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Por Marta Falces Sierra

 

Rescatar de entrelíneas la universalidad del discurso albeniciano resulta una tarea, cuando menos, atractiva al tratarse de un músico mayormente reconocido por el carácter nacionalista que se ha atribuido a su obra más divulgada hasta el momento. Se puede decir que un silencio —cada vez más tenue, por fortuna— ha venido actuando a modo de sordina sobre, bien gran parte de su producción musical, bien aquellos aspectos biográficos que hubieran podido romper la tan perfecta como ficticia imagen del artista estandarte del nacionalismo musical español.

Albéniz ante el piano«Hay que hacer música española con acento universal para que pueda ser entendida por todo el mundo». Esta conocida cita atribuida a Albéniz por su sobrino Víctor Ruiz Albéniz y reproducida en casi todos los trabajos sobre el compositor resume sucintamente la naturaleza de su música. La obra de Albéniz encierra algo mucho más genuino y más complejo de lo que popularmente se conoce como nacionalismo musical, gracias a la fascinante combinación de una depurada técnica pianística formada sólidamente en los clásicos junto a un talento creador extraordinario y capaz de asimilar con voz propia todas sus experiencias musicales allí donde estuvo.

En este sentido, es especialmente revelador que, desde que en 1889 marchara con veintinueve años a París con motivo de una gira de conciertos durante las celebraciones de la cuarta Exposición Universal, Albéniz nunca volvió a residir en España de manera permanente, si exceptuamos breves estancias esporádicas en Madrid, Barcelona y Andalucía. Tras su gira por Francia, el músico se instaló en Londres hasta 1894. En esa fecha volvió definitivamente a Francia donde alternó su residencia entre París y diversas ciudades del sur.

Albéniz y Fernández Arbós dieron muchos conciertos en Inglaterra hacia 1891La etapa inglesa del compositor supone una importante experiencia en la música escénica y en la música vocal. Inicialmente, Albéniz llegó a Inglaterra como pianista, y allí se reencontró con su amigo el violinista y director de orquesta Enrique Fernández Arbós, a quien había conocido en su juventud, cuando ambos coincidieron como alumnos en el conservatorio de Bruselas (entre 1876 y 1879).

Las crónicas del polifacético escritor Bernard Shaw (editadas por D. H. Lawrence en 1981) proporcionan comentarios inmediatos y precisos sobre las actividades concertísticas de Albéniz en Londres en estos años (1889-1893). Después de tan sólo tres meses en Londres, Shaw escribiría: «The dead silence produced by his playing, particularly during the second piece, was the highest compliment he could have desired» (The Star, 6 de diciembre de 1889).

Albéniz (al fondo) y el banquero Money-CouttsSin embargo, lo que destaca sobre otras circunstancias en este período de la vida del compositor es su fascinante relación profesional y su amistad con Francis B. Money-Coutts.

En la época en que Albéniz colaboró con el Lyric Theatre y el Prince of Wales, ambos artistas firmaron un acuerdo por el que este banquero-poeta proporcionaría un sueldo de por vida a Albéniz a cambio de que éste compusiera la música para algunos de los poemas y textos dramáticos que había escrito él mismo.

El mal llamado «Pacto de Fausto», además de proporcionar una tranquilidad económica al compositor español —algo por otra parte infrecuente entre los músicos de su época— dio lugar a las poco divulgadas obras inglesas de Albéniz. Cabe destacar las óperas Henry Clifford, Pepita Jiménez, y la trilogía de King Arthur, de la cual sólo se completó la primera parte, Merlin, en 1903; así como un amplio y bellísimo grupo de tres ciclos de canciones de concierto para voz y piano con textos de Money-Coutts: To Nellie, Six Songs (sólo dos publicadas) y Quatre mélodies. Estas dieciséis canciones de concierto son el producto de la armoniosa fusión del discurso victoriano de estos poemas con un Albéniz hasta entonces desconocido. Durante la larga amistad que los unió, Money-Coutts siempre actuó como un auténtico mecenas, demostrando un gran aprecio y respeto por el compositor, hoy reconocido sobre todo por los testimonios hallados en la correspondencia del poeta: «Your deep affection for me, dear boy, is a great comfort to me, and your letters are often a great consolation» (15 de agosto de 1900).

