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No hay en la historia de la música española una ópera
con tanta ambición internacional y musical como Merlin sobre todo si hablamos
principalmente del siglo XIX y primera mitad del XX. Todo el arte español del
romanticismo, de todos los post-romanticismos, estuvo, hasta no hace mucho, muy
determinado por el nacionalismo. Merlin se quiere escapar de ese tópico. Y no
quiero decir con esto que otras obras de índole puramente nacionalista merezcan menor
respeto, sino que Merlin representa, mejor, hubiera representado, de estrenarse en
vida de su autor, esa ligazón que faltó en ciertas épocas con Europa.Dije en otra ocasión que si Merlin se hubiera
estrenado en vida de Albéniz muy probablemente la historia de la música española
hubiera sido otra al comenzar el siglo XX. Puedo estar exagerando, pero no lo creo así. Pienso que
el verdadero nacionalismo de Albéniz quería entroncarse, especialmente al final de su
vida, con la gran tradición lírica centro-europea, quería ser «internacional». Pienso
también que esa faceta sólo ha permanecido oculta gracias a los propios españoles,
quienes, aún hoy, seguimos siendo los únicos que ponemos reparos a la recuperación del
Albéniz lírico. Hemos de felicitarnos, pues, porque hayan sido otros compatriotas,
guiados por la Comunidad de Madrid, quienes hayan logrado la recuperación discográfica y
editorial de nivel internacional de su faceta lírica.
El libreto de Merlin,
perteneciente a la trilogía King Arthur, tres dramas líricos basados en Le
Morte dArthur, de Sir Thomas Malory, fue escrito por Francis Burdett
Money-Coutts, quien terminó así mismo la redacción de las otras dos óperas que
completaban el ciclo: Launcelot y Guenevere. Es, pues, Merlin la
primera parte de un complejo entramado lírico diseñado por Coutts para establecer o
fundar la ópera nacional inglesa en paralelo a lo que Wagner había conseguido con Der
Ring des Nibelungen. Desafortunadamente, a día de hoy, no podemos afirmar que existan
restos de la música de Launcelot suficientes para garantizar su recuperación
total, y no contamos con material musical alguno relacionado con Guenevere.
Albéniz, que tenía que cumplir con diversos
lazos económico-artísticos con Coutts (siempre confusa esta relación de amistad),
dispuso una partitura extremadamente ambiciosa para la época y procedencia del maestro
español. Compuesta en tres actos, presenta una orquestación que aún hoy me sorprende.
Como pequeños ejemplos baste con mencionar el bouché requerido a la trompeta
primera en el preludio, o el uso compulsivo de los entonces recientemente inventados
timbales cromáticos, que roza su impracticabilidad técnica.
Merlin fue terminada, en su versión de
canto y piano, aproximadamente en 1898. Su orquestación fue acometida de inmediato por
Albéniz, quien en 1901 ya había enviado la totalidad de la partitura a su editor, para
que se comenzase la grabación de las planchas para su impresión. La versión orquestal
definitiva, tras algunas revisiones, estuvo lista entre 1901 y 1902. A partir de ahí,
Albéniz inicia una desenfrenada carrera para poner en escena su nueva ópera. Nunca lo
consiguió, aunque sí se tocase el Preludio de la ópera en varias ocasiones y por
diversas agrupaciones orquestales y directores (incluyendo al propio Albéniz como uno de
ellos).
Como datos históricos complementarios, hemos de
mencionar las aportaciones que autores como Jacinto Torres [1]
y Walter Clark [2], entre otros [3],
han publicado en varias ocasiones. El estudio de los textos citados es imprescindible.
