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Los últimos años de la vida de Jardiel Poncela fueron de intenso padecimiento.
Coincidieron y se sumaron sus fracasos como empresario de compañía teatral para la
representación de sus comedias, y el desvío del público, y las mezquindades y miserias
de muchos, y los ataques, durísimos a menudo, y desde luego torpes e incomprensivos, de
la mayoría de los críticos teatrales una de las pocas excepciones, tan gallarda
como singular, constituía, entre ellos, Alfredo Marqueríe; y la penuria
económica... Todo ello fue generando en Jardiel un estado de abatimiento, de desánimo,
de abandono, que lo llevaría a dejarse morir. Dos años antes de su fallecimiento, en
carta a José López Rubio escrita el 18 de agosto de 1950, dice ya:
Me siento morir. Ya el médico me
confiesa hoy, en una carta desde S. Sebastián, que no haré mal preparando los papeles
últimos. Pero no necesita decírmelo el médico: yo lo siento dentro de mí, y en
progresión creciente. [...] He querido a España y he procedido tan en conciencia que me
sé absuelto allá, arriba, sin confesión previa aquí, abajo. Pero ni lo de arriba
ni España me han correspondido. Luego será cuando en ésta vengan los piropos y la
adhesión.
La muerte de Jardiel se produjo en la mañana del
18 de febrero de 1952, en Madrid, en su domicilio del piso ático de la calle Infantas,
número 40. Tenía cincuenta años. Su hija Evangelina hizo colocar, sobre el nicho con
los restos del escritor, estas desengañadas palabras por él redactadas: «Si queréis
los mayores elogios, moríos». Sin embargo, habría de
pasar tiempo todavía para que esa convicción se transformase en realidad, porque el
propietario del edificio no quiso dar su consentimiento al deseo, expresado entonces por
algunos amigos del autor, de colocar una placa en la fachada de la casa para recordar que
en ella había vivido y muerto Enrique Jardiel Poncela. Ese deseo se llevaría a cabo
años después, en el de 1968, pero no en la casa donde falleció sino en la que él
había nacido. |