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Sé que resultaría mucho más cómodo y
fácil escribir sobre facetas humanas de Jardiel, pero pienso que, después de todo lo que
han escrito sobre él personas más competentes, poco más podría añadir yo.
Por otra parte, en sus novelas, he
descubierto a un hombre que en sus obras de teatro no aparece, lo que me ha llevado a la
conclusión de que su personalidad estaba formada por la fusión de dos seres: el
novelista y el autor teatral.
Todos hablamos de su teatro, todos opinamos, pero
lo cierto es que el tiempo me ha persuadido de que son poquísimos los que de verdad lo
conocen. Los que tratamos a Jardiel podemos aportar lo que vimos. Cómo, por ejemplo, su
cara nos decía cuándo la gestación de una comedia marchaba bien o se le iba atascando.
También somos testigos de su sinceridad al asegurar que escribía sin plan alguno, que
él tenía que sorprenderse para sorprender al público, y sabemos que era cierto porque
muchas veces, cuando nos leía lo que llevaba escrito, olvidábamos su forma tan peculiar
de trabajar, le preguntábamos: «¿Y qué va a pasar ahora?», él sonreía con
enigmático gesto y acababa contestando: «Ni idea».
También es cierto que valoraba mucho la opinión
de las mujeres, pues aseguraba que teníamos un instinto y una intuición especiales. Por
consiguiente, así mismo es cierto que pedía opinión y preguntaba a las mujeres y nos
leía sus obras, y nos leía a nosotras, no ya a sus hijas, sino a la mujer en general.
Ahora bien, también es cierto que, cuando nuestra opinión no era la que él esperaba,
hacía lo que le daba la gana. Existe, eso sí, algo en su carrera teatral que me ha hecho
pensar mucho y considero de gran importancia. Todos conocemos los muchos obstáculos que
tuvo que vencer, pero pienso que quizá uno de los más importantes y difíciles lo
venció desde sus primeras comedias hasta las últimas. Me refiero al obstáculo que
implicó la época nada cómoda en la que le tocó escribir. Vivir y triunfar. Empezando
en plena Monarquía, en 1927, con su primer estreno en serio, para acabar veintidós años
después, agotado por la enfermedad que le estaba minando. Pues bien: ni la enfermedad, ni
la proclamación de la República, en 1931, cuando estrenó Margarita, Armando y su
padre, ni los sucesos del 34, el año de Angelina o el honor de un Brigadier,
ni la guerra civil española, ni la posguerra, nada, nada cuanto vivió España y él, se
refleja en sus comedias. Todas y cada una de ellas podrían haber sido escritas en épocas
de paz y normalidad. Siempre que he pensado en esto he llegado a la misma conclusión: que
triunfar, atraer a la gente en aquellos momentos, era algo tremendamente difícil. Pero si
difícil fue en aquellos años de transición, más difícil todavía fue en los
entristecidos y grises años cuarenta. Nunca he comprendido cómo pudo llenar los teatros
y despertar aquellas pasiones que despertaron sus estrenos cuando la gente todavía usaba
cartilla de racionamiento y el público que iba al teatro era público de rebeca.
Quiso también que, en contra de lo que
se ha dicho siempre, su teatro no fuese teatro «del absurdo». Más diría yo que fue
«teatro de la fantasía», de la fantasía que necesitaba aquel público para el que
escribió. En realidad, todas sus comedias tienen una gran lógica, partiendo de una
situación absurda que, si se piensa un poco, no lo es tanto, como ocurre en Eloísa
está debajo de un almendro una familia en la que todos están
trastornados, una vez aceptada esa premisa, cuanto ocurre en la comedia es de una
lógica aplastante, y no queda un cabo suelto sin atar, porque él era lógico por
naturaleza. Todas sus comedias parten de una o varias situaciones fantásticas que luego
resuelve por pura lógica, y casi diría que matemáticamente. Sólo al final, en 1947,
llega al teatro del absurdo, con Como mejor están las rubias es con patatas, de
pura línea ionescana, aunque Ionesco aún estaba por hacer acto de presencia en el
panorama teatral. Quizá fue esto lo que hizo decir al autor rumano cuando visitó España
que no perdonaba a un país que, teniendo a un escritor como Jardiel Poncela, no le
supiera valorar.
Esperemos que ahora que se cumple su centenario,
comiencen a valorarlo. |