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A su manera, el ciclo de la metamorfosis es también el de una aventura perdida. Podemos creer con Bernardo Ezequiel Koremblit que Alejandra deja el testimonio común a cualquier poeta comprometido con la vida y la lírica: «nuevas fases vienen a significar nuevas creencias y no, como en el campo meramente intelectual, abjuraciones de las precedentes» (Todas las que ella era. Ensayo sobre Alejandra Pizarnik, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1991, p. 36). Quizá por ello estos versos borran la distancia con otros escritos en décadas posteriores y apuntan hacia una esencia que nunca abandonará a su autora. En cierto modo, se trata de «escribir sobre la escritura misma. En relieve, en hueco: cálamo, buril, cincel, diamante. Con las cifras y las agujas del tiempo. Sobre la tierra, con la horca o la rastra. Sobre la madera, con el cortaplumas y la flecha. Sobre el espacio, con la espada. (...) Sólo por el movimiento, por la incisión» (Silvia Baron Supervielle, La línea y la sombra, traducción de Eduardo Paz Leston, Valencia, Pre-Textos, 2003, p. 107). Cuando, al paso
de los años, Alejandra pierde la fe en la palabra poética y la esperanza vinculada a ella, la palabra «no puede
hacer otra cosa que interrogarse sobre sus propios límites, mostrando de ese
modo su propia ineptitud para la tarea que se había propuesto» (Anna Soncini,
«Itinerario de la palabra en el silencio», Cuadernos Hispanoamericanos,
sup. Los complementarios, n.º 5, mayo de 1990, p. 14). La grieta entre poesía y
realidad se agranda, y las tensiones, se resuelven, de nuevo, analizando y
regenerando los daños. Acaso Pizarnik no hizo otra cosa en su retrospectivo
anhelo. Con la mirada vuelta hacia la pureza infantil, ensayó un tipo de
operación que «es de microcirugía, como cabe para la letra de lo mínimo, y
consiste en reparar zonas necrosadas, bloqueos del decir, parálisis y depresión»
(Tununa Mercado, Narrar después, Rosario, Beatriz Viterbo |
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