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Jardiel define muy temprano su pasión
cinematográfica. Según figura en los viejos catálogos de producción, ese peculiar
apropiamiento del nuevo arte tiene una fecha: 16 de diciembre de 1927. Es entonces cuando
se proyecta en la sala Tomás Bretón, de Salamanca, una cinta muda de la compañía
Cosmos Film que lleva por título Es mi hombre (1927), y cuya ficha técnica
subraya la presencia del director, el cinéfilo Carlos Fernández Cuenca, y la del
coguionista, Jardiel, quien ha descubierto en esta comedia de Arniches su más apropiado
registro de celuloide. Sin duda, esa primera adaptación constituye para el escritor un
reto extremo y divertido, que ha de progresar con el lanzamiento del cine sonoro.
Movido por una irreductible excentricidad,
Jardiel se estrena como argumentista durante la producción del filme Se ha fugado un
preso (1933), escrito y dirigido por Benito Perojo en los Estudios Orphea Film. Y este
mismo año, Edgar Neville le propone un papel en su Falso noticiario (1933),
corrosiva crítica de esas películas de actualidades que vienen a ser el antecedente de
los modernos «programas del corazón». A partir de esta labor interpretativa, se explica
mejor la complicidad que Jardiel y Neville manifiestan al diseñar su siguiente aventura:
viajar a Hollywood con otros actores y escritores para rodar allí las versiones hispanas
de los éxitos norteamericanos. Aún no existe el doblaje, y la industria del cine
estadounidense desea realizar estas adaptaciones para de ese modo incrementar su negocio.
La primera etapa hollywoodense de Jardiel se
desenvuelve entre septiembre de 1932 y mayo de 1933. El contrato que firma con la Fox Film
Corporation le proporciona la categoría de dialoguista y adaptador, pero rehúsa aprender
inglés y, distraído a su modo, se muestra propenso a las delicias locales. Con todo,
tres son las fuentes principales que nos sirven para explicar este periodo de su
biografía: los ensayos Cita en Hollywood (1990), de Juan B. Heinink y Robert G.
Dickson, y ¡Nos vamos a Hollywood! (1993), de Jesús García de Dueñas; y el
generoso testimonio del escritor y periodista Florentino Hernández Girbal, buen conocedor
de esta peripecia del cine español. Más allá de la anécdota, García de Dueñas aclara
las siguientes colaboraciones del dramaturgo en este proyecto hispano: figura como actor
en dos producciones supervisadas por Gregorio Martínez Sierra y escritas por José López
Rubio, Primavera en otoño (1933), de Eugene Forde, y Una viuda romántica (1933),
de Louis King. Asimismo, es dialoguista y autor de las letras de las canciones de La
melodía prohibida (1933), de Frank Strayer.
Posteriormente, Jardiel
vuelve a España, pero la compañía Fox Movietone decide contratarlo para otro trabajo de
adaptación, llevado a término a comienzos de 1933, en los estudios parisinos de
Billancourt. El resultado es una serie de seis cintas que lleva por título Celuloides
rancios, y que no es otra cosa que un ciclo de melodramas mudos, muy artificiosos, a
los que Jardiel ha añadido divertidos comentarios. Los mecanismos que entran en juego en
estos folletines la estilística de la intriga, el lance imprevisto inspiran
al escritor un proyecto teatral que estrena poco después, Angelina o el honor de un
brigadier (1934).
En julio de 1934 regresa a Hollywood, donde va a
permanecer hasta abril de 1935. Escribe junto a Miguel de Zárraga la versión española
de Nada más que una mujer (1934), de Harry Lachman, y también interviene
decisivamente en el libreto de ¡Asegure a su mujer! (1934), a cargo de Lewis
Seiler. Poco después, en enero de 1935, Louis King da la primera vuelta de manivela en el
rodaje de Angelina o el honor de un brigadier, adaptación de la obra homónima que
firman Jardiel y Betty Reinhardt. Se trata, sin duda, de una cinta singular, no ya por
incluir en su reparto a estrellas como José Crespo, Juan Torena y Rosita Díaz Gimeno,
sino por tratarse de una pieza en verso llena de peripecias inauditas, a buen seguro
incomprensible para su director y para todo el equipo técnico anglosajón. No nos
equivocaríamos si buscásemos en este rodaje alguno de los elementos más disparatados de
la aventura californiana de Jardiel, quien no duda en afirmar que «en Hollywood, lo
interior del cine se desconoce tanto como se desconoce en Madrid. Si Joan Crawford se
lanzase a pasear a pie por las calles, se interrumpiría igualmente la circulación, y los
guardias tendrían que llevársela en volandas» (Mis viajes a Estados Unidos,
1935).
