|
|
Por
más que algunos historiadores actuales encuentren muy serias razones para proclamar «el
final de la Historia», no parece que eso deba ser motivo de preocupación para los
musicólogos españoles, a juzgar por el intenso tejer y destejer que en los últimos
tiempos está poniendo en tela de juicio las premisas tradicionales de su conocimiento
sobre muchos y muy relevantes aspectos de nuestra música y que, para los menos
acomodaticios, da ocasión de revisar y superar viejos tópicos fundamentados más en la
ignorancia que en el examen crítico.
Con todo,
no suele encontrar serias objeciones la evidencia de que la obra para piano del maestro
catalán, y en particular Iberia, constituye en términos absolutos la máxima
aportación española al repertorio pianístico universal. Pero, por el contrario, su
intensa y amplia actividad como autor de canciones y de música sinfónica y dramática
sigue siendo todavía hoy casi completamente desconocida, no ya sólo para el gran
público, sino hasta para muchos profesionales que buscarían en vano las partituras de
esas obras, e incluso tendrían dificultades para hallar información fiable y veraz sobre
su mera existencia.
Está muy arraigada la noción, conformista y
estereotipada, de un Albéniz pianista prodigioso que, cuando alcanza a convertirse en
compositor de hondura, sólo logra dar lo mejor de sí en las piezas breves que compone
para su instrumento, plenas de colorido y gracia con un leve toque de melancolía, pero
que se extravía al acometer otros empeños (como las óperas de asunto histórico que le
prepara su libretista-mecenas inglés) incompatibles con su cálida sensibilidad
meridional.

Ésta es una visión adecuadamente confortable y que
cuadra muy bien con la idea común acerca del pensamiento y la producción del compositor.
Y ningún reparo deberíamos ponerle, si no fuera porque es radicalmente falsa.
Durante toda su vida Isaac Albéniz tuvo el
propósito, una y otra vez abordado y una y otra vez insatisfecho, de alcanzar el éxito
en la escena, desde su primer «juguete cómico-lírico» presentado en Madrid cuando
tenía poco más de veinte años, hasta las fechas mismas de su muerte, cuando acaricia el
proyecto de una ópera sobre temas cervantinos que, por desgracia, no tuvo ya ocasión de
materializar. Está muy arraigada la noción, conformista y estereotipada, de un Albéniz
pianista prodigioso que, cuando alcanza a convertirse en compositor de hondura, sólo
logra dar lo mejor de sí en las piezas breves que compone para su instrumento, plenas de
colorido y gracia con un leve toque de melancolía, pero que se extravía al acometer
otros empeños (como las óperas de asunto histórico que le prepara su libretista-mecenas
inglés) incompatibles con su cálida sensibilidad meridional. Ésta es una visión
adecuadamente confortable y que cuadra muy bien con la idea común acerca del pensamiento
y la producción del compositor. Y ningún reparo deberíamos ponerle, si no fuera porque
es radicalmente falsa. Albéniz cultivó en numerosas ocasiones la ópera, la zarzuela, el
drama lírico y la música incidental, y su empeño en este campo fue constante.
Pero la historiografía convencional tiende a
pasar por alto estos hechos, a pesar de las inteligentes y esclarecedoras aportaciones de
Bevan, Clark o Falces, y tampoco parece haber tenido mucho efecto mi más directa
aportación sobre «La producción escénica de Isaac Albéniz» (Revista de
Musicología, XIV, 1991) donde se reseñan cerca de una treintena de títulos, muchos
de ellos ignorados hasta entonces por críticos y biógrafos; sorprendente cifra que pone
de manifiesto la importancia que Albéniz concedió a ese tipo de música. Cierto es que
algunos de esos títulos no pasaron de ser meros proyectos más o menos elaborados, y que
varios otros que llegaron a tomar cuerpo sobre el papel pautado quedaron luego inconclusos
a consecuencia de diferentes vicisitudes. Pero también hubo otros que se completaron
venturosamente, subieron al escenario y alcanzaron el aplauso del público y la
aprobación de la crítica más exigente.
