|

Trátase del autor más discutido de
nuestros días. En plena juventud, con un temperamento satírico y burlesco de primer
orden, con una audacia y un arranque a veces geniales, Jardiel Poncela tiene la propiedad
de indignar hasta el paroxismo a ciertos espectadores y de hacerse devotos y partidarios
hasta el límite de lo fanático. Contribuye a ello que Jardiel Poncela ha acometido con
brío a los críticos, poco acostumbrados a ser alguaciles alguacilados. Su originalidad
está fuera de la normalidad teatral española, y por ello la labor de Jardiel tiene un
aire cosmopolita que a veces desconcierta a los indocumentados, y desde luego llega con
acento exótico a un ambiente tan fuertemente genuino y peculiar como el del Teatro
hispano. Pero estos no son deméritos, y hace bien Jardiel en seguir el impulso de su
fantasía, sin preocuparse del encuadramiento o, mejor, encasillamiento de sus
comicidades. Los habitantes de la casa deshabitada, libre y divertidísima farsa,
lindante con las fronteras de la pantomima (hay escenas que podrían haberse realizado sin
palabras), es Teatro violentamente, locamente arbitrario, pero de buena ley en cuanto a
ingenio sin trabas, fuera de los límites de lo preceptivo. Ahora bien, quien haya leído
a Aristófanes, quien conozca las farsas clásicas españolas, quien no esté sometido a
la sugestión de las unidades y las mesuras francesas, el Teatro de Jardiel Poncela no
puede sorprenderle. Menos distancia hay de Jardiel a Quiñones de Benavente y a Molière
que la que se figuran sus detractores. |