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La
carta a los bibliotecarios rurales que redactó María Moliner y que se
publicó en Valencia en 1937 como prólogo a las Instrucciones para el
servicio de pequeñas bibliotecas, es una de esas joyas de la
literatura que andan escondidas en archivos casi olvidados. Su prosa
sencilla y ordenada está llena de la belleza funcionalista que consigue
el autor pulcro que no pretende nunca ser artista, pero que escribe a
golpe de latido de su corazón, sin mediar artificio alguno y cumpliendo, además, con el precepto sagrado de respetar la inteligencia del
lector, aun en los momentos más duros de la vida.
¿Escribió María Moliner esa carta ya en plena
guerra civil? ¿La tenía preparada antes de su estallido, como texto
pensado para orientar a los bibliotecarios rurales en el marco de las
Misiones Pedagógicas que creó la República apenas un mes después de
haberse proclamado? El hecho es que aparece en 1937 y, para los lectores
de hoy, el contexto de la tragedia nos lleva inevitablemente a dotarla
de un valor de especial compromiso.
Cuando el ejército insurrecto del general Franco
avanza contra las milicias leales al gobierno legítimo de España, María
Moliner —mujer y bibliotecaria valiente— alienta a su pacífica tropa de
bibliotecarios rurales para que reafirmen su compromiso con los lectores
y con los libros, porque piensa que la locura colectiva que asola a su
querida España es fruto de la ignorancia y de la injusticia —también
cultural— que discrimina secularmente a gran parte del pueblo. El
entusiasmo de su palabra nace del ayuntamiento moral entre la ciencia
posible de médico rural que María Moliner aprendió de su padre y la fe
en «la capacidad de mejoramiento espiritual de la gente», y su mensaje
suena como un emocionante canto de confianza en el ser humano y de
esperanza en medio del horror de los horrores, esa guerra absurda y
fraticida que desangró a España y que marcó a una y más generaciones de
españoles.
María Moliner sufrió la represalia del
ostracismo porque se comprometió con la República constitucional, pero
su espíritu, como el de todos aquellos que lucharon por una causa justa
y perdieron, no ha muerto ni morirá jamás, porque renace en el corazón
de cada humilde y pacífico encargado de biblioteca que cumple su misión
de ayudar al usuario despistado, o incluso al airado, a encontrar su
propio mejoramiento espiritual a través de «esas ventanas maravillosas
que son los libros». |

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A los bibliotecarios
rurales
(*)
Estas Instrucciones van especialmente
dirigidas a ayudar en su tarea a los bibliotecarios provistos de poca
experiencia y que tienen a su cargo bibliotecas pequeñas y recientes.
Porque, si el éxito de una biblioteca depende en grandísima parte del
bibliotecario, esto es tanto más verdad cuanto más corta es la historia
o tradición de ese establecimiento. En una biblioteca de larga historia,
el público ya experimentado, lejos de necesitar estímulos para leer,
tiene sus exigencias, y el bibliotecario puede limitarse a satisfacerlas
cumpliendo su obligación de una manera casi automática. Pero el
encargado de una biblioteca que comienza a vivir ha de hacer una labor
mucho más personal, poniendo su alma en ella. No será esto posible sin
entusiasmo, y el entusiasmo no nace sino de la fe. El bibliotecario,
para poner entusiasmo en su tarea, necesita creer en estas dos cosas: en
la capacidad de mejoramiento espiritual de la gente a quien va a servir,
y en la eficacia de su propia misión para contribuir a este
mejoramiento.
No será buen
bibliotecario el individuo que recibe invariablemente al forastero con
palabras que tenemos grabadas en el cerebro, a fuerza de oírlas, los que
con una misión cultural hemos visitado pueblos españoles: «Mire usted:
en este pueblo son muy cerriles: usted hábleles de ir al baile, al
fútbol o al cine, pero... ¡A la biblioteca...!».
No, amigos bibliotecarios, no. En vuestro
pueblo la gente no es más cerril que en otros pueblos de España ni que
en otros pueblos del mundo. Probad a hablarles de cultura y veréis cómo
sus ojos se abren y sus cabezas se mueven en un gesto de asentimiento, y
cómo invariablemente responden: ¡Eso, eso es lo que nos hace falta:
cultura!
Ellos presienten, en efecto, que es cultura
lo que necesitan, que sin ella no hay posibilidad de liberación
efectiva, que sólo ella ha de dotarles de impulso suficiente para
incorporarse a la marcha fatal del progreso humano sin riesgo de ser
revolcados: sienten también que la cultura que a ellos les está negada
es un privilegio más que confiere a ciertas gentes sin ninguna
superioridad intrínseca sobre ellos, a veces con un valor moral nulo,
una superioridad efectiva en estimación de la sociedad, en posición
económica, etcétera. Y se revuelven contra esto que vagamente comprenden
pidiendo, cultura, cultura... Pero, claro, si se les pregunta qué es
concretamente lo que quieren decir con eso, no saben explicarlo. Y no
saben tampoco que el camino de la cultura es áspero, sobre todo cuando
para emprenderlo hay que romper con una tradición de abandono conservada
por generaciones y generaciones.
Tú, bibliotecario, sí debes saberlo, y
debes comprenderles y disculparles y ayudarles. No es extraño que una
biblioteca recibida con gran entusiasmo quede al poco tiempo abandonada
si se la confía a su propia suerte: no es extraño que el libro cogido
con propósito de leerlo se caiga al poco rato de las manos y el lector
lo abandone para ir a distraerse con la película a cuya trama su
inteligencia se abandona sin esfuerzo. Todo esto ocurre; pero no ocurre
sólo en tu pueblo, ni lo hacen sólo tus convecinos; ocurre en todas
partes, y ahí radica precisamente tu misión: en conocer los recursos de
tu biblioteca y las cualidades de tus lectores de modo que aciertes a
poner en sus manos el libro cuya lectura les absorba hasta el punto de
hacerles olvidarse de acudir a otra distracción.
La segunda cosa que
necesita creer el bibliotecario es en la eficacia de su propia misión.
Para valorarla, pensad tan sólo en lo que sería nuestra España si en
todas las ciudades, en todos los pueblos, en las aldeas más humildes,
hombres y mujeres dedicasen los ratos no ocupados por sus tareas vitales
a leer, a asomarse al mundo material y al mundo inmenso del espíritu por
esas ventanas maravillosas que son los libros. ¡Tantas son las
consecuencias que se adivinan si una tal situación llegase a ser
realidad, que no es posible ni empezar a enunciarlas...!
Pues bien: esta es la
tarea que se ha impuesto y que está llevando a cabo el Ministerio de
Instrucción Pública por medio de su Sección de Bibliotecas y en la que
vosotros tenéis una parte esencialísima que realizar.
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