De todos ellos, el de mayor
valor e importancia musical es Merlin. Se trata del primer título de la trilogía
que con el título global de King Arthur escribió Francis Burdett Money-Coutts
inspirándose en las leyendas del ciclo artúrico y que, según el contrato establecido
entre ambos, habrían de ser convertidas en sendas óperas por Albéniz, a quien va
dedicada (y muy expresivamente) la edición de los tres libretos que apareció impresa en
1897. Al año siguiente la ópera ya estaba compuesta en su primera redacción para canto
y piano, y antes de finalizar 1898 ya había emprendido Albéniz el trabajo de
orquestación. A pesar de las gestiones de compositor y libretista, no consiguieron su
estreno inmediato, lo que permitió al compositor hacer una profunda revisión de la
partitura, que quedó concluida definitivamente el 25 de abril de 1902.
|

|
Sólo el Preludio del acto primero llegó a
los atriles, oyéndose por vez primera en Barcelona el 14 de noviembre de aquel aciago
año de 1898, por la Associació Filarmònica bajo la dirección de Vincent dIndy.
Más tarde, Guy Ropartz, Mathieu Crickboom y el propio Albéniz también lo dirigieron en
otras ocasiones y ciudades, pero la ópera como tal nunca llegó a representarse en vida
de Albéniz. Apenas unas semanas después del éxito obtenido en Bruselas por Pepita
Jiménez y San Antonio de la Florida, se celebró en esa ciudad una audición
completa de Merlin que se celebró el 13 de febrero de 1905, sin escena ni
orquesta, en la residencia de la familia Tassel, traducida al francés por Maurice
Kufferath y con el propio Albéniz al piano; pero el proyecto de llevarla al Théâtre de
la Monnaie en la siguiente temporada no dio fruto.A ello hay que añadir el dato de la representación escénica, en versión
española de Manuel Conde, realizada por el Club de Fútbol Junior la noche del 18 de
diciembre de 1950 en el Teatro-Cinema Tívoli de Barcelona (que esa noche tuvo que
suspender la proyección de El padre de la novia, protagonizada por Elizabeth
Taylor y Spencer Tracy). Más allá de las apariencias, lo verdaderamente esperpéntico
del suceso no es que fuese protagonizado por un club de fútbol (a cuya «Sección
escénica», dirigida por el infatigable Josep Sabater, hay que agradecer una humilde pero
muy digna y meritísima labor operística, sostenida durante muchos años), sino que ésa
fuera la única vez (y en una sola sesión) que tan singular obra ha subido a los
escenarios desde la fecha de su composición, hace exactamente un siglo.

Con esta ópera Albéniz se sitúa en un plano de
madurez como compositor dramático absolutamente distinto de cuanto de él podemos conocer
a través de su obra pianística. El tratamiento orquestal revela una transformación
formidable y asombrosa, que tiene su origen en los desiguales tanteos de los años
ochenta, tutelados (y a veces algo más) por sus amigos Bretón y Arbós, y que se va
fortaleciendo y madurando con las posteriores enseñanzas de Dukas, el estrecho contacto
con Fauré y DIndy y los consejos precisos de Paul Gilson, entre otros. Pero, sobre
todo, se nutre de su propia y amplia experiencia como director de orquesta, ya ensayada en
España con sus giras de zarzuelas y conciertos (en los que a veces también actuaba como
solista) y luego decisivamente afianzada en sus temporadas londinenses de los primeros
años noventa, donde compondrá, estrenará y dirigirá varias obras escénicas.
La
imagen reductora y convencional del Albéniz compositor que comúnmente se tiene es
consecuencia de no haber tenido en cuenta suficientemente los hechos que acabamos de
mencionar, cuando no de ignorarlos por completo. Pero es necesario insistir en ellos, así
como en su devoción wagneriana, sin la que no es posible comprender el aliento y el
sentido de Merlin y que tal vez para muchos constituya una sorprendente novedad. Su
familiaridad con la música de Wagner arranca ya desde los tiempos de estudiante en
Bruselas, con Brassin, cuyas transcripciones de Das Rheingold y Die Walküre
incorporó Albéniz al repertorio pianístico de sus conciertos como solista.