Como mera información casual, mencionemos que Merlin se escuchó, en versión de
canto y piano, en Bruselas, el 13 de febrero de 1905. Albéniz, que tocó la parte
orquestal al piano, organizó esta velada en casa de los Tassel intentando aprovechar el
tirón del éxito que entonces tenían en el Théâtre de la Monnaie su ópera Pepita
Jiménez y su zarzuela San Antonio de la Florida [4],
para conseguir allí la representación escénica de Merlin. No lo consiguió. |

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Tan
sólo en 1950, el Club de Fútbol Junior «estrenó» en Barcelona, Merlin. Pero lo
hizo en una traducción al español que ellos mismos redactaron, y con numerosos cortes,
por lo que podemos afirmar que el estreno en versión original escenificada de Merlin
aún está pendiente. El Club de Fútbol Junior realizó, a indicación del maestro José
Sabater, al menos cuatro grandes cortes en la ópera, y manipuló el final del tercer
acto, indicando, en una graciosa nota manuscrita, tanto en la partitura del director como
en las particelas, que se dirigieran «al coro final del 1er. acto, medio tono
bajo», inscripción que aparece en el quinto compás del número de ensayo 276 del tercer
acto de la partitura. Por ello, cuando por fin se produzca, en un futuro que espero y
deseo sea breve, se debe considerar una representación escénica de Merlin en su
lengua original (inglés) y sin cortes en el texto ni en la orquestación, como verdadero
estreno absoluto de la obra. Sin embargo, a día de hoy no podemos anunciar fecha exacta
de este acontecimiento.Sensualidad en
la Tabla Redonda
En la grabación de Merlin para el sello
discográfico Decca, de reciente aparición, se puede escuchar un pequeño coro de
contratenores que cantan el rol de los Gnomos. En 1998, con ocasión del estreno en Madrid
de la versión original inglesa de Merlin, utilicé una escolanía para el
mencionado papel. No conozco a
ningún Gnomo, pero me han dicho que son bajitos. No obstante, durante una de las primeras
reuniones de producción que tuve con el productor de la grabación de Merlin para
Decca, Michael Haas, surgió una sana y jocosa discusión acerca de la sexualidad de los
Gnomos. En la trama de Merlin, Gnomos y Doncellas (Maidens), realizan algún
requiebro un tanto cercano a lo sensual, por ser fino y hablar a medias. El «ah»
repetido por las Doncellas desde el bosque pone punto y final a una escena que, ya desde
el comienzo del acto tercero, adquiere en su texto puntos de inflexión un tanto picantes
para la época (quizás más para los tiempos de Albéniz que para los del rey Arturo...).
Habiendo realizado ciertas
objeciones a que este argumento lo sostuvieran niños en escena (lo más parecido al
tamaño que dicen tienen los Gnomos guardando la tesitura de la escritura vocal), Michael
Haas sugirió el uso de contratenores. No es una solución final, es casi un juego
dialéctico, pero me pareció una decisión muy acorde con el resto de sorpresas que nos
deparaba Merlin. Los Gnomos saldrían de la gruta, que no del armario, para
perseguir a las doncellas en el bosque y nadie tendría mala conciencia de ninguna clase.
Albéniz no especifica qué voz quiere para lo Gnomos, y esa ambigüedad nos daba
oportunidad de especular con ello.
Reincidiendo en asuntos de sexualidad, leamos una
cita del mencionado y espléndidamente documentado libro de Walter Clark, en la que el
libretista, un ahora pudoroso Francis Coutts, instruye a Albéniz:
«Es muy importante para mantener la idea
estricta de la ópera que Nivian coja la varita [mágica, se entiende] de Merlin
sin ninguna persuasión sexual en absoluto. Un episodio tan desagradable, de cualquier
manera inevitablemente imaginado por las mentes francesas, arruinaría la ópera en
Inglaterra, además de ser contrario al argumento de la misma, argumento que implica que
Nivian actúa meramente bajo las directrices de Morgana, con el único objetivo de ganar
su libertad, y que Merlin se refiere a ella como niña, y por esa razón está
bastante lejos de su alcance.»
Clark añade un comentario pernicioso: «Coutts,
evidentemente, no estaba muy familiarizado con Freud, o habría visto que, incluso sin persuasiones
sexuales, el que Nivian cogiera la varita de Merlin acarreaba una pesada
connotación erótica».
Merlin, ¿una ópera española?
Regresemos a realidades menos placenteras. Un
ilustre maestro, muy español, me preguntó en la cena posterior al estreno de Merlin
en Madrid, junio de 1998: ¿de verdad crees que Merlin es una ópera española?