El destino no ha sido generoso con esta parte de la obra de Albéniz. Como consecuencia de las rencillas existentes entre los músicos españoles en torno a la zarzuela y la ópera española, el estreno de Pepita Jiménez el 5 de enero de 1896 en el Liceo de Barcelona tuvo un éxito mediano, frente al gran aplauso que le otorgó el Neues Deutsches Theater de Praga en 1897, y posteriormente los estrenos en París y en Bruselas; Merlin no corrió mejor suerte, ya que, aunque estuvo a punto de estrenarse en Barcelona, esto no llegó a suceder, aparentemente a causa de rencillas personales del empresario Morera con Albéniz.


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Por otra parte, ha habido que esperar más de un siglo para contar con la edición integral de la música vocal de Isaac Albéniz [1].

«Yo soy moro», decía Albéniz. La «foto» parece confirmarloA partir de 1894, Francia y, en especial, el círculo musical generado en torno a la figura de Claude Debussy y de la Schola Cantorum de París, serán para Albéniz un verdadero estímulo musical y humano durante el resto de su vida. En la Schola Cantorum impartió clases y compartió amistad con sus colegas D’Indy, Dukas, Chausson y, especialmente, Fauré, a quien dedica sus Quatre mélodies, impregnadas como toda su música a partir de entonces de la sutileza y estilización asimilada de sus amigos los compositores franceses; la editorial Mutuelle asociada a esta institución fue la encargada de editar prácticamente la totalidad de su producción musical.

Desde su exilio voluntario, Albéniz pasó su vida reivindicando su discurso de lo español, una abstracción en la distancia presente a lo largo de toda su vida, ya fuera a través de su personalidad, de su música, de su manera de interpretar o por la hospitalidad con que siempre trató a otros artistas. Existen múltiples testimonios de cómo Albéniz abrió su casa a los músicos españoles que, como él tiempo atrás, salían del país en busca de nuevas experiencias y oportunidades. En Londres, procuró recitales a músicos como Bretón, Arbós, el violinista Tivadar Nachez, la pianista Teresa Carreño o el violonchelista Agustín Rubio. En París, se convierte en el mentor de importantes compositores, como Turina y Falla.

Finalmente, también París es testigo de su gran y última obra: Iberia, compuesta entre 1905 y 1908, poco antes de su muerte e inmerso en una grave enfermedad. Iberia es un conjunto de cuatro cuadernos de tres piezas cada uno, en los que queda pianísticamente expresado el sonido universal de lo español tal y como Albéniz lo añoraba. Esta obra está escrita con «una técnica colosal de formidable exigencia, cuyo resultado magnifica y trasciende el genio musical, el alma y la sensibilidad que la música española había decantado a través de siglos de su historia». Nada mejor que esta breve cita del profesor Torres [2] para definir una obra que supuso entonces un referente necesario para otras estilísticamente tan distantes como la propia Iberia de Debussy o la Fantasía Bética de Falla y que sintetiza lo que hoy conocemos como discurso albeniciano.

Poco después de la conclusión de Iberia, Isaac Albéniz muere el 18 de mayo de 1909 en Cambó, inmerso en la complejidad de la nostalgia que siente por una cultura que fue incapaz de comprenderlo y estimularlo y que constituyó su leit-motiv vital y artístico hasta llegar a convertirlo en un clásico.



NOTAS:

1. Albéniz, Isaac: Integral de la obra para voz y piano (Edición de A. Cardó y J. Torres). Tritó Edicions, Barcelona, 1998. 245 páginas (en español e inglés). Arriba

2. Torres Mulas, Jacinto: Iberia, de Isaac Albéniz, a través de sus manuscritos / Iberia by Isaac Albéniz through the Manuscripts. 81 páginas (en español e inglés). Arriba
 
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