A su regreso a España, el escritor continúa
vinculado al cinematógrafo, y así consta en los anuarios que hemos consultado. En 1936
se encarga de adaptar su libreto para Usted tiene ojos de mujer fatal (1936), de
Juan Parellada, filme que protagonizan Ramón de Sentmenat, Hilda Moreno y Félix de
Pomés. Poco después completa el guión de Las cinco advertencias de Satanás (1937),
de Isidro Socías, que llega a las pantallas el 17 de enero de 1938. Ese mismo año inicia
otra creación de asunto humorístico que parece difícil adscribir a un formato
determinado. En cierto modo, cabe pensar en un antecedente del humor televisivo, pues
hablamos de la serie de cortometrajes de diez minutos que dirige junto a Luis
Marquina en los Estudios CEA de Madrid. Por su fama, no es extraño que Marquina incorpore
al equipo dos nombres prestigiosos del cine español: maneja las cámaras el operador
Cecilio Paniagua y compone la partitura el maestro Jacinto Guerrero. La naturaleza
sonriente que comentamos también atañe a los rótulos con que se presenta el ciclo: Letreros
típicos, Definiciones, Un anuncio y cinco cartas y El fakir
Rodríguez.
Conocedor de la tramoya cinematográfica, Jardiel
decide adoptar el papel de realizador y dirige una producción Grafofilm, Mauricio o
una víctima del vicio (1940), asistido por los operadores Alfonso Nieva y Francisco
Centol. Ese mismo año se estrena la versión fílmica de uno de sus éxitos teatrales, Los
ladrones somos gente honrada (1942), dirigida por Ignacio F. Iquino e interpretada por
Amparo Rivelles y Manuel Luna. La joven actriz es asimismo la protagonista de Eloísa
está debajo de un almendro (1943), una producción Cifesa que dirige Rafael Gil a
partir del libreto teatral de Jardiel, cuyo vínculo cinematográfico queda
suficientemente explicado por la primera escena. Otra obra del escritor inspira el guión
de Es peligroso asomarse al exterior (1943), de Alejandro Ulloa. Como curiosidad,
cabe destacar que su reparto lo encabeza un actor muy apreciado por Jardiel, Fernando
Fernán-Gómez, que repetirá como protagonista en el filme Los habitantes de la casa
deshabitada (1946), de Gonzalo Delgrás, excelente versión de la pieza homónima.
Tras la muerte de Jardiel Poncela, en 1952, el
cine español va a seguir sacando provecho de su ingenio teatral, adaptando varias de las
obras más populares del escritor. Así, en 1956 se estrena la magnífica película Los
ladrones somos gente honrada (1956), de Pedro López Ramírez, donde José Luis
Ozores, José Isbert, Antonio Garisa y Julia Caba Alba encabezan un espléndido plantel
interpretativo. Con parecido afán, en Un marido de ida y vuelta (1957), de Luis
Lucía, Fernán-Gómez y la bellísima Emma Penella encarnan a la fantasmal pareja
protagonista. Pero la lista no acaba ahí: la nueva adaptación de Los habitantes de la
casa deshabitada lleva por título Fantasmas en la casa (1958), y la dirige
Pedro López Ramírez, con un reparto donde sobresalen Tony Leblanc, Luz Márquez, Manolo
Gómez Bur y Fernando Rey. Igualmente destacado es el elenco de la coproducción
hispano-argentina Tú y yo somos tres (1961), de Rafael Gil, en el cual participan
Analía Gadé, Alberto de Mendoza, José Rubio, Ismael Merlo, José Isbert y José Luis
López Vázquez.
Sin duda, las más recientes comedias inspiradas
en escritos de Jardiel son una buena muestra de la evolución del género en el cine
español de los años sesenta, que ya no tiene reparos en pasarse de vez en cuando a la
picardía, haciendo que los personajes sufran las delirantes manifestaciones de la
pasión, y también sus paradojas. En cierto sentido, este guiño a la censura demuestra,
cómo no, la actualidad humorística de Jardiel (juicio que, por lo demás, aún podría
suscribirse hoy). Véanse si no, las vicisitudes del galán interpretado por Arturo
Fernández en Las cinco advertencias de Satanás (1969), de José Luis Merino; o la
provocativa situación que conducen Carmen Sevilla y Fernando Fernán-Gómez en Un
adulterio decente (1969), de Rafael Gil. La misma fuente de inspiración, tan ácida y
escéptica, tienen Las siete vidas del gato (1970) y Blanca por fuera, Rosa por
dentro (1971), ambas dirigidas por Pedro Lazaga y protagonizadas por Esperanza Roy.
Dos películas que nos sirven para completar una filmografía tan excepcional como
peregrina, propuesta, al menos en su primera etapa, como ejercicio de agudeza intelectual
que además da la medida del cine español de la época, más allá de prejuicios y
lugares comunes. |