Todavía no lo sé. Un crítico apuntó
entonces algunos datos: Merlin fue escrita por un autor español, nacido en
Cataluña, que utiliza un libreto inglés para componer una ópera basada en un mito
medieval británico, utilizando canto gregoriano en su estado más puro, construyendo la
obra con el elemento germánico por excelencia entonces, el leitmotiv, mientras
vive en Francia y, a mi entender, se autoproclama por su obra como uno de los fundadores
del impresionismo. Si a este panorama añadimos que en su tierra hicieron todo lo posible
por inhabilitar su labor más ambiciosa y, hasta ahora, casi oculta al gran público, es
decir, la lírica, tendremos una perspectiva más real de por qué tengo todavía serias
dudas acerca de qué nacionalidad tiene Merlin. En mi interior, sé que no
pertenece a nadie, y menos cuando uno analiza por qué ha estado tanto tiempo oculta [5].
Sea como sea, por un descubrimiento y por una
recuperación del patrimonio cultural de este calibre, deberíamos movilizar a un país
entero. No exagero, Merlin debería ser primera página en periódicos y cabecera
de telediarios. Esto ocurriría en Francia, en Alemania, en Gran Bretaña, en Austria, y
quizás en Italia, pero ellos juegan en primera división en cuanto a infraestructuras
culturales, mientras que nosotros, teniendo quizás más patrimonio que muchas de esas
naciones juntas, y aún disfrutando de un impresionante crecimiento en esas mismas
infraestructuras en los últimos 20 años, no solemos hacernos oír a menudo más allá de
los Pirineos. ¿Por qué?
Entre otras muchas causas, faltan los medios
discográficos, locales, y con difusión y poder internacional fuerte; carecemos, además,
de capacidad de proyección informativa a nivel internacional, y, sobre todo, sobran los
enormes complejos que seguimos acumulando.
¿De dónde salió este Merlin?
Tengo una clara y decidida vocación de inconformista. No
me bastaba, hace ya cuatro años, con saber de boca de mi querido maestro Guillermo
González las historias internas y externas que rodeaban al mito de Merlin. Gracias
maestro. Tampoco me bastaban las siempre ilustradas charlas mantenidas entonces con
Jacinto Torres, que me dieron una amplísima información documental. Con esa
información, completé personalmente un camino que, aunque parezca increíble, no se
había recorrido en los últimos cien años. Gracias. En su tiempo, no me conformé con la
llamada inesperada de Andrés Ruiz Tarazona, para proponerme un concierto en el que se
estrenara Merlin en versión de concierto, en su lengua original inglesa. Gracias,
Andrés. Gracias Rosa Basante.
No conseguí Merlin en una tienda de
fotocopias, ni lo compré en una tienda de segunda mano. Merlin supuso casi dos
años de intenso trabajo, cuya última fase duró unos siete meses encerrado frente a un
ordenador, escribiendo nota a nota una partitura que nadie antes había querido rescatar.
Parte de la historia de la recuperación personal que realicé de la ópera Merlin
se narra en el otro artículo con el que colaboro en éstas páginas: «La Excálibur de Albéniz».
Un nuevo cuadro de Velázquez
Cuando una administración recauda impuestos,
estoy seguro de que sabe para qué y en qué se ha de gastar el dinero de cada
contribuyente. El problema viene
cuando uno no reconoce casi ninguna actividad pública para la cual hubiera destinado
algún dinero del que recibe. En este caso, y en otros, tengo que felicitar públicamente
por su actuación directa de la administración de la Comunidad de Madrid; no conozco
ninguna otra actividad musical realizada por una administración pública española que
vaya a tener la transcendencia internacional e histórica que la que tiene y tendrá la
recuperación de Merlin.
En su día dije que en el momento en que pude
recuperar los materiales que me permitieron recomponer el rompecabezas en que se había
convertido Merlin, sentí que aquella obra era tan importante como si hubiera
conseguido rescatar un Velázquez inédito, un Cervantes desconocido, o las ruinas de la
Atlántida. Pero también he de decir que aguanté todos aquellos meses de brutal encierro
sólo porque, en una gestión muy personal, la Comunidad de Madrid, entonces con un equipo
que hoy se encuentra en muy variados destinos, y hoy, con el equipo actual encabezado por
Alicia Moreno, José Antonio Campos y Manuel Aguilar, permitió que el camino a seguir
fuera practicable. Merlin se dirige al sitio más alto que el pobre Saco
hubiera podido soñar, si exceptuamos el pequeño detalle de ver un estreno digno de su
ópera en el escenario. Pero eso es otra historia.
