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... no arraigó de manera apreciable en su
ánimo la afición por los géneros de Iglesia, pues con la excepción del ya mencionado
Oratorio (el Cristo, del que jamás nadie ha encontrado el menor rastro) y luego (acaso
reencarnado parcialmente allí) algunas paginas de Pepita Jiménez, ni un solo
pentagrama salido de su pluma volvió a ocuparse de materia religiosa, o, al menos, eso es
lo que se podría afirmar hasta la presente ocasión, en que al variopinto catálogo de la
obra albeniciana ha de sumarse una composición polifónica a capella consistente en el
Salmo VI del oficio de difuntos...
Si la cita de Jacinto Torres, exhaustivo
investigador de los fondos musicales de Isaac Albéniz, cierra, en 1990, la puerta a la
música religiosa en su catálogo, José de Eusebio, en 1998, al recuperar la ópera Merlin,
editando la «Edición final un siglo después de su primera concepción», e
interpretándola y grabándola en versión de concierto, abría otra en la que aparece un
Albéniz interesado, como tónica estética de su tiempo, por el Canto Gregoriano. La no
afición por los géneros de Iglesia que suscribe el profesor Torres la traduciría yo por
la no necesidad de escribir música para la Iglesia, porque la música religiosa, en la
historia, se ha escrito por «obligación litúrgica», «por necesidad estética» o por
«compromiso» económico o afectivo. El Salmo «Miserere» de
Albéniz, su única obra religiosa conservada, es consecuencia de esta última razón:
firmada en «Madrid 24 de diciembre de 1885», dedicada «A la memoria de mi muy amado y
augusto protector S. M. el rey Alfonso XII», la composición es homenaje afectivo,
póstumo, al rey que había muerto el 25 de noviembre de ese mismo año. La obra, texto
número VI del Salterio de David, reglamentada como salmo de la segunda antífona de la
Vigilia de Difuntos, debió de cumplir función litúrgica en las honras fúnebres que,
desde la época de san Agustín, allá por el siglo IV, celebraba la Iglesia, por los
difuntos, a los 30 días de la muerte; en esta ocasión el tradicional «cabo de mes»
español de la muerte de Alfonso XII.
Una sola obra en el repertorio religioso de
Albéniz y una sola ocasión en la que nos muestra su postura estética ante la música
religiosa. Aquí, el interés de búsqueda no se debe al hecho de que Albéniz introduzca
fragmentos de Canto Gregoriano en el primer acto de su ópera Merlin que, por otra
parte, es caso único en la historia de la ópera, sino a la forma en que lo hace, al
criterio de seleccionar el material, al engarce historicista en la trama argumental, al
manejo de los sistemas modales medievales que es capaz de acompañar con el tutti
de la orquesta la monodia litúrgica y glosarla a continuación en uno de los coros más
grandiosos de toda la ópera.
Al
analizar el primer acto de Merlin da la impresión de que tanto el libretista,
Francis Money-Coutts, como el compositor han leído Le morte dArthur de sir
Thomas Malory, impreso,1485, en el taller de William Caxton; pero sus lecturas han sido
bien diferentes:
El libretista toma partido por un Arturo
londinense decimonónico, coronado en la amplitud de las naves de la emblemática Iglesia
de San Pablo. Adelantando la ceremonia, respecto de la narración de Malory y fuentes
anteriores artúricas, de Pentecostés a Navidad, rompe la tradición, nacida en la época
de los Plantagenet, a la cabeza Leonor de Aquitania, de que «... en la fiesta de
Pentecostés se lleva a cabo la coronación...» y olvida, al sintetizar en un breve acto
ocho capítulos de la novela, que si Pentecostés es la fiesta mágica del circulo
artúrico, Carlian, en Gales, es su centro vital por excelencia. Albéniz, admitido el
anacronismo ritual en la coronación, recrea musicalmente la escena en busca de una Edad
Media artúrica: si la coronación ha de ser en San Pablo, no será el San Pablo
anglicano, esa catedral renacentista, con campanarios barrocos, que construyera a finales
del siglo XVII sir Cristopher Wren; debía de ser el San Pablo gótico
que se derrumba en el siglo XVI, el San Pablo católico, testigo, en piedra, de la
permanencia ritual celta en una Edad Media que anda a caballo, en mutua influencia, entre
las Islas y el Continente.
