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El teatro de Enrique Jardiel Poncela sí
que puede ya llamarse de «puro humor». Una personalidad aragonesa, sobria, entre
amargada y bondadosa de ojos fijos en la nada, se vertió en un hilarante drama de truco,
de gracia deshumanizada, en una época de predominio intelectual. Fue el gran cómico de
la «generación del 27», y por eso entre el disparate y la sorna, entre la caricatura y
el «guiñol» grotesco, arranca una vibrante poesía, retorcida y disparada a las nubes o
los abismos. [...] a través de la extensa obra de Jardiel, asistimos a un ingeniosísimo
teatro del «puro humor», con fundamentos ahincados en los problemas del hombre y de la
época, del que podrían apuntarse más éxitos efectivos de los ya mencionados. Su
éxito, como intérprete de una época; su dominio teatral y su extraño y original
ingenio, le hacen ser una gran figura de su generación, y un comediógrafo que rompe con
la línea, que en cierto modo conduce a él, y por otra parte adivina situaciones y temas
de los autores siguientes. |