El 20 de junio de 1998, se estrenó Merlin
en el Auditorio Nacional de Madrid. Cuando bajé la batuta y tocamos el último acorde,
exhausto, vi con asombro la cara de los profesores de la O.S.M. que, a su vez, miraban
fijamente a una audiencia puesta en pie casi antes de que me diera la vuelta para saludar.
Cuando el Presidente de la Comunidad visitó los camerinos, una de las pocas palabras que
le entendí (en ese momento estaba rodeado por unos cincuenta niños de la Escolanía
Nuestra Señora del Recuerdo) fue algo así como: «esto hay que grabarlo». Estoy seguro
que dijo alguna palabra más, pero ni las entendí, ni estaba para muchas bromas. Cuál no
sería mi sorpresa cuando a la semana siguiente una tal María Gil me llamó y me informó
que era la designada para coordinar la grabación de Merlin. Y lo que dijo
inmediatamente después me asombró aún más: «¿Qué necesitas para grabar Merlin?».
Hoy puedo afirmar que sin su gestión nada de esto hubiera sido posible.
Quiero agradecer a quien haya recaudado
últimamente mis impuestos, porque al fin han logrado hacer con ellos algo que presiento
va a pasar a la historia de la música española, de la cultura. Es como si hubiésemos
colgado ese nuevo Velázquez en la mayor y mejor pinacoteca del mundo, como si hubiésemos
publicado ese Cervantes en 50 idiomas distintos a la vez, como si súbitamente hubiésemos
descubierto que las sociedades han de dejar alguna herencia cultural para la historia, y
que en ese pequeño deber, consiguiésemos poner la pieza que faltaba del rompecabezas de
la obra de Albéniz. Albéniz será otro después de Merlin. |

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Estreno en escena de MerlinMerlin
ha de pasar al repertorio internacional en cuanto se estrene en escena. Aquel teatro que
consiga el beneplácito del editor para realizar su estreno, y ya hay alguno que a nivel
Europeo se ha dirigido a la Editorial Piles por escrito para ello, pasará también a la
historia de la ópera.
¿Cuántos teatros pueden hoy presumir del estreno de una ópera de un compositor tan
internacional como Albéniz en el siglo XXI? Pero además, estoy seguro de que una producción de
nivel tan alto como la que hemos conseguido a nivel discográfico, sería un buen negocio
para cualquier teatro, absolutamente exportable y descaradamente atractiva para el mercado
internacional. ¿Dónde se estrenará Merlin? No lo sé. Pero sí sé que se
dilucidará en los próximos meses y que el editor accederá únicamente a aquel proyecto
que le ofrezca las mayores garantías de calidad, internacionalidad y objetividad textual.
Algo sí es seguro, Merlin abre las
puertas del Albéniz hasta ahora oculto. Ahora toca interpretar, producir, grabar y
promover a fondo (el marketing también cuenta en música) su obra, y en particular su
obra lírica. Puedo afirmar que esta grabación irá seguida de otras que completen su
catálogo discográfico operístico actualmente inexistente. Así me lo ha sugerido
nuestro productor, Michael Haas, a cuya labor en esta grabación es difícil ponerle
adjetivos, y, en algún momento, la propia casa discográfica. Es una misión que como
intérprete, me planteo como principal objetivo de mi carrera. Si sólo queda esto de mí
actividad como director, es decir, la recuperación de la figura lírica de Albéniz en el
catálogo discográfico internacional, y su reposición teatral consiguiente, habré
conseguido al menos dejar una pequeñísima huella en la música de la civilización que
me ha tocado vivir.