Cuando
Albéniz lea en Le morte dArthur «... el Arzobispo de Canterbury, por
consejo de Merlin, mandó que todos los señores y gentilhombres de armas acudiesen a
Londres por Navidad... así pues, mucho antes de que amaneciese se hallaban todos los
estados en la más grande Iglesia de Londres, el libro francés no menciona si era o no
San Pablo, para rezar y una vez terminados los Maitines...», su breve experiencia monacal
en el monasterio benedictino de San Vicente de Salamanca entre cuyos muros, copiando a
Gabriel Laplane, «... se dedica, admitido como novicio, a la vida monacal, asistiendo a
los oficios conventuales y tocando el órgano para los religiosos...» le facilitaba
ubicar litúrgicamente la escena del primer acto: los Maitines de Navidad que, cantados
con toda solemnidad, precedían a la Misa del Gallo. Su compleja estructura queda
sintetizada por Albéniz en la forma más definitoria de toda festividad, el Himno; Y
así, la primera música vocal de su ópera Merlin será la monodia litúrgica de
ese Himno, interpretada por los «monks», tras la obertura, en el procedimiento más
puro, más auténtico, la monodia sin ropaje alguno instrumental, tal como la sintió, en
práctica, en los Oficios de su monasterio de San Vicente.
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En la elección melódica para el Himno se nos
muestra, también, un Albéniz ensoñando autenticidad. Lo más próximo a su época, a su
formación, a su ambiente eran las fuentes de Canto Gregoriano carolingias, de tradición
romana que, en esos años, los monjes de Solesmes, en primer plano dom Pothier y dom
Gontier, copiaban y ensayaban práctica de vuelta estética a la Edad Media. De ambas
vertientes de investigación poseía Albéniz sendas primeras ediciones. En lo teórico,
el dogma gregorianista de la época, Les Melodies Gregoriennes dapres la
Tradition, Broché, 1881, de Joseph Pothier. En la interpretación litúrgica, el Liber
Gradualis Juxta Antiquorum Codicum Fidem, ex tipographico Sancyti Petri, 1885, en
edición preparada por los monjes de Solesmes. Ambos ejemplares se conservan en la parte
de la biblioteca de Isaac Albéniz que guarda el Museu de la Música de Barcelona y las he
tenido en mis manos junto al resto de fuentes gregorianas utilizadas en Merlin
gracias a Judit Bombardó, que mima, en el museu, las pertenencias
bibliográficas del compositor. Y el movimiento solesmense calaba, sobre todo en París;
su círculo musical, los amigos de Albeniz,Guilmant, Lavignat, Fauré... incrustarán en
sus obras, no sólo la estética gregoriana sino la teoría rítmica de Solesmes. En
España, las enseñanzas de Felipe Pedrell, los consejos del amigo de Isaac, amistad de la
que habla el padre Villalba, Eustaquio de Uriarte, el primer español que trabaja en una
reconstrucción del Canto Gregoriano, siguieron idéntica orientación. Pero, sin duda, la
relación más estrecha con su «vuelta a la Edad Media» se la deba Albéniz a François
Gevaert: cuando estudia con él en Bruselas, enviado allí, con una beca, por el conde
Morphy, el maestro belga está gestando sus investigaciones sobre «Modalidad Antigua»
griega y medieval, «Orígenes del Canto Litúrgico» o las características de la
«Melodía Antigua». Pese
al panorama de influencias ambientales, Albéniz desecha, para su Merlin, la
tradición litúrgica del Continente y recurre al repertorio más próximo al Arturo
histórico-legendario: el Rito Sarum, esa liturgia heredera de la tradición celta, con
influencias romanas que si fue bautizada con el nombre de la Catedral de Salisbury,
originariamente mítico centro de la mística druida, su práctica impera por todo el mapa
artúrico: en Gloucester entre cuyos muros se conserva una «Mesa Redonda»; en
Winchester, bien próximo a Camelot; en Almesbury en uno de sus monasterios fue
abadesa Guinevere, ya viuda de Arturo; o en Glastombury: en su cementerio viejo
yacen, en sarcófago piramidal, Arturo y Guinevere...; luego, a partir del siglo XIV se
extenderá por toda Inglaterra siendo aceptado por la Reforma Anglicana en su Breviarium
Sarum.
