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[...] ese raro ingenio peregrino que se llamó Enrique Jardiel Poncela, fecundo,
despierto, admirable autor de tantas piezas sorprendentes, dueño de muchas artes y de
todos los recursos de la escena; arriesgado hasta la temeridad, principio y fin de un
humor distinto, imitado, aunque inimitable. Con más imaginación, más audacia, con más
riqueza de elementos de juego, envidando cada vez con mayor denuedo, en lucha con las
costras de la incomprensión y la ira que produce el éxito, el aplauso arrancado con las
mejores armas y la legitimidad del más explosivo estilo de humor.
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