Debemos también recordar que su biblioteca
albergaba en lugar de honor las partituras de Tristan y del Ring (por
cierto, minuciosamente anotadas y subrayadas de su propia mano). En su diario queda
patente la impresión profundísima que le produjo la audición de la tetralogía
wagneriana, especialmente Siegfried, audición que procuró repetir una y otra vez
en cuantas ocasiones le fue posible. Y no podemos ignorar su propia experiencia dirigiendo
Tristan en el Liceo barcelonés, como maestro concertador de los conciertos de
Colonne. La explícita fascinación de Albéniz por Wagner se entiende mejor en el marco
de su momento y su lugar: aquella Barcelona de entresiglos, la de Marsillach, Pena,
Pedrell, Vives, Morera y demás fervientes admiradores del apóstol de «la música del
porvenir», la de la Associació Wagneriana entre cuyos fundadores encontramos,
precisamente, a Isaac Albéniz.

|

|
Pero buscaríamos en vano todos estos datos entre
las tantas y tantas páginas escritas por un sinfín de «especialistas» albenicianos,
mucho más eficaces a la hora de reproducir y engrosar los errores de otros que de
identificar, localizar y examinar con atención e inteligencia las fuentes documentales. De manera que se nos sigue presentando un
Albéniz más bien plano y un tanto monocorde, ignorando o rechazando esa otra dimensión
suya como operista de alto empeño, una faceta turbadora, arriesgada, más que fallida
truncada, pero profundamente reveladora de las verdaderas aspiraciones de nuestro músico,
de su exigencia como creador, de la progresiva transformación de su pensamiento, del
desarrollo de su técnica, mucho más allá del teclado del piano. La partitura de Merlin
evidencia el formidable progreso de Albéniz en cuanto a escritura orquestal, cuyo
aprendizaje podemos ahora observar y comprender como una progresión continua, escalonada
y constante, desde las ingenuas obviedades de The Magic Ring, pasando por la
vitalidad de Henry Clifford hasta alcanzar los primeros frutos seguros de madurez
presentes en Pepita Jiménez (especialmente tras su segunda orquestación,
lamentablemente aún inédita) y definitivamente afianzados en Catalonia.
En Merlin hallamos no solamente la riqueza
armónica, la variada modulación y la gracia rítmica que es común con su obra
pianística de esos mismos años (La Vega, las canciones inglesas dedicadas To
Nellie, los primeros apuntes de Iberia), sino también un rico despliegue de
sutileza e imaginación en las texturas y los planos tímbricos y en los contrastes
dinámicos. La orquestación es sólida, sobreabundante si se quiere, pero ágil, eficaz y
de una rotunda nobleza. Si las atractivas danzas sarracenas de Nivian en el acto tercero
están en la línea del Albéniz más «ibérico» y luminoso, la imponente grandeza del
final del primer acto, con todo el elenco, el coro y la orquesta, no tiene parangón en
ninguna de las demás obras de Albéniz.
La audición de Merlin
deja bien patente el colosal esfuerzo intelectual del compositor por adecuar un texto
oscuro y poco grato, plagado de artificiosos arcaísmos y peligrosamente rígido y
reiterativo en su versificación. De ello se resiente alguna vez la frescura y la fluidez
de la melodía, ajena a toda fioritura, que ha de refugiarse en la claridad de la
declamación y que en muchos pasajes apenas consiste en poco más que breves motivos de
filiación inequívocamente wagneriana (muy notable uno de ellos, en la salida procesional
de la iglesia, al comienzo de la ópera, que es idéntico a la Friedensmelodie de Siegfried).
Albéniz utiliza el leitmotiv como
elemento unificador, como factor de cohesión estructural, lo que resulta aún más claro
en lo que dejó compuesto de Launcelot, la segunda ópera de la inacabada Trilogía
(la tercera, Guenevere, nunca llegó a los pentagramas) que debía constituir para
Money Coutts el correlato inglés de la saga germánica de los nibelungos y el fundamento
de la ópera nacional inglesa.
