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Empiezan
a formar un conjunto estimable, aunque todavía limitado, los estudios decididos a
desentrañar la composición interna del Diccionario de uso del español
(1966-1967), del único debido a María Moliner. La escasa atención que la
metalexicografía le ha prestado hasta la fecha quizá se deba en parte a que, en un
primer momento, su complejidad y riqueza impresiona al especialista. No obstante, desde
las primeras reseñas sobre la obra, poco después de su publicación, se ha consolidado
una serie de valoraciones negativas sobre ciertos aspectos del DUE que parecen haber
arraigado con fuerza, aun no siendo compartidas por todos los investigadores. Quisiera por
mi parte contribuir modestamente a la evaluación de las aludidas peculiaridades
controvertidas del DUE. Confieso de entrada mi sincera admiración por María Moliner y
por su diccionario. Pero ello no me impide, en primer lugar, coincidir con la crítica de
dos rasgos del diccionario, por lo demás fácilmente subsanables (tal como ha ocurrido en
la edición de 1998).Me refiero a la
ausencia casi generalizada de la categoría gramatical de las entradas y a la presencia en
la macroestructura de la terminología de zoología y botánica. Salvo en el caso de los
nombres propios, me parece pertinente el principio descriptivo que guía la selección del
resto de los materiales lingüísticos no habituales que figuran como entrada.
Otros comentarios de desaprobación me parecen mucho menos
justificados. Se le imputa al DUE, por ejemplo, el que su único sustento sea,
además del DRAE, el idiolecto de su autora y el que, por ello, ciertas
informaciones resulten de una apreciación subjetiva y no de la explotación estadística
de un corpus lingüístico. En cuanto a lo primero, existen numerosos indicios de que
María Moliner fue una atenta observadora del uso lingüístico de su tiempo: el caudal de
entradas, a pesar incluso de lo que afirma su autora, se separa en una medida apreciable,
por supresiones y adiciones, del contenido en el diccionario académico. El minucioso
análisis del significado en acepciones y subacepciones no puede imputarse en exclusiva a
su competencia lingüística. Y no falta, en el interior de algunos artículos, la
referencia genérica de las fuentes textuales consultadas. Otro asunto es que la
lexicógrafa aragonesa no acopiara sistemáticamente un corpus lingüístico como etapa
previa a la redacción de su obra. ¿Cuántos diccionarios del español se han
confeccionado en el siglo XX a partir de esa tarea documental preliminar? Sólo dos,
hasta donde conozco. El de Manuel Seco y el de Luis Fernando Lara. Y sólo en el dirigido
por este último cuya versión definitiva todavía no se ha publicado se han
utilizado mediciones lexicométricas cuyas virtudes quedan fuera de toda duda pero que en
absoluto eximen de incorporar informaciones basadas en el conocimiento de la lengua del
equipo lexicográfico y en otros criterios no estrictamente estadísticos.
Por todo ello, la especial
insistencia en el carácter intuitivo del DUE parece susceptible de un análisis más
allá de lo lexicográfico en el que ahora no me detendré. En suma, en el contexto
lexicográfico de la época, considero muy estimables informaciones tales como la
distinción entre voces y acepciones usuales y no usuales o la profusión y diversidad de
marcas sobre la consideración social o estilística de las palabras. No existen en la
actualidad descripciones lingüísticas y será difícil que surjan en breve
plazo capaces de evitar a la lexicografía un notable grado de subjetividad al
proporcionar datos como los que acabo de mencionar.
La ordenación de las entradas,
conjugando con el alfabético el criterio etimológico como medio para el aprendizaje del
léxico, ha sido otra singularidad del DUE poco apreciada en general.
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A mi juicio, puede discutirse la adecuación de las vinculaciones etimológicas escogidas
como pauta o las soluciones adoptadas en tal o cual caso. Pero la doble ordenación es el
resultado de una decisión explícita en la que M.ª Moliner prima un tipo de relaciones
léxicas con fines informativos. Es cierto que el texto del DUE, complejo tipográfica y
estructuralmente, exige del lector que desee obtener el máximo provecho una colaboración
activa y más atenta que la necesaria para otros repertorios léxicos. Pero dicha
exigencia nunca es gratuita, sino a cambio de una abundancia informativa difícil de
hallar en otros repertorios léxicos del español.Me referiré, por último, a los desarrollos gramaticales presentes en el cuerpo
de la obra. Se han calificado de superfluos, de injustificados, en una obra lexicográfica
o de estar fuera de lugar. A mi modo de ver existen argumentos para defender la solución
elegida por M.ª Moliner si aceptamos la opinión de Manuel Seco para quien la
lexicógrafa aragonesa entendió su diccionario como «herramienta total» del léxico.
Podría irse más lejos y concebir el DUE como una «herramienta total de la lengua» en
la que descripción léxica y gramatical se conjugan armónicamente.
En mi opinión, no ofrece el mismo resultado la
yuxtaposición de los artículos gramaticales, en apéndice y por orden alfabético, de la
segunda edición. Dispuestos de este modo, parece claro que la «gramática de uso» de la
que hablaba M.ª Moliner no podía obtenerse de la mera suma de los artículos
gramaticales del diccionario, pensados originariamente para ocupar un lugar en la
macroestructura de la obra.
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