La elección salisburiense sorprende por atípica en el
repertorio operístico artúrico: Richard Wagner a quien Merlin debe mucha
inspiración, no lo había hecho, disculpado, quizá, por su búsqueda literaria en el
germánico Wolfran von Eschenbach. Tampoco lo haría el inglés Rutland Boughton, que
compone sobre temas artúricos y proyecta la construcción en Glastombury de un
teatro-santuario para la representación exclusiva de dramas ingleses. Y Albéniz, de
formación fundamentalmente continental, lo hace: su biblioteca guarda, junto a las
ediciones solesmenses de Canto Gregoriano, un ejemplar con música de la Liturgia Sarum:
HYMN, MELODIES FOR WHOLE YEAR FROM THE SARUM
SERVICE BOOKS. Together With. SECUENCES FOR THE PRINCIPAL SEASONS ET FESTIVALS. Printed
for the plaisong et Medieval Music Society. London MDCCCXCVI.
La obra salisburiense está editada al estilo de
los «Intonarios» medievales y renacentistas. Se copia, tan sólo, la melodía del Himno
que, en la práctica anual litúrgica se acoplará a los textos de diversas festividades.
En la página XXII de la «Tabla» índice alfabético aparece, manuscrita a
lápiz, un aspa sobre la línea del texto «Veni Redemptor» con llamada, también en
aspa, en el margen inferior que escribe: «Is one the hymn in K.A.». Y, efectivamente, en
la página 7 del contenido musical, con el n.º 25 se encuentra la melodía del Himno que
Albéniz utiliza para el primer verso que los «Monk» interpretan a capella; «In
Nativitate Domini» concreta el original.
El texto compuesto en octosílabos yámbicos por
Ambrosio de Milán hacia finales del siglo IV, se había impuesto como himno popular para cantar la
Navidad, no sólo en Milán, sino también en Cartago; Agustín de Hipona glosa su
práctica en un sermón, y en Roma, en el siglo V, el Papa Celestino I aun recuerda
que «... desde los tiempos de San Ambrosio, en el día del Nacimiento de Nuestro Señor
Jesucristo, todo el pueblo cantaba al unísono VENI REDEMPTOR GENTIUM». La tradición
navideña pasará de Roma a Inglaterra de la mano de aquellos monjes continentales que en
el siglo VI el papa Gregorio el Grande envía para evangelizar las
islas británicas.
Cuando Albéniz pone música al Himno de Navidad
para el primer acto de su Merlin se aventura a realizarlo al margen de la
ortodoxia, aunque mantenga fuentes inglesas: Desde sus orígenes la composición de un
Himno había utilizado el procedimiento de la «repetición»; la melodía de la primera
estrofa se repite, silábicamente, en las restantes. En Merlin la intención de
variedad dramática y no la función litúrgica impulsa a Albéniz a utilizar para su
Himno cuatro melodías diferentes, calcadas, nota por nota, del original, sintonizadas,
eso sí, por una misma modalidad; en el original, el primer modo, en la práctica de Merlin
un modo menor, porque las cuatro melodías se verán transportadas en función del
ambiente orquestal que antecede o precede a la monodia litúrgica.
Al igual que el primer verso, «Veni Redemptor», el segundo, «Egressus eius a Patre» lo extrae
también de la Liturgia «Sarum», editado en su Himnario con el n.º 35. Su melodía no
pertenece a la Liturgia del Tiempo de Navidad sino entre otras, a las fiestas de
Mártires. Su construcción, en yambos octosílabos le permite, sin ninguna dificultad,
adaptarla a los versos, también octosílabos, también yámbicos, del Himno navideño.
Y si Albéniz ha echado mano del himnario
salisburiense para los versos que interpretan los «monks» a capella, cuando lo
hagan acompañados de la orquesta recurrirá al folclore religioso inglés: el tercer
verso, «Aequalis Patri» que primero interpretan los «monks» doblados por la orquesta y
repite el gran coro, con dramáticas variaciones mientras el Arzobispo de Canterbury
bendice a un Arturo coronado, lo tomará de la colección editada en Londres,1893, CHAPELL
WOLD ENGLIST POPULAR MUSIC, que Albéniz tiene en su biblioteca de Barcelona.
La última intervención no es melodía hímnica, ni siquiera litúrgica: es un
remedo de letanía, un breve esquema silábico que se repite en cada uno de los cuatro
hemistiquios de la estrofa «Praesepe iam fulget». Las voces agudas y graves de los
«monks», a la octava, al estilo de la «cuerda toledana», apoyados en acordes por la
orquesta dan paso, en cita de Jacinto Torres «... a la imponente grandeza del final del
primer acto, con los seis solistas, el coro y la orquesta que no tiene parangón en
ninguna de las demás obras de Albéniz».
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