Por ahora, me siento muy orgulloso de haber
contado con la confianza de la Comunidad de Madrid para dirigir a un elenco de cerca de
300 personas, en un Auditorio Nacional cuyas salas y camerinos ocupamos con una actividad
de 12 a 14 horas diarias entre reuniones de producción, ensayos de piano, parciales de
los coros, pruebas acústicas, ensayos de orquesta, y, finalmente, doble sesión de
grabación diaria. El auditorio, cedido por el I.N.A.E.M. que entonces dirigía Tomás
Marco, llegó a solicitar, por motivos de seguridad, una identificación a cada miembro
del impresionante elenco artístico. Esto, y los suculentos «Merlin-dollars» (que
servían para tomar una buena tila y malcomer algún bocadillo) añadía un toque
particular a todo el despliegue de medios técnicos que Universal desplazó en un trailer
que requería de un permiso especial para circular a ciertas horas por Madrid.
Gracias a los técnicos de Universal (Deutsche
Grammophon), y en especial a Stephan Flock. La semana que pasé en
Hannover, en los estudios de la Emil-Berliner Haus, realizando la mezcla final junto con
el productor, Michael Haas, estuvo llena de los momentos musicalmente álgidos, y esto es
difícil cuando uno está rodeado de la última generación de ordenadores y mesas de
edición musical. Todo el equipo no dejaba de asombrarse de lo que allí oíamos,
atrayendo la atención de cuantos ingenieros de sonido pasaban cerca de nuestro estudio:
«¿qué suena?».
Nada más. Uno cree que ha cumplido con su deber
de intérprete comprometiéndose con el repertorio de su propia cultura. Creo que un
director de orquesta posee una posición de liderazgo musical que ha de ejercer, aunque,
desafortunadamente, casi siempre usamos esta facultad en beneficio propio. La pregunta de
por qué Merlin no había sido rescatada antes es hoy secundaria. Merlin es
una realidad.
Estoy muy orgulloso de haber colaborado en esta
empresa comenzando con sólo la ilusión como arma. La ilusión siempre está ligada al
deseo, y éste está muy cerca del conjuro. Y así me gusta terminar mis escritos sobre Merlin,
con el conjuro de su «bruja» protagonista, Morgana. Espero que con él, Merlin
recupere el espacio perdido para la ópera española en el gran periodo comprendido entre
el XIX y primera mitad del XX. Espero que Albéniz sea colocado, finalmente, en el
sitio que le corresponde. Deseo que esta serie discográfica continúe, sacando a la luz
el resto de las óperas albenicianas, y en eso estamos ahora. Invoco a todas las lunas
llenas de Camelot para que consigan que el conjuro con que finaliza esta ópera se
convierta en realidad: «So be it, princess of Hell» (Que así sea,
princesa de los infiernos). |
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| NOTAS: |
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1. Jacinto Torres, «El huidizo Grial de Isaac Albéniz».
Notas al programa de mano para el estreno de Merlin en versión de concierto, en el
Auditorio Nacional de Madrid, 20 de junio de 1998, extractadas
parcialmente en estas páginas.
2. Walter
Aaron Clark, Isaac Albéniz: Portrait of a Romantic, New York: Oxford University
Press, 1999. 
3. También
hemos de mencionar los escritos de autores como Clifford Bevan, Marta Falces Sierra,
Enrique Franco, Antonio Iglesias, Andrés Ruiz Tarazona, el texto aún no publicado de
Justo Romero y Frances Barulich, y un cada vez mayor número de contribuciones al nuevo
estudio de la obra albeniciana. |
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4.
De la que el I.C.C.M.U., tras el hallazgo realizado por Emilio Casares en Cuba de un juego
de materiales orquestales pertenecientes a la orquestación original de Albéniz, me ha
encargado su edición, que aún se encuentra en progreso. 5.
Andrés Ruiz-Tarazona escribe, de manera apasionada, en Melómano una tesis
absolutamente españolista al respecto, tesis que no es contraria en absoluta a la mía.
Mantengo la españolidad de Albéniz a través de su universalidad. No obstante, la
discusión puede ser eterna, y la política cultural histórica de España no ayuda nada
para la aclaración de la voluntad de este país de adoptar definitivamente a Albéniz.
Algo ha cambiado, pero queda tanto camino por recorrer que aún no se ve el final. |
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