De igual modo que antes resaltábamos el valor
trascendental (y tan injustamente denostado) de este proyecto en la evolución del
compositor, es lícito también preguntarse si los resultados llegan a igualarse con la
magnitud del esfuerzo. Junto a sorprendentes innovaciones y refinamientos, junto a una
riqueza y fluidez de ideas de una asombrosa plasticidad casi cinematográfica, tal vez era
necesaria más experiencia en la integración y el desarrollo de los temas, mayor pericia
en la escritura orquestal, en ocasiones de una apabullante generosidad. Para alcanzar ese
Grial que Albéniz perseguía en su andadura artúrica aún era preciso más trabajo, más
depuración. Pero queda inequívocamente manifiesta la capacidad creativa y el pulso firme
y amplio con que el compositor la plasma en el pentagrama. Por lo demás, no es prudente
dejarse llevar demasiado lejos por la tentación de las comparaciones; Albéniz no era
Wagner, bien es verdad, pero tampoco aquella España suya de la crepuscular «honra sin
barcos» era la opulenta Baviera, ni Pedrell era Brahms, ni Cánovas era Bismarck.
Tampoco hay que empeñarse excesivamente en el referente wagneriano, claro y
nítido pero no exclusivo (ahí está, matizándolo, la disciplina Scholista de
Albéniz, su estrecha relación con Dukas y DIndy y su buen conocimiento y trato de
los compositores ingleses contemporáneos). Pero en todo caso no está de más recordar
que Albéniz compuso Merlin cuando tenía treinta y ocho años y que sólo viviría
apenas once más, mientras que la vida de Wagner fue veintiún años más larga que la de
Albéniz, y que fue durante ese período final de madurez cuando el maestro de Leipzig
compuso las obras más definitorias de su personalidad musical.
Para bien poco sirve tratar de imaginarnos qué
hubiese ocurrido con la música de Albéniz de haber contado con libretos más flexibles,
de haber podido experimentar más con la orquesta, de haber sentido el estímulo del
éxito sostenido en la escena, de haber gozado de diez, o quince, o veinte años más de
vida. No creo que nos hubiésemos quedado sin el prodigio de Iberia; pero aventuro
que tal vez las generaciones siguientes habrían tenido menos dificultades con el rancio
asunto de la «ópera nacional» en España. Se equivocaban quienes nos hablaban de Merlin
como sólo un inútil intento fracasado. Ahora podemos apreciarlo, y gracias al tenaz y
respetuoso esfuerzo para rescatar la partitura (algunas de cuyas páginas estuvieron
perdidas mucho tiempo, lo que dio lugar a varios intentos final y venturosamente
innecesarios de completarla) nos queda el testimonio vigoroso de un Albéniz
distinto, inédito, de sorprendente aliento universal que se proyecta muy por encima del
marco convencional y añejo que se le ha venido atribuyendo.
Ante casos tan flagrantes como el que nos ocupa, parece claro que deberíamos ir
pensado seriamente en revisar nuestras actitudes ante una historiografía autocomplaciente
y acrítica y los intereses que la sustentan. Como también sería saludable (más que
eso: obligado en un ámbito científico como es éste) ir cuestionando la honestidad y la
validez de determinados programas que, al amparo de un vago marchamo de recuperación
patrimonial, con indeseable frecuencia alteran, mutilan o falsifican las obras originales,
generan productos escandalosamente deficientes desde el punto de vista práctico o (sin
excluir necesariamente lo anterior) son un mero pretexto para operaciones de carácter
mercantil apenas maquilladas de cosmética musicológica. Pero ése es otro cantar, que
habrá que ir solfeando nota a nota; quede por ahora sólo la apabullante lección de este
Merlin sorprendente, vasto y noble del más grande de los músicos españoles de su
siglo.
* Partes
de este texto proceden del ensayo El huidizo Grial de Isaac Albéniz, escrito con
ocasión del estreno de la ópera en versión de concierto, que se celebró en Madrid el
20 de junio de 1998 en la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música. |
|
|
|

| Merlin |
| La
obra escénica |
| Portada del CVC |
| Obras de referencia | Actos culturales | Foros | Aula de lengua | Oteador |
| Rinconete | El trujamán |
| Enviar comentarios |
Centro
Virtual Cervantes
© Instituto Cervantes (España), 2001-. Reservados todos los derechos.
|
|