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Si no exactamente una cosmogonía, el escritor advierte en este símbolo el perfil de la trascendencia. En un grado menor, Alejandra utiliza esta cualidad de su árbol en provecho de la evocación: «He dado el salto de mí al alba. / He dejado mi cuerpo junto a la luz / y he cantado la tristeza de lo que nace». (Ídem, p. 201). Lógicamente, Pizarnik sabe que Eros conduce a Tánatos. De ahí que ambos, a través de ella, nos confundan con su sombra: «Estos huesos brillando en la noche, / estas palabras como piedras preciosas / en la garganta viva de un pájaro petrificado, / este verde muy amado, / este lila caliente, este corazón sólo misterioso». (Ídem, p. 205). En consecuencia, el panorama funerario se colorea y adquiere el cromatismo de un lienzo. Lo alienta una serie de referencias pictóricas; y es que, a modo de epígrafe, Wols, Goya y Klee participan en la ilustración de este recorrido que concluye en el interior de «un agujero en la noche / súbitamente invadido por un ángel». (Ídem, p. 213). Ese agujero angelical, por afinidad, nos recuerda aquel callejón sin salida que tanto inquietaba a Georges Bataille. Una oquedad donde «toda posibilidad se agota, lo posible se hurta y lo imposible causa estragos». Dicho de otro modo por el filósofo: «Estar frente a lo imposible exorbitante, indudable cuando ya nada es posible es, a mi modo de ver, hacer una experiencia de lo divino; es lo análogo de un suplicio» («La experiencia interior», El aleluya y otros textos, prólogo, selección y traducción de Fernando Savater, Madrid, Alianza Editorial, 1981, p. 16). Por algo el propio Paz, desde la atalaya de su preámbulo, nos habla de un suplicio simbólico para interpretar esa materia que, en definitiva, constituye el mito sentimental, contradictorio y múltiple de su amiga Alejandra. |
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