y la política del momento. Como fruto de esas inquietudes, Alberti y su esposa fundan en 1934 la revista revolucionaria Octubre. Asimismo, él acude como invitado al Primer Congreso de Escritores Soviéticos, y también recorre varios países americanos comisionado por el Socorro Rojo. El inicio de la guerra civil desata definitivamente las tensiones que venían sintiéndose en la sociedad española. Corre el año 1936, Alberti ha participado como activista a favor del Frente Popular y es elegido secretario de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Publica el primer poemario antifascista escrito en español, 13 bandas y 48 estrellas (Poema del mar Caribe) y asimismo estrena en el Teatro de la Zarzuela de Madrid su pieza Los salvadores de España (ensaladilla en un acto). |
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La actividad del escritor en estas fechas resulta frenética. Participa en la organización del II Congreso Internacional de Escritores, se alista en el Arma de Aviación republicana y publica sin tregua, en buena medida con un propósito combativo y didáctico-político. Pero la derrota republicana da al traste con su idea de España, y ello lo fuerza a tomar el camino del exilio. El matrimonio Alberti se refugia en la casa que Pablo Neruda y Delia del Carril tienen en París, en Quai de LHorloge. Gracias a Pablo Picasso, Rafael y María Teresa colaboran como locutores en Radio París-Mondiale. En 1940, temerosos de una venidera Guerra Mundial, viajan hasta Argentina, la segunda etapa de su destierro. Son estos algunos de los recuerdos que desgrana en La arboleda perdida, libro de memorias cuyo ciclo más amargo recoge estas experiencias.
Durante los años cincuenta, cada vez más popular entre los lectores de todo el mundo, Alberti continúa viajando. En varias ocasiones, visita distintos márgenes del bloque comunista, admirando la belleza de países como China y la antigua Unión Soviética. Y el día 28 de mayo de 1963, después de casi veinticuatro años de trastierro en la Argentina, Alberti llega a Roma, instalándose no por casualidad en el populoso Trastevere. Allí va a continuar escribiendo, y en idéntico grado, se interesa por su oficio de pintor. Estudia nuevas técnicas de grabado, litografía y aguafuerte, y produce una nutrida obra gráfica. Este mismo año recibe una buena noticia: se publica en España Summa taurina, la primera tirada de una obra suya desde 1939. |
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La década de los sesenta estructura el movimiento de
nuevos poemarios, como el hermosísimo libro que titula Roma, peligro para caminantes
(1964). Premiado con el Premio Lenin de la Paz, tampoco abandona su actividad política ni
su adscripción comunista. Un compromiso en el que coincide con su admirado Picasso, a
quien rinde homenaje en libros como Los ocho nombres de Picasso (1970). En
todo caso, es evidente que el acontecimiento más notable de este periodo es la apertura
de un proceso democrático en España, un nuevo ciclo histórico al que Alberti asiste con
emoción y esperanza. Oportunamente, esa esperanza se colma el 27 de abril de 1977, cuando
Alberti y María Teresa León regresan a su patria. Una vez legalizado el Partido
Comunista, el poeta es elegido diputado por esa formación. Sus obras se estrenan en los
teatros españoles y los homenajes van acumulándose en su diario: en 1981 recibe el
Premio Nacional de Teatro, en 1982 lo nombran Comendador de las Artes y las Letras de
Francia, y en 1983 le otorgan el Premio Cervantes.En 1988, víctima de una dolorosa enfermedad, muere María Teresa León. Un hecho trágico, irreparable, cuyos efectos no mitigan dos alegrías del año siguiente: el ingreso de Alberti en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y en la de Bellas Artes de Santa Cecilia. Buscando de nuevo el amor, en 1990 el artista celebra su matrimonio con la escritora María Asunción Mateo, buena conocedora y estudiosa del patrimonio albertiano. |
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Sin otro cálculo que la admiración y bajo la guía del propio poeta, echa a andar en 1994 la Fundación Rafael Alberti. Cuando éste muera en 1999, sus afectos, aunque centrados en El Puerto de Santa María, son ya defendidos y reiterados en todos los rincones del globo. En su ausencia, el poeta sobrevive a través de constantes reediciones y conecta con nuevas generaciones de lectores, desdoblado por los impulsos de un mundo que se reconoce en sus versos, aboliendo así los rigores de la coyuntura histórica en que fueron escritos. Sin caer en la doctrina, desdramatizando su lealtad política, resuenan con más fuerza los arquetipos de una poética que, al decir de Luis García Montero, «puede resumirse así en estos tres ejes: obra en marcha, lectura vanguardista de la tradición y poesía escrita entre el clavel y la espada. Poesía, en fin, siempre viva y libre, gracias al conocimiento técnico y al respeto por la sabiduría del arte. Los recursos del oficio, imprescindibles en una tarea importante, sirven para plasmar en la obra de arte la movilidad de la vida» (Rafael Alberti, Antología poética, Madrid, Espasa Calpe, 1992, p. 40). |
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