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No me resulta fácil escribir un par de folios sobre Jardiel Poncela. Son
muchas las cuestiones que se agolpan al evocarlo, y todas hieren agudamente la renovación
de la experiencia que supuso su conocimiento. Creo, ahora que ya lo doy por «repensado»,
que Angelina es un fruto teatral verdaderamente extraordinario. Sobre todo si
pensamos que los aplausos procedían de un público que ya no valoraba el teatro
post-romántico y estaba alejado de los supuestos que la comedia escarnece. No creo que en
1934, y pienso en mi propio caso, hubiese muchos aficionados a los desatinos emocionales
de ese teatro. La Pasionaria, de Leopoldo Cano, es de 1883, y El nudo gordiano,
de Eugenio Sellés, nació en 1878. (De este autor se introducen algunos versos en Angelina.)
Ni siquiera Echegaray, que, de
cuando en cuando, se representaba en provincias, por compañías modestas, con gran
rechifla del escaso auditorio. El fantasma del Premio Nobel no bastaba para una función
respetuosa. Ya se consideraba un error irremediable. Y, sin embargo, Jardiel llama a Angelina
«Un drama de 1880». Creo que es todo más sencillo. Jardiel desentierra el
espíritu de un tiempo, y lo exhibe con nueva sensibilidad, destacando vivamente sus
alaridos y gesticulaciones ridículas.
Hay una vía que creo que la crítica sobre
Jardiel debe cursar. Ahora, tan presente, he vuelto a ver la urgente necesidad de que una
persona bien pertrechada de lecturas se encare con Angelina y, aparte de destacar
su sabiduría de la maquinaria teatral (empezando por la presentación de los personajes y
acabando por la petición final del aplauso, de ascendencia clásica, y tan sobada en el
período romántico), demuestre el papel de final, muy logrado, de una trayectoria
escénica del XIX: la parodia. Sé que no le gustaba a Jardiel hablar de
parodias, pero el sujeto histórico ha de someterse al análisis. La parodia pretendió
desempeñar un papel demoledor, de crítica política, social, literaria...
Desgraciadamente, se quedó en ademán: sólo sobrevivió la parte cómica. Hace unos
años, por fin, se ha comenzado el estudio serio de esta actividad: el libro valiosísimo
de Pablo Beltrán Núñez, sobre Salvador María Granés, el más destacado autor de
parodias. Muchos de los rasgos que yo encontré para explicar Luces de bohemia
aparecen en Angelina: la lista de nombres conocidos, de cualquier naturaleza:
Larra, ODonnell, Vico, La Tempestad, la batalla de los Castillejos, Cajal, la
Guerra Europea; el uso de cantables como explosión de gracia extrema; los numerosos
casos, diseminados por el texto, de citas, títulos, etc. El más socorrido es el uso de
cantables. Granés, en Simón es un lila, parodia de Sansón y Dalila,
coloca en momentos de dramatismo, la divulgada letra de Rigoletto «La donna é
fragile», que causa el natural regocijo. Imaginémonos el estruendoso carcajeo del
público cuando el oportuno y engolado coro de la ópera avanza en el escenario y canta: |
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«Con una falda de percal planchá...»,
el divulgado chotis de una revista, Cuadros
disolventes. El chotis llenaba las esquinas madrileñas divulgado por las pequeñas
orquestas de ciegos. Jardiel no desdeña, ni mucho menos, el procedimiento: abundan citas,
léxico, que recuerda La verbena de la Paloma; Rodolfo suelta una vez «Maldita sea
mi suerte». Todo el mundo seguiría: «Maldita sea mi sino», versos que llenaban los
patios madrileños. El destierro de mis notas a Cáceres hace que no pueda ahora
documentar más este extremo. Todos hemos cantado alguna vez una canción de corro de
niñas, «lerén lerito», o repetido «Puede el baile continuar», de Pan y toros.
Seguro seguro que para Jardiel este verso de Barbieri era una frase tradicional,
coloquial, lejos de su nacimiento literario. Pero la cumbre del asombro se alcanza en la
escena del cementerio, tras el duelo. Ya han corrido los tiros coléricos e inútiles, ya
ha muerto un cochero, que no representa el honor lavado del brigadier. Y uno de los
padrinos felicita al militar repleto de historia:
«¡Marcial, eres el más grande! ¡Se ve que eres madrileño!»,
versos que pertenecen a un
famosísimo pasodoble torero (hay epidemia de pasodobles toreros en los años 30) dedicado
a Marcial Lalanda. La risotada que aquello producía bastaba para consagrar el éxito. Y
no olvidemos el léxico, entre jergal, gitanismos, etc.: planchazo, remanguillé,
diñarla, etc. Es esa ruta hacia el fin de un camino escénico que cambió de signo
a la vez que surgía una nueva sociedad. La venganza de don Mendo, de 1918, es
escalón intermedio.

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Y no debe descuidarse, en el trabajo que
propongo, la actividad de Jardiel para el cine. El cine fue el gran enemigo del teatro
durante años, por mil razones sociales. Un estudiante de mis años, empezaba ya a
discutir sobre directores, artistas más o menos destacados, es decir, iba «estando
enterado». Íbamos sin vacilaciones a ver aquel cine rancio, que Jardiel comentaba. Nos
devolvía a una infancia feliz, con nuevos ojos. Yo ya no puedo fiarme de mi propia
memoria cuando escarbo en ella y contemplo su dolorido regreso. Pero en la Angelina
cinematográfica creo ver cosas que no figuran en los textos de la comedia. Con cierta
precisión, veo a Germán, solo en el cuarto de Angelina, esperándola. Dice bobadas
preciosas ante las cosas íntimas de Angelina que allí ve. De pronto, echa a correr,
atraviesa la sala y coge de encima del tocador (ya empezaban a llamar a ese mueble
«coqueta») una fotografía. «¡Mi Angelina!» Máxima emoción ante Angelina en la
foto. La carcajada suena aún en mis oídos cuando la cámara nos descubre la foto:
Angelina, de pocos meses, desnudita encima de un cojín, pelona, sonriente. También
recuerdo el empeño de Angelina en llevarse el bastidor donde borda, y las peripecias con
un enorme mastín, empeñado en frustrar el rapto. «¿Qué le traeremos de Francia?
Le traeremos un bozal!» Y crecía el escándalo al ver que Angelina, al saber que
están en Carabanchel, pregunte, ñoña que ñoña: «¿Falta mucho para París?».
¿Habrá ahí algo de la mano del propio Jardiel?
Sí, Jardiel es una página brillante de nuestra
escena. Debe ser estudiado con cariño, con ansia de verdad, de reconocimiento. |
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